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A Nairo Quintana le llegó el momento. Aunque lo postergó, lo sabía desde hace meses. El cuerpo se lo debió decir tantas veces en las insufribles batallas del ciclismo, pero el colombiano apenas hasta ahora se atrevió a admitirlo en público. La decisión no fue repentina: fue una despedida que se venía escribiendo en silencio, en cada subida más dura, en cada esfuerzo que ya no respondía como antes. Y este domingo, finalmente, lo hizo oficial.
Su legado no necesita exageraciones, está sostenido por los hechos. Nairo no solo ganó —dos grandes vueltas, podios en el Tour, decenas de triunfo— también cambió la historia del ciclismo colombiano. En un país que todavía vivía de los recuerdos lejanos de Fabio Parra y Luis Herrera, el boyacense se convirtió en el estandarte de una nueva era.
Fue el líder de una generación que volvió a creer que Colombia podía dominar la montaña y discutir las grandes vueltas de tú a tú con Europa. “Hoy vengo a contarles que esta es mi última temporada como ciclista profesional. Cada carrera que haga durante este año será ese gran último baile. Quiero disfrutar de estos momentos tan bonitos”.
No es coincidencia que su lucha encarnizada con Chris Froome en el Tour de Francia haya marcado a toda una generación. Fue uno de esos duelos que no solo definen carreras, también construyen referentes. Fenómenos del presente como Tadej Pogacar han reconocido públicamente la admiración que sienten por esa época, por esos escaladores que llevaron el ciclismo a otro nivel. Nairo fue parte esencial de esa narrativa: el hombre pequeño que atacaba en la montaña y obligaba a los gigantes a resistir.
Por eso no sorprende que haya llegado la hora de decir adiós. Porque después de tanto recorrido, Nairo ya había quedado atrás. Y en ese cierre inevitable aparece la historia: la del niño campesino que descubrió su talento subiendo carreteras imposibles, la del joven que deslumbró en el Tour del Porvenir en 2010 y empezó a construir un ascenso meteórico. Su llegada a Movistar en 2012 fue el punto de quiebre: en poco tiempo estaba disputando las carreras más grandes del mundo, subiendo podios y convirtiéndose en protagonista.
También fue una carrera marcada por tensiones. En Movistar brilló, pero muchas veces quedó la sensación de que su equipo lo contuvo más de lo que lo liberó. Que si lo hubieran soltado del todo, si le hubieran permitido correr con mayor agresividad, ese Tour de Francia que siempre persiguió habría llegado. Su salida del equipo no fue sencilla, y su paso por Arkéa terminó siendo una experiencia irregular, lejos de los grandes escenarios que había dominado.
El golpe definitivo llegó en 2022. La sanción por el uso de Tramadol —una sustancia no dopante pero prohibida en competencia— le arrebató su última gran escena: un Tour de Francia en el que había vuelto a ilusionarse con el podio y que terminó cerrando en el top 10 antes de la descalificación. A partir de ahí, el descenso fue inevitable.
Su regreso en 2024 tuvo más de dignidad que de gloria, y el desgaste acumulado terminó por imponerse. Todos lo sabían, se presentía. Y este domingo, una verdadera leyenda del deporte colombiano puso el punto final a su carrera. Quedará disfrutar a Nairo Quintana unos meses más.

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