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A fines de diciembre llegó a las oficinas de la Alcaldía Mayor de Bogotá una circular interna en la que “se restringe por completo el uso de los balcones del edificio Liévano” por recomendación del Fondo de Prevención y Atención de Emergencias. Esto porque los discursos de Gustavo Petro luego de ser destituido por el procurador general Alejandro Ordóñez atrajeron gentío no sólo a la Plaza de Bolívar sino a los miradores del segundo piso del palacio, que a pesar de haber sido restaurado hace dos años no aguanta tanto tráfico ni tanto lagarto.
La orden firmada por la directora de gestión corporativa, Tatiana Piñeros Laverde, y avalada por Amparo Pérez Azuero, arquitecta encargada de la conservación de este monumento nacional, es de “restricción inmediata” porque “la estabilidad estructural y la funcionalidad de los balcones y ventanales de la edificación… se podrían encontrar comprometidas en la actualidad ante cargas vivas concentradas”. Se refieren a la presencia constante de manifestantes, en cabeza del alcalde, que fueron invitados o aparecieron para aprovechar el momento político que vive la capital del país. Luego de la inspección técnica, Petro quedó advertido de que las estructuras de 1903 apenas soportan cien kilos por metro cuadrado si se les hace “apuntalamiento o soporte temporal preventivo” para evitar algún derrumbe o tragedia.
La prohibición incluye no apoyarse en las barandas perimetrales de los balcones, de las que Petro y sus seguidores estuvieron agarrados durante horas en días recientes y pensaban volver a hacerlo desde el próximo 10 de enero para enfrentar dos escenarios: que el procurador ratifique la destitución o que el alcalde enfrente también el proceso de revocatoria del mandato por parte de sus opositores, en cabeza del congresista Miguel Gómez Martínez.
Luego de investigar el tema de los balcones se demuestra que Petro no sabe de arquitectura, pero sí de historia política. En diciembre le explicó a la BBC que salió al balcón a criticar la decisión de la Procuraduría sabiendo que “es el mismo lugar que utilizó Jorge Eliécer Gaitán”, desde donde gritó: “Yo no soy un hombre, yo soy un pueblo”. Recordó el discurso Oración por la paz, contra la intolerancia y el sectarismo, pronunciado por Gaitán el 7 de febrero de 1948 ante más de 50.000 personas venidas de todo el país que batían banderines negros.
Gaitán entendía como pocos “las leyes de la psicología popular”. Cuando el caudillo fue asesinado el 9 de abril de ese año la multitud linchó al presunto asesino, arrastró su cadáver y lo tiró justo frente al balcón del Palacio de San Carlos reclamando la renuncia del presidente Mariano Ospina Pérez, a quien Gaitán había pedido detener la violencia.
Petro es consciente de la trascendencia histórica del balcón de su despacho, desde el que el “Tribuno del Pueblo”, José Acevedo y Gómez, lanzó el histórico grito que desembocó en la Independencia de Colombia el 20 de julio de 1810: “Si perdéis estos momentos de efervescencia y calor, si dejáis escapar esta ocasión única y feliz, antes de doce horas seréis tratados como insurgentes…”. Los ediles que lo usaban lo llamaban el “balcón de zarcos” o la “cazueleta”.
El alcalde tenía a la mano esta historia en un libro editado por la Alcaldía Mayor con motivo de la construcción del vecino Edificio Bicentenario, sobre la arquitectura de la manzana Liévano. Los discursos de Acevedo y Gómez impactaban tanto entre la población que llegó a ser procurador general y regidor perpetuo del Cabildo de Santafé, aunque terminó destituido en la época de la Patria Boba. Casualmente participó en la Constitución Política de Cundinamarca en 1811, como Petro de la de 1991. Para convertirse en el orador más reconocido, Acevedo memorizaba clásicos griegos y romanos, como Sócrates, Tito Livio y Virgilio, y españoles, como Miguel de Cervantes.
Y Petro, un juicioso lector, entendió desde muy joven en Zipaquirá, Cundinamarca, que quien domina el arte de la palabra en la plaza pública consigue el respaldo popular. Siendo concejal, en la plaza mayor de esa ciudad anunció en discurso abierto su militancia en la guerrilla del M-19.
Uno de sus discursos de referencia fue el que improvisó en ese mismo lugar, el 8 de mayo de 1945, el estudiante del liceo local Gabriel García Márquez, quien con apenas 18 años de edad se adueñó del micrófono en el balcón del segundo piso del Club Social para celebrar ante la multitud la llegada de la paz y el fin de la Segunda Guerra Mundial.
No fue gratuito que en el primer discurso luego de anunciada su destitución, Petro citara al Nobel de Literatura para acusar al procurador de integrar el pelotón de fusilamiento de la izquierda en Colombia. En obras de Gabo como El otoño del patriarca, los balcones y la política se funden para crear la atmósfera de “la vasta guarida del poder”: “Los gallinazos se metieron por los balcones de la casa presidencial, destrozaron a picotazos las mallas de alambre de las ventanas y removieron con sus alas el tiempo estancado en el interior, y en la madrugada del lunes la ciudad despertó de su letargo de siglos con una tibia y tierna brisa de muerto grande y de podrida grandeza”. Antes de terminar 2013 el alcalde inauguró una escultura del novelista en el patio del Palacio Liévano con acceso al público.
Desde el hoy palco petrista, alguna vez parte de los despachos de los enviados de la Corona española, virreyes como Antonio Amar y Borbón intentaron contener a criollos revolucionarios como Acevedo y Camilo Torres.
