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LAS ENCUESTAS SON HERRAMIENtas útiles para conocer qué piensa la población sobre un tema en un momento específico.
Su credibilidad depende de sus características técnicas, por ejemplo del tamaño y representatividad de la muestra, del método de recolección —telefónico o personal—, y del contenido de las preguntas. Pero también de la manera como son divulgados los resultados. La presentación errada, incompleta o sesgada de los resultados puede hacerles perder su valor como indicadores útiles para analistas políticos, tomadores de decisiones, formuladores de políticas y por supuesto para la ciudadanía. En este proceso los medios de comunicación juegan un papel fundamental y tienen una gran responsabilidad.
En la última semana se conocieron dos encuestas que ilustran estos riesgos. La primera, realizada por la firma Gallup, indagaba sobre las preferencias políticas de los colombianos y sobre su disposición a participar en el referendo de reelección del Presidente y a apoyarlo en su aspiración. Los titulares y análisis de diversos medios señalaron que el Primer Mandatario obtenía el 80% del apoyo ciudadano, con lo cual su reelección estaba prácticamente asegurada. No obstante, esta cifra es muy superior a lo que realmente decía la encuesta, pero este error sólo mereció la rectificación —por lo demás oportuna— de El Tiempo, mientras que casi todos los demás medios guardaron silencio.
La segunda encuesta, el Sensor Yanbal de la Mujer Colombiana, indagaba sobre “la mentalidad y los valores de la mujer como actor económico y social del país” y fue aplicada en Bogotá, Cali, Medellín y Barranquilla. Si bien estas cuatro ciudades albergan un porcentaje significativo de la población urbana del país (cerca de 15 millones), la realidad de sus mujeres no necesariamente corresponde a las vivencias, necesidades y percepciones de millones de mujeres que habitan en zonas rurales y en otras ciudades, muchas de ellas víctimas de la violencia y el desplazamiento y que viven en condiciones de pobreza extrema. Lo cuestionable no es la validez o la importancia del estudio, sino la presentación de los resultados con frases como “esto piensan las mujeres del país”, o “las principales preocupaciones de la mujer colombiana son…”. Además de no reflejar lo que piensan las demás mujeres, invisibiliza otras realidades.
Estos dos ejemplos sirven para llamar la atención sobre los principios de transparencia, rigor y publicidad con los que deben actuar los encuestadores, pero también quienes financian y contratan los estudios y los medios de comunicación que los divulgan. Esto es especialmente importante para evitar que las encuestas se conviertan en un elemento adicional de perturbación en momentos en que se aproxima una contienda electoral que seguramente va a estar enmarcada en una fuerte polarización. Y para impedir que la popularidad —real o ficticia— sea el principal criterio de los ciudadanos al momento de decidir por quién votar, en lugar de las propuestas programáticas que planteen soluciones a los problemas más importantes del país.
* Directora Congreso Visible, Universidad de los Andes.