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La ley del silencio

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EL ÚNICO ESCÁNDALO QUE LE FALtaba al país, después de los sucesos que se descubrieron en las últimas semanas cuando quedó en evidencia que la agencia de inteligencia que está al servicio del Presidente espía a la oposición, a los periodistas y a los magistrados de la Corte Suprema, es que el  ‘ideólogo’ del Primer Mandatario, archiconocido por sus agresivas alusiones a la prensa independiente, ande vigilando a la medianoche, por sí o a través de terceros, al director de la revista que acaba de revelar los actos delictivos de los agentes secretos.

Jactancioso como suele ser, este particular sin funciones legales de investigación no sólo no se avergonzó de su conducta violatoria de las normas constitucionales que garantizan la privacidad y el derecho a la libre reunión, sino que usó otro medio de comunicación para “denunciar” con quién cenó, qué comió, cuáles bebidas consumió e incluso cuáles temas de conversación sostuvo Alejandro Santos con sus tertulios. Se atrevió incluso a sugerir que el Fiscal General, éste sí investigador oficial del asunto publicado por la revista, estaba “vendiendo” información. No presentó pruebas. Se limitó a justificar su sinuosa deducción utilizando, para descrestar calentanos, el terminacho “beduismo” que significaría “hacer una relación de motivaciones perversas” ¡Hágame el favor! ¿Cómo recibiría esa explicación un juez, si la argumentara uno de los muchos columnistas denunciados hoy por injuria y calumnia? El artificio verbal no extraña. Si ya no puede cualquiera sentarse a la mesa con quien le venga en gana, no hay que esperar que se le dé cumplimiento al deber de proteger la honra y el buen nombre de los demás. Salvo que se trate de uno mismo o de sus defendidos.

Bueno, y, ¿por qué tanta alharaca? ¿No han asistido los altos empleados de Palacio o los Ministros a reuniones sociales con periodistas en estos siete años? ¿No han “libado” ni cenado con nadie? Que yo recuerde, fui a dos comidas con José Obdulio Gaviria. Y eso que no soy de su círculo de amistades, ni mucho menos de su agrado. A propósito, se trataba de cenas en casas de periodistas. Nos ofrecieron generosos platos y además bebidas alcohólicas, entre otras razones, porque no estábamos en Irán. Nadie se pasó de copas, como para ir aclarando las cosas. Tampoco a nadie se le ocurrió decir que Gaviria nos estaba “vendiendo” datos o que nosotros se los estábamos “comprando”. He visto en muchas ocasiones a ministros y secretarios cercanísimos al Presidente en restaurantes y eventos sociales al filo de la medianoche, con directores de medios y presentadores, grandes amigos los unos de los otros. Menudo conflicto de convivencia tendríamos si se aceptara la alocada tesis del ayatollah criollo.

Pero, ¡qué rara coincidencia! Mientras se cuestiona al Fiscal actual por un encuentro en sitio abierto con la gente de Semana, se pretende postular para reemplazarlo a Edmundo del Castillo, que se reunió en secreto y sin justificación política o jurídica con alias Job (de la banda criminal de Don Berna), quien llegó por los sótanos de la Casa de Nariño dizque para entregar “pruebas” contra la Corte “chuzada”. No hay que dejarse confundir. Aquí la preocupación no es quién come con quién. El asunto de fondo es cómo se  intimida al investigador, a los periodistas y, de paso, a sus fuentes. Es una advertencia para quien hable. El nombre del juego es la ley del silencio. Omertá, que llaman los italianos.

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