

Hay un concierto que el director Abner Benaim recuerda en el documental Yo no me llamo Rubén Blades, organizado en 1980 en el Capitol Theatre, en Nueva Jersey. Las imágenes son a blanco y negro, figuran Blades y Willie Colón están en la cima de su carrera con un ejército de músicos capaces de poner a vibrar una montaña.
Arrancan el concierto con Plástico, canción vigente e hiperrealista, una crítica profunda a la sociedad consumista, que por “las apariencias que hay que tener” se queda sin tiempo y sin cabeza para pensar.
Muchos años después, paradójicamente pensar es lo que le falta a Colón en sus redes sociales. Luego de ver sus publicaciones , por respetar mi vínculo con su obra musical, he decidido dejarlo de seguir en Instagram. Parece mentira que ‘El malo del Bronx’, con tanta calle como Pedro Navaja, analice como analiza (¿La experiencia trae sabiduría o es más como le sucede a Colón?), exprese lo que expresa. Arruine como arruina su enorme legado.
De él y de Blades es el álbum más vendido de la salsa, que cuenta con canciones que están a la altura de sus hacedores. En Siembra (1978) basta darle ‘play’ a la misma Siembra y a María Lionza para sentir la voz de protesta, más emparentada con las luchas por las libertades civiles de Martín Luther King que con la revolución de Fidel Castro.
Comparar las visiones políticas del panameño y del neoyorkino es un buen ejercicio para saber quien era el coherente. Ambos artistas son tremendamente talentosos, solo que uno de los dos envejece con dignidad, acorde a los pensamientos que supo defender en su juventud. Solo uno de los dos se supo reinventar, solo uno de los dos tiene las palabras precisas para criticar a Maduro, a Trump, a Ortega y cuanto presidente le dé por parrandearse a Latinoamérica .