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REPASANDO PERIÓDICOS DE PRINCIpios del año pasado, encontré que entre las causas de la crisis alimentaria que amenaza al mundo, los economistas ponían en primer lugar “la disparada de los precios del petróleo, variable que afecta toda la cadena… etc.”.
¿Qué dirán ahora que la caída del precio no ha traído un centavo de alivio a la crisis? La redacción de la segunda causa no tiene pierde: “Las sequías y las inundaciones acarreadas por el cambio climático”. Nótese cómo la redacción cubre todas las posibilidades, el invierno y el verano, y cierra con una divinidad irascible, el cambio climático. Los analistas mencionaban también entre las causas de la crisis las vastas extensiones dedicadas al cultivo de los biocombustibles, hecho que ha encarecido el costo de la tierra, y “la volatilidad del mercado”. La gaseosa expresión aludía en ese momento a los imponderables de la economía, como las operaciones de los acaparadores. Las especulaciones bursátiles no se tuvieron en cuenta porque aún no se había producido la crisis hipotecaria norteamericana, insuceso que demostró dos cosas: que los banqueros son meros chambones con ínfulas de tahúres, y que la economía es una ciencia oscura, un conjunto de cábalas que tiene más de astrología que de matemática.
(No deja de ser curioso que el mercado, esa entidad impasible y severa, tenga tantos achaques humanos: los precios son muy sensibles a… el mercado se puso nervioso por… la volatilidad de… Esto, claro, cuando se trata de justificar las embarradas. Pero cuando quiere vender sus productos, el lenguaje del banquero cambia. Nada de nervios, parce: la solidez de nuestra firma… la confianza de los inversionistas… el blindaje de nuestra economía… la rentabilidad de nuestras acciones… el crecimiento del sector…).
Sólo mucho después los analistas de Wall Street dieron con la verdadera causa de la crisis: “Los cambios en los hábitos alimentarios en tres países emergentes: Brasil, India y China”. (El economista y el patólogo se parecen como dos gotas de aceite: ambos lo saben todo… pero muy tarde).
Yo creo que los genios de la famosa calle tienen razón por esta vez. Veamos. Antes, los brasileños se alimentaban de samba, farinha, sexo, macumba y fútbol, cuando ganaban. Cuando perdían, se comían al director técnico. Antes, los chinos comían arroz, micos e ideología. Y los indúes se alimentaban de mantras, asanas y prana, sustancias todas silvestres y asaz macrobióticas.
Pero de pronto los brasileños resultaron dueños de una sólida industria de energía nuclear (sudacas nucleares, cipote oximoron) y se volvieron una potencia capitalista de la mano de un líder sindical (los caminos de Dios son inescrutables); a los chinos les sonó la flauta con un popurrí exótico: comunismo para el pueblo y neoliberalismo para los elegidos. Hicieron su agosto esclavizando la población, reprimiendo a los disidentes y pateando a los monjes, e inundaron el mundo con cachivaches de dudosa calidad. Y los indúes mezclaron ideas occidentales y preceptos budistas, e inventaron el budismo de mercado. Si nada es realidad y todo es ilusión, entonces hagamos cine, se dijeron. Y como Occidente ahora es virtual, es decir, se orientalizó, efectuemos nosotros una operación simétrica, giremos hacia Occidente y hagamos software. Y diciendo y haciendo se volvieron grandes productores de cine y de software.
Entonces algunos cientos de los miles de millones de chinos, brasileños e indúes se volvieron ricos y ya no volvieron a comer ideología, farinha ni mantras sino que se dedicaron a tragar de todo, y por eso estamos como estamos, porque a los pobres les dio por comer. ¡Así no se puede, hombre!