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Lincoln y Murillo Toro

Armando Montenegro
21 de febrero de 2009 – 10:00 p. m.

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ANTES DE QUE LOS CONTACTOS con los grandes de Washington se consiguieran por medio de las firmas de lobby; antes de que dependieran de la destreza de Luis Alberto Moreno; antes del siglo XX, mucho antes, un político colombiano, Manuel Murillo Toro, desarrolló algún tipo de relación personal con un presidente de Estados Unidos: Abraham Lincoln, ni más ni menos.

Lincoln había sido elegido presidente en 1860, y en 1863, con la victoria de Gettysburg, se aproximaba victorioso al final de la guerra civil. En ese año, Murillo Toro era el embajador de los Estados Unidos de Colombia ante la Casa Blanca (venía de Europa, donde Francia y otros países habían rechazado sus credenciales diplomáticas por representar al gobierno radical del general Mosquera).

El penoso papel del embajador del convulsionado país suramericano se resumía en una palabra: Panamá. Debía tratar de mantener la ilusión de la soberanía colombiana en ese territorio. Rechazaba, como podía, la pretensión de los gringos de no pagar los impuestos locales. Atendía reclamos por los incidentes provocados por el paso de soldados, viajeros y mercancías norteamericanas por el istmo. Murillo Toro firmó un protocolo con el secretario de Estado, William H. Seward, que desarrolló el tratado Herrán-Cass, por medio del cual Colombia se había comprometido a cancelar US$400.000 como indemnización por el asesinato de varios norteamericanos en 1856 (el incidente de “la tajada de sandía”).

Se desconocen los detalles de la relación personal de Murillo Toro y Lincoln. Los entusiastas biógrafos del colombiano insisten, sin embargo, en que la química entre los dos fue buena, que Lincoln visitó la humilde legación colombiana y que, incluso, Murillo Toro fue invitado a algún consejo de gobierno del norteamericano.

 Lo más interesante ocurrió a comienzos de 1864, cuando Murillo Toro fue elegido presidente de la República, por votación de los representantes de los estados. Lincoln no sólo lo felicitó, sino que puso a su disposición uno de los mejores navíos de la armada norteamericana para que lo trajera, en viaje expreso, a Colombia.

El viaje de Murillo Toro se realizó en el Glaucus, un moderno vapor armado de 40 cañones, salido de los astilleros en 1863. Al mando del  almirante H.B. Caldwell, zarpó de Nueva York el 5 de marzo y llegó a Cartagena el 16. Para atender a Murillo, el navío fue provisto de vinos generosos, quesos de Flandes y otros manjares (esta fue la única tarea exitosa del Glaucus; después de regresar de Colombia, el buque se incendió; estuvo parado durante varios meses y se retiró del servicio militar en 1865).

Otra de las curiosidades de este viaje fue que en él, Murillo Toro trajo a Colombia los primeros eucaliptos, una planta que había adquirido en Nueva York y que en pocos años, para bien y para mal, cambiaría para siempre el paisaje de la región andina del país.

En abril de 1865, Murillo Toro, como presidente, hacía frente a las variadas crisis de su Presidencia: revueltas, desafíos y bancarrotas. Lincoln, triunfador de la guerra civil, comenzaba su segundo gobierno. Al asistir a una obra de teatro, el 14 de ese mes, fue asesinado. Un año después, en su mensaje al Congreso, Murillo Toro se lamentaba de que con ese crimen los colombianos habían perdido al “virtuoso Abraham Lincoln, un amigo fino y benévolo con nuestro pueblo”.

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