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¿Qué es lo que más me llama la atención del próximo Cartagena Festival de Música? En primer lugar, el tema: un viaje por la música del Mediterráneo, que implica que durante 9 días vamos a vivir la experiencia sonora de rincones tan lejanos como Turquía, Rumania o Israel. La cultura del Mediterráneo tiene que ver con la idea (a veces real, a veces imaginada) que tenemos de oriente.
Esas cadencias medio exóticas y misteriosas pueden surgir libremente de la mandolina que interpreta Avi Avital. Uno de los artistas más jóvenes del prestigioso sello Deutsche Grammophon. Avital es en sí mismo una mezcla de oriente y occidente: luego de un primer disco dedicado a la obra de Bach, lanzó una segunda grabación en la que alterna piezas españolas, búlgaras y rumanas. En Cartagena vamos a tener la oportunidad de verlo en ambas facetas. Interpretará un concierto de Vivaldi pero también, en el marco de las conversaciones musicales, evocará la música folclórica de su tierra.
En ese orden de ideas, mis siguientes recomendados son los integrantes del cuarteto Balanescu de Rumania, pertenecientes durante un tiempo al sello disquero Argo (especializado en música contemporánea), han demostrado grandes facilidades para los ritmos complejos y ciertas disonancias. Es música que requiere, digamos, un grado mayor de concentración, pero que también genera al final una experiencia profunda.
Y completando el cuadro oriental, el flautista turco Kudsi Erguner promete llevarnos de viaje a los tiempos del Imperio Otomano: la flauta que toca Erguner, llamada ney, es considerada uno de los instrumentos más antiguos que existen. Seguramente en ella se encierran muchos de los misterios de los místicos sufíes, y uno como espectador alberga la esperanza de que algunas de esas expresiones inmemoriales saldrán a relucir en sus conciertos.
Pero cada año uno tiene lo que podría llamarse un “favorito definitivo”, y este año no es la excepción. Lo curioso, es que su lenguaje tiene más que ver con el jazz que con la música clásica. Se trata del pianista italiano Enrico Pieranunzi. A él lo he conocido a través de sus discos, que se consiguen con esfuerzo, importados de Europa. En uno de ellos toca al lado del legendario trompetista Chet Baker. En otro, comparte con el contrabajista Charlie Haden. Hay uno más que no he podido conseguir a pesar de estar buscándolo por años: se llama ‘The dream before us’ y es una colección de duetos al lado del bajista Marc Johnson. Lo escuché una sola vez en una emisión de Radio France, a mediados de los 90, cuando era aficionado a la radio de onda corta, y no he olvidado el impacto que me causó. Pieranunzi es un genio del toque suave y prolongado, melodioso sin empalagar, expresivo pero sin derrochar las notas.
Digamos también que tiene un interesante contrapeso en el mundo del piano, que compartirá festival con él, y es el ruso Alexander Melnikov. Son dos lenguajes distintos, ya lo sé, el jazz y la música clásica. Pero lo que me gusta de Melnikov es justamente lo que no tiene Pieranunzi. Su toque es siempre controlado, casi diríamos frío (su disco al lado de la violinista Isabelle Faust fue comparado por la revista Gramophone con “el contraste entre fuego y hielo”, al pianista le correspondía, por supuesto, el hielo. Como pianista acompañante es genial porque se mantiene en segundo plano para que el protagonista se luzca. Cuando graba solo, elige compositores que pueden ser más cerebrales que emotivos, como Scriabin o Shostakovich. Pero uno nunca sabe: a Cartagena viene a tocar obras de Mozart y Debussy. Tal vez algo del calor llegue a ablandarlo, en cuyo caso asistiremos a un episodio memorable.