Los balcones, sean herencia arquitectónica colonial española o del Renacimiento francés, han sido protagonistas de la vida política americana hasta el punto de que pasar la prueba de la tribuna se consideraba un requisito indispensable para un aspirante a presidente de la República. Una metáfora universal de la que se valió, antes de morir, el escritor mexicano Carlos Fuentes en Federico en su balcón (Alfaguara), homenaje a Federico Nietzsche y a la utopía de las revoluciones.
“Denme un balcón y seré presidente”, es la consigna que hizo carrera a mediados del siglo pasado en boca de José María Velasco Ibarra, elegido cinco veces presidente de Ecuador y cinco veces destituido o derrocado con prohibición militar de volver al tinglado para “promover la insurrección de las masas”.
Cómo no recordar el impacto del peronismo en Argentina y el “síndrome de la plaza propia”. El escritor Tomás Eloy Martínez ambientó en Santa Evita esos balcones desde los que se decidía el destino del país: “La marea de aduladores, el oleaje de la multitud de cara a los ídolos”. Y cómo “el balcón se convierte en el altar donde acaban de sacrificarla”. La novela evidencia que desde el balcón el poder enceguece hasta impedir distinguir entre verdad y mentira. Entonces los caudillos deciden que la realidad será lo que ellos quieran, actuando como creadores de ficción. Ni qué hablar de Hugo Chávez en Venezuela o Janio Quadros en Brasil… En Nuevas perspectivas sobre América Latina: el desafío de los estudios culturales se concluye que “cuando se pierde el efecto del balcón el populismo amenaza con colapsar hacia adentro”.
A Petro tampoco le es extraño el libro Grandes oradores colombianos, de Antonio Cruz Cárdenas, editado en 1996 para la biblioteca de la Presidencia de la República. Allí se repasan los discursos de 35 políticos, desde Simón Bolívar hasta Luis Carlos Galán, incluida la única mujer que dominó todos los balcones y plazas públicas del país: María Cano. La misma que ya en 1925 se hizo famosa por movilizar el “alma popular” como un “bloque de granito”. “Seamos un solo corazón, un solo brazo. ¡Cerremos filas y adelante! Un momento de vacilación, de indolencia dará cabida a una opresión más, a nuevos yugos. ¡Oíd mi voz que os convoca!”.
¿Dónde aprendió el arte? Decía que le bastaba leer a Gabriela Mistral, Delmira Agostino, Alfonsina Storni, Juana de Ibarborou, asistir a tertulias literarias, oír a la gente de la calle y ser sobrina de don Fidel Cano, fundador de El Espectador, y parienta del dirigente socialista Tomás Uribe Márquez. Su valentía era tal que en Manizales no olvidan el discurso que dio en agosto de 1927 desde el balcón de un hotel. Atrajo tanta gente que un policía disparó al aire para disolver la manifestación, pero ella siguió arengando hasta que el policía disparó contra el edificio. Ella lo denunció y siguió, como si nada, hasta terminar.
El peor manejo político hecho desde un balcón se atribuye a Marco Fidel Suárez, quien desde su palacio no pudo controlar a los miles de artesanos que protestaron en 1919 contra la compra en el extranjero de uniformes para la tropa, que ellos eran capaces de confeccionar en Colombia. El presidente no habló con la suficiente autoridad, no se hizo oír, y todo terminó en un enfrentamiento entre la fuerza pública y los ciudadanos, con un saldo de diez muertos.
“El pueblo es el único juez verdadero sobre la tierra”, decía a fines del siglo XIX quien entonces era considerado el mejor orador de Colombia, José María Rojas Garrido. Lo recordó a él y a otros grandes improvisadores el escritor José María Vargas Vila en el sepelio de Diógenes Arrieta en Caracas, en 1897: “Ayer, no más, Francisco Eustaquio Álvarez, el Foción de tu tribuna, el que hizo enmudecer con su elocuencia, los sicorantas garrudos del César; y, cegar con el esplendor de su palabra, a los traidores, mudos de vergüenza… hoy, Arrieta, el más grande orador, que muerto Rojas Garrido, haya pisado tu tribuna”.
Un expertos en los discursos de la historia, el pensador francés George Steiner (Los logócratas), insiste en la importancia de los “maestros del pensamiento” y del “alma hablante”, sin dejar de advertir que es poco lo que se salva entre la que el ultraderechista Heidegger describía como “la verborrea que llena la inmensa mayoría de las vidas humanas” y el análisis lingüístico desde la izquierda radical de Chomsky.
Demuestra que los verdaderos pensadores son “los que escuchan el silencio de la paz en el lenguaje y le hacen eco”, los que han aprendido de los “pastores del habla”: Platón, Tomás de Aquino, Dante, Scéve y Mallarmé. Los que adoptan la tradición socrática como el método de oralidad por excelencia, basada no sólo en la dinámica de la argumentación y la memoria como madre de las musas, sino en la retórica del gesto.
Contradictores de Cruz Cárdenas dicen que en esa materia el país sólo heredó “discursitos veintejulieros” y demagogia, casi nada del arte basado en la personalidad, la dialéctica e, incluso, en la poesía —no olvidemos al fusilado García Lorca: “¡Si muero, / dejad el balcón abierto!”, en Despedida—. El presidente Juan Manuel Santos ha dado a entender que el estilo populista está mandado a recoger hoy, cuando el favor popular para gobernar se logra con discursos construidos con tiempo y asesoría y se pronuncian con base en la infalibilidad del teleprompter.
npadilla@elespectador.com