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“Este barco está haciendo algunas cosas buenas que no puedo revelar”, dijo el vicealmirante norteamericano David Brewer sobre una de sus criaturas más preciadas, el buque de asalto anfibio USS Stockham, uno de los gigantes de la Armada de Estados Unidos que operan desde la base de Diego García, una isla británica en el océano Índico.
Meses después de esta declaración, en las celdas de Guantánamo (Cuba), el ruso Rustam Akhmiarov y el británico Moazzam Begg recibieron confidencias de sus compañeros de campo en las que les hablaron de un limbo en el mar, de cárceles flotantes mucho peores que la base cubana. A ambos les explicaron en qué consistían las ‘buenas acciones’ de barcos como el Stockham .
Rustam todavía tiene grabada la frase de aquel preso afgano, un hombre de unos treinta años que hablaba ruso: “Antes de venir aquí estuve preso en un barco yanqui junto con otras cincuenta personas. Nos tuvieron encerrados en las bodegas. Nos golpeaban y trataban peor que aquí”.
Entre marzo y julio de 2004, el Military Sealift Command (MSC), que depende del Ministerio de Defensa de E.U., dirigido por Brewer hasta 2006, modificó el USS Stockham para dotarlo con capacidades adicionales de apoyo a la lucha contra el terrorismo, que incluían un módulo médico, nuevas comunicaciones, pistas de aterrizaje y otras consideradas secretas. La inversión fue de tres millones de dólares.
En realidad, éste y otros barcos anfibios de la Armada estadounidense se adaptaban para una nueva y ‘buena’ misión de la que sus comandantes no pueden hablar: un limbo en el mar, un Guantánamo separado de la tierra donde se esfuma cualquier responsabilidad.
José Ricardo de Prada, ex juez internacional en la Sala de Crímenes de Guerra de la Corte de Bosnia-Herzegovina, lo explica: “En una cárcel así no hay referencia ni anclaje territorial. Nadie se hace responsable”.
El británico Moazzam Begg, secuestrado en su casa de Islamabad (Pakistán) y preso en Guantánamo durante tres años, también oyó historias sobre las cárceles flotantes de la CIA, uno de los secretos mejor guardados de la denominada guerra global contra el terror de la administración Bush. “David Hicks, el talibán australiano, estaba en una celda contigua a la mía. Me contó que lo llevaron a un barco prisión. Allí lo insultaron, golpearon, patearon y abofetearon. Lo torturaron”, afirma.
A Begg, de 40 años, aquella historia le resultó familiar. “Cuando estuve detenido en la base aérea afgana de Bagram”, recuerda, “agentes de la CIA que me interrogaron, me decían que si no colaboraba me mandarían al mismo lugar que a Abdul al Fakhiri, un preso que había estado en un barco prisión y que desde entonces está desaparecido”.
Varios presos le han revelado a gente como Begg su estancia en los barcos de la Armada de E.U. convertidos en prisiones flotantes, donde fueron maltratados y golpeados con la culata de los rifles. También les tomaron fotografías y fueron interrogados por psiquiatras y psicólogos.
John Walker, de 22 años, el talibán norteamericano convertido al Islam, fue capturado por las fuerzas de la Alianza del Norte en noviembre de 2001. Su primera celda fueron las bodegas del anfibio USS Peleliu. A bordo recibió tratamiento médico para la deshidratación, hipotermia y congelación. Un doctor extrajo la bala que dos semanas antes se había alojado en su pierna, según han declarado médicos militares. Su familia asegura que durante aquellos días fue interrogado sin abogado y sin que se le informara de sus derechos.
El general Tommy Franks declaró entonces: “Continuaremos controlándolo a bordo del Peleliu hasta decidir si lo juzgamos por lo militar o por lo civil”.
Walker ya ha sido juzgado y cumple una pena de 20 años de cárcel por unirse al ejército talibán. “Fue víctima de la histeria posterior al 11-S. Mi hijo no luchó contra los americanos. Se ha interpretado mal su historia”, ha declarado Frank, su padre.
El libanés Abdul al Fakhiri tuvo peor suerte. Informes oficiales obtenidos por varias organizaciones de Derechos Humanos aseguran que el 9 de enero de 2002 estaba en una celda a bordo del USS Bataan. Desde entonces nadie conoce su paradero y sólo se sabe que fue trasladado a Egipto. Allí se perdió su pista.
Informes de Amnistía Internacional aseguran que un funcionario estadounidense ha admitido el traslado de Al Fakhiri a un tercer país para continuar con su interrogatorio. El 19 de julio de 2006, su nombre se incluyó en una lista de terroristas que ya no constituyen una amenaza para EE.UU. Una relación en la que se pueden encontrar nombres de muchos desaparecidos sobre los que la CIA no da ninguna explicación.
Al Fakhiri fue detenido en noviembre de 2001 en Kohat (Pakistán) por agentes del ISI, el temible servicio secreto paquistaní. Lo acusaron de dirigir un campo de entrenamiento de terroristas libios en Al Khaldan (Afganistán). Al igual que centenares de detenidos, fue vendido a los agentes de la CIA. Algunos testimonios sin confirmar aseguran que este preso se encuentra en una cárcel de Trípoli, enfermo de tuberculosis.
Denuncias internacionales
En junio de 2005, el Relator Especial de la ONU para asuntos de terrorismo lanzó una advertencia rotunda: “Tenemos pruebas muy serias de que Estados Unidos está deteniendo a sospechosos de terrorismo en varios lugares del mundo, especialmente a bordo de cárceles flotantes en la región del océano Índico”.
Ahora, Reprieve, la ONG de abogados británicos que investiga los vuelos de la CIA, presenta nuevas pruebas sobre el limbo flotante creado por los servicios secretos estadounidenses. Señala en sus informes a 17 barcos de la Armada de E.U. que, presuntamente, están siendo utilizados para interrogar a prisioneros lejos de testigos incómodos.
Clara Gutteridge, de 30 años, investigadora de Reprieve y autora de un informe preliminar sobre el limbo marino, explica que se ignora el número de personas detenidas en estos barcos. “No sabemos cuántos sospechosos han sido encarcelados, pero hay gente que habla de haber convivido en uno de ellos hasta con cincuenta personas. El Pentágono está destruyendo interrogatorios y fotografías de estas cárceles flotantes, pero estas pruebas existen, ahora están clasificadas y acabarán saliendo a la luz”.
El comandante Jeffrey Gordon, portavoz de la Armada de Estados Unidos, ha negado la existencia de estas prisiones y sólo reconoce que algunos detenidos permanecieron allí durante los primeros días de su detención.
Gutteridge responde que las cárceles flotantes no son transitorias, y que su misión es “mantener a prisioneros lejos de la mirada de la prensa, de sus abogados o de sus países de origen. Se les interroga a bordo durante un período determinado y luego se les traslada a lugares desconocidos”.