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Provocado o no, el accidente en el que pereció Amai Susan Nyaradzo Tsvangirai en una carretera tercermundista, ha desatado un proceso de salida, por ahora pacífico y constructivo, a un entuerto de tres décadas de equivocaciones.
Los pactos recientes entre el presidente Robert Mugabe y su opositor más enconado, Morgan Tsvangirai, se concibieron como una salida a los problemas esenciales de un país que desde su independencia no ha cesado de apartarse de la senda del progreso, bajo premisas de conducción equivocadas, a la sombra de un líder autoritario que por tres décadas creyó, contra toda evidencia, que tenía la razón.
En lugar de construir todas las alianzas posibles entre los actores internos de la economía, dejando campo libre a diversas opciones de escogencia política, Robert Mugabe se dedicó a saldar las cuentas de doscientos años de presencia de blancos que llegaron como colonos y se convirtieron en africanos de nacimiento, además de motores principales de la vida económica del país.
El régimen salido de los acuerdos de Lancaster House, dominado por los negros del ZANU PF, no se tomó el trabajo de exigir solidaridad y esfuerzo de parte de los blancos dentro del propósito de diseñar un modelo económico que contemplara dispendiosos mecanismos de redistribución del ingreso. En su lugar prefirió echar por el camino fácil de la expropiación, con lo cual sembró las semillas no sólo de la destrucción de la economía sino las de una ruptura social injusta para todos.
Expulsados o silenciados los blancos, la unidad de los propios negros se fue erodando ante la situación de un país que descendió rápidamente en la escala internacional tanto en el orden económico como en el de la calidad de sus instituciones. Fue entonces cuando hizo aparición un proyecto político de oposición encabezado valientemente por Morgan Tsvangirai, al frente del Movimiento por el Cambio Democrático, MCD.
Investido de credenciales autoritarias construidas reelección tras reelección, Mugabe no ahorró esfuerzo en perseguir a los miembros del MCD, hasta que acorralado ya por su propia ineficiencia y por la acción de la comunidad internacional, el octogenario Presidente resolvió tender puentes hacia la oposición en busca de un apoyo que evitara el derrumbe del sistema.
Sin que se sepa a ciencia cierta el resultado de unas elecciones en las que aparentemente habría perdido la presidencia, luego de otras en las que perdió efectivamente el control del Parlamento, Mugabe encontró la forma de aferrarse al poder mediante la invitación a una especie de frente nacional en la que Tsvangirai oficiaría como primer ministro.
Recién estrenado, empeñado en armonizar el fracasado modelo de las últimas tres décadas con sus nuevas propuestas, sobrevino ese extraño accidente de carretera en el que Morgan se salvó de milagro pero perdió a su esposa. La sabiduría convencional inspiró de inmediato todas las sospechas posibles contra un Presidente cuyos agentes parecen haber desarrollado métodos de depredación y desaparición. Por lo que se llegó a pensar en un deliberado intento de deshacerse de su nuevo socio para quedarse sólo en el poder por el resto de sus escasos días. Con lo cual se temió la proximidad de un deterioro político aún mayor.
El proceso posterior al accidente parece demostrar todo lo contrario. En lugar de una cadena de desconfianza y vindictas, se han presentado hechos positivos. El tono de Mugabe en su discurso ante la tragedia, la liberación de personajes de importancia en el mismo movimiento, como es el caso de Roy Bennett, quien tiene posibilidades de llegar de una vez al gabinete, y la reacción positiva de miembros importantes del antiguo partido de oposición, hacen pensar que será posible avanzar en esa alianza política que es la otra sobreviviente del accidente y en la que tantas esperanzas se han fundado.
Está por verse la capacidad que el país tenga de sobrevivir las tensiones de estos días, pero sobre todo la efectividad de un esquema en el que tanto la oposición como el gobierno han terminado por entregarse mutuamente a su contradictor. Si fallan, apenas habrán corrido la frontera y auspiciado la aparición de nuevos fenómenos de oposición, esta vez a la nueva alianza, de pronto con métodos más radicales de acción, lo que constituye una amenaza todavía más grande para la estabilidad de un país cuyo margen de acción para la supervivencia del Estado es cada vez más precario.