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CUALQUIER DÍA LE PREGUNTÉ A ENRIque Caballero Escovar por la salud de Lucas Caballero, su primo, y me dijo, en aquel su temple mayestático: “Lucas se muere y será olvidado”. La respuesta fue más allá de lo esperado, pues yo sólo preguntaba por su salud.
Y así ocurrió. Lucas Caballero, Klim, fue gloria periodística por largos años; columnista de humor como ninguno ha pretendido ni podido superarlo, hombre mítico y recóndito, grande de Colombia. Con emoción recuerdo su ingreso al Salón Rojo del Hotel Tequendama, con ocasión de un desagravio y cómo entró hecho un quijote de cera, en medio de aplausos, a los acordes del himno nacional. Hoy en día pocos lo recuerdan.
Asistí al acto de depositar en una tumba discreta al gran Arturo Abella, en los últimos años demasiado disminuido en su vigor. Y, con dolor inefable, a la inhumación del cuerpo baleado de Guillermo Cano, acto en que se congelaron las lágrimas, estremecidos sus amigos por el pavor de la tragedia nacional que ese hecho significaba.
Ha muerto Roberto Posada, tan temprano. “Un empujón brutal lo ha derribado”, diría Miguel Hernández. Periodista notable, por el relieve del medio mismo en que nació, pero no solamente por eso. La notabilidad se conquista con la constancia, con la inteligencia en uso perseverante, con la permanente ansiedad por estar informado y en comunicación entrelazada con un público, que no se conoce, pero que está ahí.
Fui de sus tertulias, por reiterada invitación, lo que duró algunos años. Sin ningún rompimiento vulgar, esa cercanía se deshizo con la levedad con que la espuma se devuelve al mar. Algún tropiezo se mezclaba siempre o acaso un gran acantilado: alguien que lo azuzaba en mi contra.
Se ha ido y será olvidado, diría cruelmente Caballero y ojalá no sea así. Todos seguiremos el camino. No quiero pensar que “los que se mueren son los otros”, como Calibán se sorprendía de pensarlo (1). Pero entre tanto nos estremece la desaparición temprana de quien fue cercano y llenó tanto espacio en la vida nacional.
No me era fácil estar de acuerdo con él y no quiero decir que yo fuera más razonable. No cesaba en agitar, urdir, echar al aire candidatos presidenciales, como decir, en lo más reciente, a su amigo personal, Alfonso Gómez Méndez. Simpatizó insospechadamente con Lucho Garzón y hoy estaría apoyando su nueva candidatura presidencial, que se ve venir. Le gustaba controvertir. Era un provocador.
Me asombra verlo marcharse, amigo de otros tiempos, por la vía sin retorno. Su defendido ex presidente Samper pensó que regresaría una vez más de aquel túnel, que él también dice conocer y no fue así. Ahora el imaginado y, según dicen, luminoso tracto lo absorbió del todo, porque cuentan que hay en él un punto en que la atracción al más allá es insuperable. Equivale al día de Porfirio, ese día en que “discurren vientos ineluctables, un día en que ya nadie nos puede retener”.
(1) Notable columnista de El Tiempo, antecesor de D’Artagnan, hoy también olvidado.