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Hace poco alguien me dijo que “parte de la estrategia que tiene la plataforma literaria paisa [sic] es contar con entusiastas defensores como vos”. No creo que se trate de una táctica, al fin y al cabo pocos de los escritores que he entrevistado me conocen, y me engaño al creer que a través de una lectura sé quiénes son. Quiero decir, el autor o autora es casi siempre alguien que el lector ha ficcionado, y parto de esta premisa al conversar para obtener un bosquejo menos saturado aunque resulte lo contrario.
Con Luis Miguel Rivas, que tiene 45 años y que a pesar de haber nacido en Cartago (Valle) se crió y creció en Medellín, hablé durante dos horas mientras un gato vagabundeaba bajo nuestra mesa y a ratos se ocultaba entre los bajos arbustos que cercan el lugar. El felino es el testigo de que las preguntas que hice y que omitiré tienen como única intención escudriñar en pensamiento ajeno, no sea que alguien más me atribuya una destreza de zalamera.
Los amigos míos se viven muriendo fue el primer libro que publicó (2007) y lo hizo por envidia. Sí, envidiaba con una profunda admiración a Andrés Burgos que acababa de publicar con el Fondo Editorial Eafit. Por esto Rivas se acercó con un compendio de relatos de varios años y Héctor Abad Faciolince, quien era entonces el director, le dijo: me gusta. Y el libro se agotó.
Los cuentos que en él aparecen los había escrito años atrás. La necesidad que lo llevaba a escribir partía del deseo de plasmar tres sensaciones: la paranoia —“siempre hay alguien detrás de vos persiguiéndote, hasta un punto que incluso podés sentir que alguien que va delante por casualidad te está persiguiendo”—, la soledad en una ciudad donde a nadie le importa quién eres y, por último, la amistad “como la única patria u oasis que uno tiene”.
Él entiende por el oficio de escritor una manera de ser, una atmósfera que apenas se crea dentro de su personalidad, en donde todo gira alrededor de una llama que en su caso es vivir para escribir lo que vivió y comprender lo sucedido, y al poder hacerlo, exorcizar, burlarse o defenderse de lo vivido.
Creció en un barrio de clase media baja en Envigado, un municipio que, según él, se cree rico y tiene “una especie de marginalidad burguesa muy rara”. Fue testigo en su infancia de las atrocidades que generó el narcotráfico, que dice son de carácter material, espiritual y cultural. Piensa que todavía están en la mente de la gente y que Pablo Escobar no era un ser excepcional, simplemente la punta del iceberg creado por nosotros mismos con base en un modelo de pensamiento y una escala de valores que ha ido cambiando con el tiempo, aunque de manera lenta.
Se fue hace algunos años a vivir a Buenos Aires (Argentina) para huir, fundamentalmente, de sí mismo: “Tenía una necesidad de romper con todo y empezar en un lugar diferente. Huir para volverme a armar. Lo que uno escribe está dentro de sí mismo, y donde esté, está la vida. Las inquietudes o desavenencias hacen parte de cada cual. Medellín, por ejemplo, es una manifestación externa de mis conflictos: dentro de mí vive gente matándose y es lo que tengo que resolver”.
Sus cárceles son varias: una rabia informe, una pulsión a veces autodestructiva con distintas acciones o maneras de pensarse, el pesimismo y, también en sus términos, las cosas que son producto de verse a uno mismo desde un ángulo cerrado, aspecto interiorizado en la base de cada personalidad.
Sin embargo cree que es un hombre con rasgos femeninos en su estructura psíquica y que lo femenino se ha aparecido en su vida en forma de maestra y de verdugo; dicho de otro modo, un ser que le enseña, pero también lo remueve desde lo más profundo. Es una persona dada al deseo y con una relación que lo ha marcado, la de su madre.
Aunque su voz es imperante, en cada cosa que escribe los demás tienen un protagonismo ineludible y para Rivas se trata de una cuestión sencilla, dice que, como la frase de Maupassant: cuando A habla de B, sabemos más de A que de B. Se cuida de los sentimientos básicos. Un tema puede surgirle de uno bajo como la rabia y quiere salirse de lo más primario, transformarlo o purificarlo, por esto se cuida también de desquitarse de la gente de la cual escribe, aunque ha caído en la tentación, pero reconoce que lo que encuentra en los demás es lo que andaba buscando en él.
Este hombre escribe, asimismo, por un deseo de conversar y relativizar las crudezas de la vida. Asegura que aunque agudiza todos los sentidos, es sobre todo un mirón. El humor en sus relatos puede que sea uno de sus dones, porque lo que más lo seduce es lo absurdo, “quitarle un poco de trascendencia y prosopopeya a los asuntos con cierta ironía, no como un sarcasmo directo o una puñalada, no, es como con los amigos: darles una palmada fuerte y abrazarlos”.
No ha tenido el suficiente rigor o la paciencia para corregir algo a ultranza o a veces no se detiene a tiempo. Cree que hay una soledad buscada y otra que nos cae. La soledad le gusta, de hecho, aunque en ocasiones lo satura. “Un amigo me decía que uno debería vivir en un castillo dividido a la mitad, en un lado un monasterio y en el otro un burdel; cuando te cansés del pecado, sólo tenés que cruzar una puerta”.
No se siente con autoridad moral frente a casi nada. Es más, la ética le parece un estado de mayor conciencia que la moral; esta última, según él, genera tan sólo culpabilidad. Se preocupa mucho por no preocuparse por el rigor de los datos. Le interesa más el estar ahí y el tratar de captar la esencia o el concepto de lo que pasa, aunque no pase nada.
Le gustaría comprender a sus personajes desde adentro, tanto como Chéjov, incluso por estrategia —hace la salvedad—, ya que no está de acuerdo con apuntar a un defecto de una persona con saña pues no va a generar ninguna reflexión, sólo ira del otro lado. Puede ser todos a la vez, en ocasiones se siente el más marginal y en otras el más poderoso. Es igual a los demás, dice.
Aunque no pensaba publicar cuando era mucho más joven, por una “actitud punkera radical, que en últimas es el reverso de la vanidad: que nadie me conozca”, se siente bien al ser leído. Se considera crítico de la cultura antioqueña y lo sorprende que esto sea recibido amorosamente. Acaba de publicar su segundo libro con el mismo fondo editorial: Tareas no hechas. En la semana del lanzamiento se vendieron cerca de 200 ejemplares, sin contar los de su primer libro que volvió a ser editado.
Bueno, el gato tiene más detalles…