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Los acontecimientos de la última semana en Colombia ponen al descubierto cuan cerca estamos al juego de lo político retratado por el teórico Carl Schmitt, ideólogo del totalitarismo alemán.
No de otra forma pueden entenderse los sobrevuelos de aviones militares durante el rescate humanitario realizado por la Cruz Roja —ante cuya denuncia el Gobierno adujo un “error de buena fe”, similar a como lo hizo después de la ‘Operación Jaque’—, la acusación a los periodistas Hollman Morris y Jorge Enrique Botero de ser cómplices del terrorismo, el cuestionamiento colectivo sobre las polémicas declaraciones de Alan Jara —a quien se le acusó de “despistado”— y la arremetida indiscriminada contra un supuesto “bloque intelectual de las Farc”.
Al contrario de los autores liberales y democráticos, para Schmitt la relación que define lo político no es la del consenso sino la del antagonismo entre “amigos” y “enemigos”. Dentro de esta lógica —que es monopolizada por el Estado— el fin siempre justifica los medios y todo lo que lleva a la derrota del enemigo es defendible, así sea ilegal o poco ético. En casos de hostilidad extrema —como la guerra— la condición de enemistad se asocia con el mal moral, legitimando la violación de convenciones nacionales e internacionales básicas y otorgando a los conflictos un carácter mesiánico. Como lo dijera Schmitt con referencia al “enemigo” del nazismo, “en la medida en que me defiendo de los judíos, lucho por la obra del Señor”.
Afirmaciones como “no vamos a permitir ahora que el ‘bloque intelectual’ de las Farc nos desoriente con un discurso de paz que finalmente fortalezca al terrorismo” y “nos toca dar esa batalla en todo el país” refuerzan las distinciones amigo/enemigo, nosotros/ellos, patriota/terrorista e invitan públicamente a la estigmatización. Por ello, éstos y otros pronunciamientos del Gobierno se han denunciado reiteradamente dentro y fuera de Colombia. Cabe recordar que discursos semejantes, empleados incluso por Estados Unidos en nombre del combate al terrorismo, han sido condenados por el mismo presidente Obama.
La seguridad democrática —que más allá de sus expresiones concretas se ha convertido en un evangelio que se predica— parece basarse en la tesis de que la centralización del poder y la autoridad en manos del Estado, que a su vez permiten establecer orden y seguridad, exige la homogeneización de la sociedad y la liquidación de sus “enemigos”. Por lo general, éstos son identificados como tales, no por ser simpatizantes de las Farc —cuyas acciones son indefendibles— sino por el hecho de pensar distinto. En contraste, la democracia liberal, que descansa sobre la división de poderes, el sistema de contrapesos y procedimientos institucionales que permitan resolver los conflictos políticamente, celebra y defiende la diferencia.
Peligrosa y desestabilizadora la táctica que se ha impuesto ante todos los que discrepan del Gobierno. En un país que se supone democrático y que así quiere ser visto por sus homólogos internacionales, plantea no sólo un tipo muy singular de “democracia” sino, como jocosamente lo planteó Jara, un “mundo al revés”.
* Profesora Titular. Departamento de Ciencia Política, Universidad de los Andes