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La Política en tiempos de incertidumbre

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MUCHOS ANALISTAS POLÍTICOS Y columnistas de diversos medios de comunicación, nacionales e internacionales, han llamado la atención sobre los efectos que tendría una segunda reelección del Presidente de la República sobre la institucionalidad democrática, sobre el equilibrio de poderes y sobre el sistema de pesos y contrapesos. Entre los mayores afectados por esta situación se encuentran los partidos políticos.

Por un lado, los partidos de la coalición de gobierno —en especial Cambio Radical, el Partido de la U y el Partido Conservador— que se debaten entre las aspiraciones presidenciales de varios de sus miembros, la lealtad al Primer Mandatario al amparo de la aparentemente irremplazable trilogía de la seguridad democrática, la confianza inversionista y la cohesión social, y la irresistible tentación frente a los réditos electorales y burocráticos que produce la popularidad del presidente Álvaro Uribe. Esto ha puesto en riesgo la unidad de la coalición uribista y por ende la agenda gubernamental y legislativa en los meses venideros. En cuanto a los partidos uribistas más pequeños —Convergencia Ciudadana, Alas Equipo Colombia, Colombia Viva y Colombia Democrática— su supervivencia está íntimamente ligada a la decisión del Presidente y a posibles alianzas o a fusiones entre ellos, debido a la dificultad de alcanzar en las próximas elecciones el umbral exigido.

Y por el otro, el Partido Liberal y el Polo Democrático Alternativo tratan desde la orilla de la oposición de  definir una estrategia electoral para hacerle frente a la eventual reelección del Presidente.  Pero en el intento de lograrlo, se han producido fisuras que les restan fortaleza y los sitúan en una situación difícil para convertirse en opciones de poder.

Si bien es de la esencia de los partidos y movimientos políticos que discutan sobre su estrategia electoral y sobre sus posibles candidatos, es preocupante que hasta ahora la dinámica y el contenido de este debate hayan girado en torno de la (in)decisión presidencial y no hayan podido salir de él. Es como si toda la política estuviera atrapada en el ojo de un huracán.

Las discusiones programáticas han dado paso de manera acelerada a las disputas internas, a las maquinaciones para obtener cuotas de poder en las estructuras burocráticas de los partidos, y a las propuestas de coaliciones o alianzas oportunistas. En la mayoría de los partidos se observa una dependencia vital con relación a alguno de sus dirigentes, hasta el punto de que la sola mención de su renuncia ha puesto en serios problemas a la colectividad. Y relacionado con lo anterior, son evidentes los estragos que el excesivo personalismo está causando en los partidos. Esto se expresa, entre otros, en la espera desesperada por parte de los partidos, de sus miembros y de un sector importante de la opinión pública y de los medios de comunicación de la decisión presidencial para saber si va a aspirar a un nuevo período o, en caso de no hacerlo, de que designe a un digno sucesor, como si para ello no existieran mecanismos más democráticos y sobre todo, muchos hombres y mujeres con las capacidades para ejercer ese cargo.

En tiempos de incertidumbre es indispensable que la política vuelva a ocupar un lugar central en la vida nacional y evitar que algunos partidos y gobernantes se sigan empeñando en desacreditarla. El discurso de la antipolítica no es otra cosa que un sofisma de distracción que impide ver las fragilidades de quienes la promueven y aumenta el desprestigio de las instituciones.

*Directora Programa Congreso Visible, Universidad de los Andes

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