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Primero estaba el mar, como en la novela de Tomás González. Y luego, la prohibición, la censura, la verdad de unos pocos y sus intereses para decidir qué podía ser el bien y qué el mal. Qué lo permitido y qué lo censurado. Primero estaba el mar, y luego llegó la música, y con la música, la fiesta, y con la fiesta, la sensualidad, y desde allí se precipitó el deseo, el deseo del pueblo que debía ser cercenado porque era del pueblo, y música y fiesta y sensualidad y deseo fueron censurados, prohibidos por un obispo de nombre Gregorio Molleda y Cherque, que en mil setecientos y tantos elevó una petición a las autoridades de España para que no hubiera más música, pues sin la música, decía, escribía, no habría ni fiesta ni baile ni sensualidad ni deseo. No habría pecado.
Era la Cartagena de unos pocos blancos y miles de negros. La Cartagena dividida. La Cartagena que después se convertiría en sede de la Inquisición. La Cartagena que quemaba a los “herejes”, simplemente porque una autoridad decidía que debía quemarlos por brujos, charlatanes, embusteros y aliados del demonio. La Cartagena que luego se independizó, pero que pese a su “independencia” seguía dividida entre pocos blancos y muchos negros, y seguía inmersa en prohibiciones e imposiciones. Y los distintos monseñores y obispos prohibían y siguieron prohibiendo con la sabiduría que les otorgaba Roma, con la justicia que les llegaba del Vaticano. Censuraron carnavales, bailes, grupos, canciones, letras, ritmos.
Sin embargo les fue imposible cortar la raíz, pues la raíz era, en parte, el inconformismo, y en parte, la creación. Las músicas de Cartagena surgieron y crecieron y se transformaron y lucharon y se rebelaron. Eran la manifestación de miles de inconformes que cantaban sus amores y sus deseos, su vida de todos los días y sus anhelos. Con cada prohibición llegaba una alternativa, un poco como cuando a los esclavos les quitaron uno de sus pocos pasatiempos: fumar. Entonces aprendieron a hacerlo con la parte de la candela hacia dentro para que el fuego rojo no los delatara. Cuando quisieron robarles la música, deslizaron el ritmo de las tamboras a los pies, y en vez de flautas silbaron muy bajo. En últimas, ellos eran música.
Los monseñores prohibían, ellos inventaban. Los monseñores imponían, ellos contaban la historia. Luego la pintaron y luego la escribieron, y con los años, en una especie de brujería, entrelazaron música y colores, formas y letras, y desde ahí contaron su historia, la historia no oficial. Candelario Obeso escribió, por ejemplo: “Llegado allí, por nadie conocido / y harapos vestido, larga pena sufrí, pobre estudiante / pero esa vida miserable y dura de mi actual desventura, no vale ¡oh no!, / jamás un breve instante”. Obeso era de Mompox, de la Mompox de finales del siglo XIX. Era negro, y con eso estaba todo dicho. O todo gritado. Y pasó por la música, por las letras, y así llegó a la literatura. A la poesía. Y desde la poesía dejó su testimonio.
Desde la otra orilla, Luis Carlos López decía, por ejemplo: “Tu organillo triste, tu organillo viejo, / cuando a media noche, bajo los balcones, / gime dulcemente con amargo dejo, / de seguro arrulla muchos corazones. / Tu organillo triste, de sentidos sones, / que refresca el alma con su amargo dejo, / mientras acaricia mis desilusiones, / cuántas cosas dice tu organillo viejo… Cuando a media noche, bajo los balcones, / gime tu organillo de dolientes sones, / con plañir mimoso, con amargo dejo…”. Decía, escribía, contestaba y le hacía su homenaje a aquella música pequeña, prohibida pero rebelde, rebelde y revelada. Al amargo dejo del organillo de un negro. Al amargo dejo de una música que supo cantar, pero, más que eso, que supo pelear.
faraujo@elespectador.com