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Las similitudes entre los atentados de Mumbai y Lahore obligan a ir mucho más allá de las explicaciones tradicionales que hallan culpables a la carrera. Es urgente ir más a fondo en la búsqueda de los motivos que los han inspirado.
Caso en el cual no hay que descartar la hipótesis de que el designio sea descomponer a Pakistán como retaguardia de la confrontación que tiene lugar en los campos afganos.
El ataque de unos comandos que no ponen bombas para suicidarse o salir corriendo, sino que combaten con alarde de entrenamiento para producir el mayor efecto destructivo, y publicitario, antes de desvanecerse o morir, se ha convertido en la expresión más reciente de la oleada terrorista que comenzó hace ocho años con el asalto de Nueva York. Los ataques contra el hotel Taj Mahal en Mumbai, y contra el equipo de cricket de Sri Lanka, en Lahore, guardan entre sí parecidos que han de poner a pensar no sólo sobre sus características, sino sobre las causas recónditas a las que obedecen.
Las imágenes de televisión mostraron hace poco cómo un grupo de terroristas jóvenes, con excelente estado físico y un alto grado de preparación en el uso de sus armas y de destrezas de combate urbano, consiguió asaltar un enorme hotel y mantener a raya a las fuerzas regulares durante horas, sin que importara el precio en vidas humanas, hasta cumplir su cometido de aterrorizar al mundo, y sin que se tuviese claridad sobre el origen, los patrocinadores y las intenciones profundas detrás de la acción.
El modelo se ha visto reiterado con el ataque a un bus que transportaba nada menos que a los miembros del equipo de cricket de Sri Lanka, de visita en la ciudad pakistaní de Lahore, que serían los equivalentes de las estrellas de la selección nacional de fútbol de cualquier país de América Latina listos a jugar en el campo de un rival tradicional.
A raíz del ataque de Mumbai se repitió la costumbre de salir a denunciar responsables e inspiradores con la ligereza que caracteriza a quienes ejercen el poder como un espectáculo mediático, en el que la regla es tratar siempre de quedar bien. Todo lo que se llegó a saber no fue más que el indicio de que el comando había sido entrenado en Pakistán, sin que hubiese faltado quien tratara de culpar al gobierno de ese país. Lo que fue negado de plano desde Islamabad.
En el caso del ataque de Lahore, los mismos simplificadores no tardaron en culpar a los Tigres de Tamil, que buscan separarse de Sri Lanka y se hallan acorralados en la zona norte de la isla de Ceilán. Según esa versión, los rebeldes buscarían atacar intereses ceilandeses en el extranjero, con el efecto simbólico de perjudicar al equipo nacional del deporte más importante de la región, herencia británica que une, por encima de rencillas contemporáneas, a las antiguas colonias de ese imperio que tan sólo se vino a desmontar luego de la Segunda Guerra Mundial.
Sin perjuicio de que los hechos sean atribuibles a los inspiradores de la tradicional confrontación en frío entre la India y Pakistán, no cabe duda de que conciernen particularmente a este último país, en su condición de escenario privilegiado de la retaguardia de varios frentes de acción, entre otros el de la guerra de Afganistán.
Desestabilizar a Pakistán, acentuando sus dificultades con la India, y al tiempo convirtiéndolo en lugar poco confiable aún para la realización de torneos deportivos de gran popularidad, puede ser fácilmente uno de los motivos inspiradores de este tipo de acciones. A lo que habría que agregar, siempre en el campo de las hipótesis, la puesta a prueba de un modelo de acción que, a la larga, lo que intenta es desatar la anarquía en un país que, por mandato de la geografía, es el campo ideal de retaguardia y de retirada de quienes combaten en territorio afgano a las fuerzas de la OTAN.
El reto que se plantea no es entonces exclusivo del gobierno Asif Ali Zardari ni de los países de la región. En medio de la prevención que genera este tipo de acciones, es preciso darle una mirada al conjunto del conflicto que para muchos asiáticos raizales significa la presencia creciente de tropas de otros continentes en una región en la que tradicionalmente no tienen nada que hacer. Algo así como una defensa a ultranza de intereses locales, mediante la vieja estrategia de deteriorar el ambiente lo más que se pueda, a fin de sacar provecho de un desorden general.