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Ángel espanta el calor tropical del ambiente con el abanico en que se convierten sus manos, mientras bebe agua helada y con un marcado tono de seguridad, reconoce: “yo no tengo complejos, me encanta ser gay y amo vivir aquí”. Aquí es Juchitán: una ciudad sui géneris de 160 mil habitantes en el estado de Oaxaca, en el sur de México, donde ser hombre y homosexual no augura discriminación, sino que puede ser un gran motivo de orgullo.
Muxe (se pronuncia ‘mushe’). La palabra en zapoteco (lengua imperante en la región) que los identifica y dentro de la que caben múltiples posibilidades en el ejercicio de su sexualidad, sin tanto aspaviento moral. Acá es común ver hombres travestidos por las calles, contoneando caderas entre la gente que descansa en el parque o que vende iguanas, armadillos y productos del Pacífico (que queda a dos horas, por carretera) en el mercado principal.
Aunque cabe mencionar que no todos ellos son “vestidas”. Muxe es también aquel que, incluso sabiéndose una mujer nacida hombre, prefiere usar pantalones. La identidad se lleva en el corazón y asoma en los ojos, suelen decir.
* Flores blancas
El origen de las palabras dice mucho sobre lo que nombran. El término que hace referencia a esta casta de activistas de género, sin más armas que sus manos y voz, es una derivación de la palabra castellana ‘mujer’. No obstante, ‘Juchitán’ proviene también del zapoteco y quiere decir “lugar de flores blancas”. Lo cual tiene sentido, si se toma en cuenta que este es uno de los escasos paraísos donde se deja florecer en libertad la existencia social de un tercer sexo.
En el documental Muxes: auténticas, intrépidas, buscadoras de peligro, realizado en 2005 por la cineasta mexicana Alejandra Islas, uno de los entrevistados dice, mientras se mece delicadamente en una hamaca, que “no es que en esta parte del país haya más homosexuales que en otras. Simplemente somos más visibles”.
Los gays van por estos caminos con la mano en la cintura porque tienen la aceptación casi total de las mujeres, a quienes ayudan a vestirse, maquillarse, pintarse el cabello o preparar botanas para vender, entre muchas otras cosas. Y acá, ser mujer es ser autoridad.
A pesar de que en México el machismo aún lleva corona de rey, en este rincón del sur impera un matriarcado enfundado en faldas amplias y huipiles (blusas típicas bordadas a mano). Las mujeres llevan las riendas de la vida cotidiana (los hombres muchas veces son tildados de perezosos) y los muxes cumplen a conciencia con determinadas funciones que les son casi exclusivas.
Se autoasignan la encomienda de cuidar a sus padres durante la vejez, velar por sus hermanos pequeños, unificar a sus familias, ser un pilar económico al poner sus propios negocios de estética, bordar y vender los famosos huipiles que adornan con flores multicolores e incluso iniciar sexualmente a los heterosexuales (hombres o mujeres).
En otra parte del mismo documental, una amiga de Ángel, quien ahora combate el calor furioso con una lata de cerveza fría, advierte que “aquí se les acepta porque se quiere al ser humano, se quiere a la sangre”. Sin más. Es imposible encontrar una explicación exhaustiva a la buena acogida del muxe en Juchitán, que para muchos sociólogos es como un país dentro de otro. Este trato es parte de la cultura y forma de vida del sitio, desde hace siglos.
* Sin lentejuelas
Pero la situación es menos perfecta de lo que puede parecer a simple vista. Aunque la raíz que sostiene el estatus del homosexual en el sur de Oaxaca es profunda, solo hace falta dejar un poco de lado los tacones, los implantes y la brillantina en el aire, para vislumbrar un lado menos cintilante de la realidad de estos hombres.
