Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
SÉ QUE NO ES POLÍTICAMENTE COrrecto estar en contra de la legalización de las drogas. Luego del evidente fracaso de las políticas represivas en la larga, sangrienta y costosa guerra contra el narcotráfico, varios de los analistas más conocidos de hoy la defienden con lucidez, como lo hizo esta semana el ex alcalde de Bogotá Antanas Mockus.
Sus argumentos son bien conocidos y se resumen en una frase: lo que causa los estragos sociales de la droga es su ilegalidad. Es decir: por ser ilegal la droga es prohibida, pero como la demanda de los consumidores persiste, quienes la producen asfaltan con balas el tráfico ilícito para satisfacer esa demanda. Las autoridades responden con la represión, y como los narcos defienden sus intereses con los dientes, surgen los males que todos conocemos: la violencia, el crimen, la corrupción, los millones de dólares invertidos en atajar un negocio incontenible y la contaminación de todas las esferas sociales. La ilegalidad de la droga, en efecto, genera su violencia. Y a esta argumentación, desde luego, no le falta razón.
Sin embargo, no por ello la conclusión es correcta. La legalización no reduciría la demanda de las drogas ni acabaría con las secuelas de su ilegalidad, por una razón: para que funcione ésta tiene que ser completa y no parcial. Si se legaliza una droga, digamos la marihuana, el tráfico criminal de las demás (las que seguirían prohibidas por ser ilegales) se mantendría intacto. O sea, para evitar los males de su prohibición tendríamos que legalizar cada droga que vaya apareciendo, y eso sería un suicidio social. Mientras exista una droga prohibida, existirá la infraestructura criminal para producirla, y también la ofensiva para reprimirla. En suma: aun con pocas drogas ilícitas, seguirán la corrupción y la violencia.
Lo malo es que no conocemos los narcóticos del futuro. Las drogas son cada vez más peligrosas, y cada rato aparecen otras en el mercado. Ice, PCP, basuco, paco, éxtasis, GHB, GBL y speed son relativamente nuevas, y no sabemos cuáles serán las de mañana. Entonces, para eludir los estragos de su prohibición, ¿tendremos que legalizar cada droga que se invente, incluso las sintéticas más dañinas y nefastas?
En el documento de los ex presidentes Cardoso, Gaviria y Zedillo para la Comisión Latinoamericana de Drogas y Democracia, éstos recomiendan estudiar las campañas contra el tabaco para reducir el consumo de las drogas. Sin duda, dichas campañas han sido exitosas. Pero el argumento es el contrario. Siempre se utiliza la tesis del tabaco y el alcohol para defender la legalización de la droga, cuando padecemos a diario los efectos de la legalidad de esos productos: la violencia social y doméstica, los abusos y las enfermedades. Entonces, a las sustancias legales que ya existen y que se combaten con tanto esfuerzo mediante colosales campañas publicitarias, ¿habría que añadir las ilícitas?
Legalizar transmite un mensaje social de aprobación. Y es un contrasentido que la sociedad legalice las drogas para en seguida decir, mediante campañas educativas, que éstas son malas y que no se deben consumir.
La legalización de las drogas es perfecta en teoría. En la práctica, sólo agravaría el problema.