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Otro perverso inventor

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Hace poco tuve que hacer una reseña académica, de esas ilegibles y plagadas de citas, sobre un libro maravilloso de Robert Irwin que salió en el 2006: For Lust of Knowing, una refutación arrolladora de las falacias de Edward Said que tantos militantes cosecharon en el mundo, y de las que brotaron frondosamente, y todavía, toda clase de escuelas y sectas y teorías.

Lo cierto es que estaba feliz leyendo el elenco de Orientalistas que hace Irwin para demostrar las equivocaciones de Said (quien decía, a grandes rasgos, que el Orientalismo es una forma perversa de explotación cultural y colonial; una creación de Occidente para justificar desde la erudición su talante racista) y entonces recordé el nombre del buen Atanasio Kircher, un jesuita maravilloso y alemán (sí, créanlo) que en el siglo XVII dedicó toda su vida a los inventos y a la felicidad, a las lenguas artificiales o reales, a la óptica, la China, la filosofía, la numerología y los prodigios de la luz. Fue él quien propuso una de las primeras interpretaciones modernas de los jeroglíficos egipcios, y también una gramática del copto y el hierático. Un Orientalista de verdad,  sin vínculos de ninguna clase con proyectos hegemónicos de dominación y falseamiento de “el otro”. Un Orientalista como los de Irwin, por el puro placer de conocer.

En fin. Iba a hacerle hoy un gran homenaje al maestro Kircher, hasta que vine a descubrir que fue él uno de los más perversos inventores que ha dado la humanidad. Tanto que, con el dolor de mi alma, me va a tocar estar de acuerdo con Said: esos Orientalistas eran unos miserables.

Me explico: hay en el mundo de hoy un invento siniestro que ha terminado por definir, de manera exacta, la pobreza cultural y retórica de nuestro tiempo: el video beam. Un instrumento endemoniado sin cuyo concurso hoy no se puede hacer absolutamente nada –ni reuniones ni pensar–, y del que los seres humanos nos hemos vuelto dependientes en un nivel cercano a la aberración. Necesitamos más “videobines” (según la pronunciación al uso) que dioses y mamás, y eso nos produce gran orgullo.

Lo que me indigna es que Kircher fuera el inventor del video beam. En realidad era una caja embrujada (“la linterna mágica”) cuya autoría se disputaban varios sabios de la época. Se pintaba una imagen en una placa de vidrio, y con una lámpara de aceite se la iba proyectando sobre los  lentes de la caja. Si las imágenes se superponían había movimiento, como en un presagio del cine. Hasta que dos profesores, para una clase, se llevaron la linterna a la Sorbona. Fue así como nació el video beam en la academia.

Envíe sus comentarios y dudas históricas a notastacitas@gmail.com.

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