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UN CASO REPETIDO EN LA DELINcuencia juvenil fue el de esta semana en Bogotá, cuando un policía detuvo a un jovencito en motocicleta cuando cruzaba un semáforo en rojo.
El muchacho cometía en ese momento todas las infracciones posibles: no tenía pase para conducir, ni casco protector, la moto era prestada y sin placas, y además admitió que iba embriagado. El “parte” subió a casi dos millones de pesos, la moto fue decomisada y el infractor fue llevado a una comisaría. Por ser menor de edad habrá un proceso que puede terminar en impunidad.
No hace mucho se descubrió un caso peor: el conductor de un bus urbano que se estrelló resultó ser un antiguo ayudante de ese bus, con pase adulterado y multas que subían a varios millones.
En conjuntos residenciales urbanos y en condominios campestres, una queja frecuente es la de riñas callejeras, robos de vehículos o en el interior de las casas, casi siempre cometidos por menores, con el agravante de que salen perdiendo los guardias o porteros que son sobornados o amenazados porque son hijos de personas influyentes. “Usted se calla o lo hago botar del puesto” es la frase que suele usarse para que esos delitos queden en la impunidad.
Este tipo de delincuencia ha sido notorio en estos días en Bogotá, pero se comete en todas partes. En la Florida norteamericana es muy alto el índice de robo de vehículos por jovencitos que los usan para hacer “piques” en zonas de poca vigilancia, y los dejan estrellados o abandonados.
Las leyes sobre delincuencia juvenil existen pero es difícil cumplirlas, pues son intemporales y no se ajustan a los cambios sociales ni a las nuevas costumbres impuestas por la tecnología. Antes la mayor edad era a los 21 años, y los jovencitos de 14 eran niños cuya aspiración era llegar a usar los pantalones largos. Hoy se dan en el mundo casos espeluznantes como el niño de 13 años que tuvo un hijo con una niña de 15. Y ni hablar de la mala fama que tiene Colombia porque la mayoría de carne de cañón de los terroristas está formada por niños reclutados en el campo, o por el alto nivel de menores obligados a trabajos forzados por no disponer de cupos en las escuelas públicas.
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COLETILLA.- Las pandillas juveniles aprenden a hacer la trampa antes de saber qué es la ley.