Sus preferencias sexuales están generalizadamente aceptadas. Pero hay quienes no comparten la idea. Los más reacios suelen ser los padres de familia, influidos por prejuicios generacionales; y, más escasamente, mujeres que se niegan a reconocerlos y se sienten ofendidas por verse “mal copiadas” en cuerpos masculinos. Son las madres las que anteponen a sus hijos sobre todo. Su opinión es tan respetada que invalida lo demás y hace campear la idea de que un muxe en la familia sí es una bendición.
Cada uno de ellos tiene algo que contar. Ángel, la Felina, Daniel, Natasha, Brittany, Mística. Todos reviven historias invariablemente asaltadas por pasajes sombríos: VIH, padres golpeadores, violaciones, atracos, carencias económicas, desgaste de sus tradiciones, prostitución, soledad cuando fallecen sus padres y exclusión de temas políticos y algunas celebraciones anuales, por ser considerados asuntos para “hombres de verdad”. La lista podría seguir.
La Jarocha, por ejemplo, cuenta frente a la cámara que ha tenido una vida tan grande, que aprendió a la mala que “todo el que se arrima a uno, es por algo”. Dice estar cansado de mantener hombres que pagan mal, que le han robado lo poco que, sin educación y con mucho esfuerzo, se ha ganado como cocinero.
Confiesa que ha salido adelante de situaciones muy duras, desde que a sus 11 años hubo un punto de inflexión en su vida por un suceso que prefiere no contar, y ante el que se le quiebra la voz. Pero recuerda cómo le ha tocado ayudar a amigos suyos, rechazados por sus familias. En especial, tiene presente a uno, portador del VIH, que pasó sus últimos días de agonía en su casa y bajo sus cuidados, pues lo habían sacado a punta de golpes y maldiciones de la suya. No todo es respeto, orgullo e inclusión.
* Remedios juchitecos
No obstante los claroscuros de la cultura zapoteca, en este edén de ‘flores blancas’ la vida es impensable sin ‘velas’ (fiestas), calor agobiante y un amor jurado a la cerveza. Por ello, al tratarse de una población que destila feminidad, y en donde la belleza y el reconocimiento se vuelven coronas a ganar, no sorprende que haya batallas campales que se libran sobre pasarelas para elegir a las reinas gays del año. Ángel admite que jamás se pierde el festejo en esa fecha porque, aunque generalmente los resultados generan líos de faldas, todo se soluciona a ritmo de cumbia y choque de vasos con mezcal.
La ‘vela’ en la que se las proclama y inviste es organizada por las “Auténticas, intrépidas, buscadoras del peligro” (su organización oficial en Juchitán) y es muestra de cuánto folclor puede llegar a albergar el mes de mayo. Casi todos portan con orgullo los vistosos trajes típicos, que frecuentemente están hechos por ellos mismos (y que tan asediados son por las boutiques de moda más exclusivas en otras latitudes) y bailan toda la noche. Como en los grandes carnavales.
Mística nació siendo Antonio, un bebé que (según cuenta su madre) lloraba si le ponían pantalones o zapatos de niño. Él es hoy una mujer regordeta, ataviada siempre en vestidos étnicos, que coordina impecablemente con los tonos de su maquillaje. Es bien conocida por vender perfumes de imitación todas las tardes.
Pero ni bien se entera de alguna reunión de las “Intrépidas” (o cualquier otro motivo de festejo, por más mínimo que pueda resultar), deja todo de lado y entrega su corazón a la fiesta. Su madre lo sabe. Solo le ruega que no vaya a contraer alguna enfermedad. Juchitán es uno de los focos rojos más notables de contagio de sida a nivel nacional.
No obstante, los muxes juchitecos se saben juntos ante todo. Gustan de solucionar la rudeza del calor tropical con unas cervezas y se reúnen con frecuencia para expresarse con soltura y proponer, más allá de las fronteras de su ciudad “de flores blancas”, que el respeto hacia la homosexualidad se extienda sobre otros territorios. Para que Juchitán no sea la isla rodeada de un mundo de intolerancia, sino que se vuelva un gran jardín que extienda sus retoños hasta terrenos insospechados.