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Roxana Hartmann nació en Santa Cruz, Bolivia, y hace poco se mudó a La Paz. Desde entonces ha observado y estudiado atenta la ciudad, que, según ella, es caótica y mística. El resultado se titula La Paz sea contigo y con tu espíritu, un juego de conceptos, pero también una referencia a la mística andina: los amuletos, las creencias, los dioses, los opuestos o binomios que atraviesan los imaginarios de la ciudad. “La misma ciudad tiene una cierta dualidad en su forma de ser. Está llena de colores, pero también es melancólica, por la montaña que está allí, que es muy árida, poco amigable. El clima, además, es muy frío. Todo eso, en conjunto, hace que la gente y las formas de la ciudad sean hostiles. Yo intento proponer todo lo contrario: el color, la magia, la picardía. El andino tiene muchas creencias, se vale de amuletos, de ritos. Mi propuesta aquí en Colombia es presentar todo eso”, dice Hartmann, y lo hace mediante obras en óleo sobre lienzo en diferentes formatos, y objetos de la cotidianidad y las creencias andinas intervenidos.
Una de las piezas, Pachamama, es un par de zapatos, los zapatos clásicos, típicos, de la “cholita”, la mujer andina. “En la zona andina hay muchos matriarcados. La mujer es la que lidera la familia, la que tiene la garra, la fortaleza, aunque siga siendo sumisa en su relación con el hombre”. En uno de los zapatos ilustró el recorrido, el caminar de estas mujeres del altiplano a la ciudad, de sus casas al casco urbano. Ese zapato es la entrega, el trabajo, y el otro representa Illimani, la montaña más alta de la cordillera central. Los zapatos son pequeños, porque, como en la cultura japonesa, al hombre le gusta que la cholita tenga piececitos, y no pies. Esa es la estética: el zapato “debe corregir” el tamaño.
Otras pinturas y objetos representan al “cursillo”, una figura típica del imaginario boliviano. En todas las danzas, en todas las tradiciones, siempre están presentes los contrarios: el bien y el mal, la noche y el día, el hombre y la mujer. El cursillo es, en cambio, un elemento solitario que no obedece a nada y que recuerda la figura del arlequín, por su estética. “Me llamó la atención y quise trabajar con él por la libertad que representa. Si yo me visto de cursillo, eso simboliza, conceptualmente, el poder de elección, la independencia”.
Otra particularidad de la muestra es la omnipresencia del color azul, que en uno de los cuadros, Conventillo, se mezcla con el rojo. Juntos generan una sensación de profundidad, de tridimensionalidad. Los conventillos, que se conservan en el centro histórico de la ciudad y que hoy en día son más oficinas que viviendas, son casonas antiguas con muchos cuartos, corredores, recovecos. “Si logré ese efecto, logré el objetivo: despertar la curiosidad por entrar, por ver todas las vidas que han pasado ahí, las historias que han podido estar dentro de las paredes”.
También hay varios retratos, de personas del día a día que encontró en los mercados, de los campesinos que van a la ciudad, de los citadinos: “Gente de La Paz, andina, y no sólo en los rasgos, sino también en la forma de actuar. Esa gente que no te mira a los ojos, pero yo los he retratado a todos mirándote a los ojos. Es una especie de confrontación entre lo que ellos se reservan y lo que yo podía ver sin necesidad de tener su mirada directa”. El trazo es suelto: al conservar la libertad de la línea, Hartmann revela su pasado en el diseño gráfico. Y aunque el resultado no sea una obra realista, lo antecede un cuidadoso trabajo de campo y mucha observación.
Tanto al cursillo en lienzo —allí aún más parecido al arlequín— como a la pintura que está expuesta al lado en Casa Grau, los atraviesa el tema de la dualidad: un rostro de mujer, o de mujer y de hombre al tiempo: “Lo pinté pensando en el tema de esconder, de las dos caras que tiene la gente. Después de terminarlo descubrí que si tapas la mitad del rostro, se muestra una persona, y si tapas la otra mitad, aparece otra distinta”.
Por último, están los vasos y saleros de colores, objetos que se encuentran en cualquier “pensión” (los restaurantes más baratos) de La Paz. El salero, además, evoca las creencias: la sal nunca debe faltar en el hogar para que las cosas fluyan; no se puede pasar el salero de mano en mano, para que no se vaya la buena suerte; la sal, además, es el condimento base, está en todas las comidas, se necesita para que tengan sazón; por último, la sal viene del mar y, como dice Hartmann, “ahora se vive una cuestión social con la recuperación utópica del mar, que de alguna manera también contamina la obra”. El colorido también tiene lugar, haciendo referencia a la ciudad.
saramalagonllano@gmail.com
@saramala17