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Uribe y los economistas

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AL INICIO DE SU PRIMER MANDAto, el presidente Álvaro Uribe nombró varios economistas (demasiados dirán algunos) en su equipo de gobierno.

Por convicción o conveniencia, el Presidente armó un primer gabinete de tecnócratas, de especialistas en economía y otras materias. Inicialmente el matrimonio entre el Presidente y los economistas logró sobrevivir la antipatía mutua, una suerte de desamor recíproco y silencioso. Pero después de varios años el matrimonio terminó en una separación definitiva. La antipatía se convirtió con el paso del tiempo en hostilidad.

La crisis económica ha hecho más visible la separación. En las últimas semanas, la hostilidad civilizada ha dado paso a las acusaciones mutuas. En los días previos al nombramiento de los nuevos directores del Banco de la República, el Presidente declaró públicamente que quería nombrar a un empresario comprometido, no a un economista insensible. El Presidente piensa que los problemas de la economía colombiana son producto de la obstinación de los economistas, de su falta de conexión con la realidad, de su manía teorizante. Esta semana, acusó a los economistas de falta de coherencia, de asumir posiciones contradictorias y hacer propuestas irresponsables. “La culpa es de los economistas”, sugiere Uribe.

Por su parte, los economistas opinan que la culpa es de Uribe, que los problemas de la economía son en buena medida producto de la improvisación, del activismo desordenado que caracteriza al Gobierno. Los economistas critican la tendencia del Presidente de crearle un subsidio a cada problema, señalan la falta de coherencia de la política económica: la suma de muchas partes y la falta de un todo coherente. El Gobierno, insisten los economistas, no tiene una estrategia precisa para enfrentar la crisis económica y el aumento del desempleo.  Los anuncios, reiteran, tienen más una finalidad mediática que sustantiva. Son placebos, no medicinas.

El divorcio entre el Presidente y los economistas es un caso típico de incompatibilidad de caracteres. El Presidente prefiere tomar decisiones de manera autónoma, sin mucha discusión, sin oposición interna. Y los economistas prefieren el discernimiento, la discusión permanente, inconsciente, a veces, de las urgencias de la política. En el pasado, muchos jefes de Estado aceptaron, de mala gana seguramente, la injerencia de los especialistas, los contrapesos impuestos por la tecnocracia. Pero las cosas han cambiado. El presidente Uribe no parece estar dispuesto a ceder una porción de su poder con el fin de ganar un punto de vista diferente.

En Colombia, políticos y técnicos han cooperado por mucho tiempo en el manejo de los asuntos del Estado. Esta colaboración permitió, al menos, un manejo profesional de la economía. Pero la acumulación de poder le resta espacio a los especialistas. Una segunda reelección debilitaría, de manera casi irremediable, a la tecnocracia colombiana. Y entonces “la improvisación carismática y el ejercicio vigoroso de la autoridad”, como escribió el ex ministro Rodrigo Botero, “sustituirían definitivamente a la investigación, los estudios técnicos y el profesionalismo”.

agaviria.blogspot.com

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