
Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
En Michael Barenboim pocas son las referencias que superan el alcance de su instrumento. Su personalidad es tan hermética que parece que su voz no tiene una caja de resonancia capaz de concatenar una expresión detrás de la otra. Sus palabras siempre son contadas y, si estuviera a su alcance, se dedicaría a la interpretación musical en lugar de relacionarse con los demás seres humanos.
El violinista nacido en Francia, hijo del pianista y director de orquesta argentino Daniel Barenboim, habla del disfrute de su actividad, pero la manera en la que lo traduce en palabras no refleja por ningún lado el goce y mucho menos se manifiesta la intención de compartirla con alguien distinto a su círculo. Por fortuna, Michael Barenboim está en el planeta para algo muy distinto a la expresión verbal y su única obligación es tocar el instrumento y convertir la música en protagonista.
A pesar de venir de una familia de pianistas (abuelos y padres), su inclinación fue distinta y la cercanía al violín no tiene más historia que el simple gusto por el sonido producido por las cuerdas. Es un instrumento exigente, capaz de desnudar las limitaciones y multiplicar las equivocaciones. Eso lo sabe muy bien el menor de la dinastía Barenboim, quien se concentró en el aprendizaje académico de la música desde los siete años.
“Recuerdo especialmente a dos de mis maestros en el violín: Axel Wilczok y Guy Braunstein. Con Wilczok estudié cuando tenía quince años. Él es realmente mi profesor. Años más tarde empecé a trabajar con Guy Braunstein, porque él fue lo suficientemente amable para darme algunas lecciones que fueron muy útiles para mi actividad artística. Aprendí bastante de ambos y me siento muy agradecido”, comenta Michael Barenboim, quien creció en un ambiente multiétnico, pues su padre es argentino, su madre (la pianista Elena Bashkírova) es rusa y él nació en Francia, pero ha tenido relación estrecha con Alemania, España, Israel y Palestina.
Esa atmósfera rica en sonidos y manifestaciones culturales tampoco lo motiva a hablar de sus orígenes. Para él tan solo fue lo que le tocó vivir y nunca tuvo tiempo libre, porque sus horas estaban dedicadas a la ejecución perfecta del violín. Debutó profesionalmente a los 14 años con la West Eastern Divan Orchestra, iniciativa diseñada por su padre para proporcionar armonía entre los músicos jóvenes involucrados en el conflicto palestino-israelí. Al poco tiempo de su ingreso se convirtió en primer violín y concertino de la orquesta.
“Eso fue durante el segundo año de la West Eastern Divan Orchestra y yo era uno de los miembros más jóvenes. Recuerdo que trabajábamos muy duro y teníamos una agenda muy intensa. Estuve allí un par de años y solo puedo decir que disfruté al máximo hacer parte de ese colectivo cultural”, relata Barenboim, quien tocó en el Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo en agosto de 2010 como integrante de la orquesta, bajo la dirección de su padre.
El músico tiene también reserva absoluta sobre su instrumento. No puedo contar la forma en la que se encontró con él ni dar detalles sobre sus fabricantes y poseedores. Es otro de los misterios que maneja el joven artista y que hacen que el público se concentre en su ejecución sobre el escenario. Lo que se conoce del violín se resume en las notas que logra emitir con talento, virtuosismo y consagración.
“No soy un punto de referencia para los violinistas jóvenes. Pienso que existen otros músicos muy talentosos en el instrumento, no es que ellos no lo sepan. Yo trato de trabajar con rigurosidad y tener un buen repertorio. Eso trato de hacer y no pienso en la gente que me ve de ese modo. Me concentro en la música. Lo que pasa es que yo no soy una popstar. Lo único que ha cambiado es que ahora tengo más experiencia que hace dos o tres años. Tengo más conocimiento sobre la música que me interesa. No me importa ser o no ser famoso: es una cuestión de experiencia”, puntualiza Michael Barenboim.
Además de haber sido parte fundamental de la West Eastern Divan Orchestra, este violinista ha sido invitado a tocar en las más importantes agrupaciones sinfónicas de América y Europa. Ha tenido nociones de los alcances interpretativos logrados por un grupo de músicas a partir de la guía sabia de directores tan reconocidos como Zubin Mehta, Pierre Boulez y Lorin Maazel. Sin embargo, el formato que más disfruta es el de grupo de cámara y por eso recuerda especialmente su actividad dentro del Erlenbusch Quartet.
“Comencé trabajando allí con seis o siete músicos, todos ellos habitantes de Berlín pero de diferentes partes del mundo. Yo era de Francia, el chelista era coreano-americano y el violista era suizo, y nosotros tratamos de tocar un repertorio muy amplio. Tocamos cuartetos de varios compositores. Schumann, Mendelssohn, tratamos de tocar cada tipo de compositor que podamos. Con el Erlenbusch Quartet he tenido que aprender mucho sobre música que estaba ‘fuera de este mundo’, y estoy muy agradecido por eso”, dice el violinista.
Michael Barenboim es hermético también para confesar su preferencia por algún compositor, aunque responde con menos cautela al preguntarle por las diferencias entre los autores clásicos y los contemporáneos a partir de las partituras creadas para su instrumento.
“Creo que los compositores tratan de utilizar el violín de maneras muy creativas. Mendelssohn, cuando compuso uno de sus conciertos, tenía una obsesión con las notas altas y escribe el concierto en un registro muy alto, lo que significa un problema técnico muy grande. Sucede igual cuando Schumann escribía algunos de sus conciertos y utilizaba acordes en posición alta, empujaba los límites del instrumento. Este tipo de pensamiento que recorrió el siglo XX, con muchos tipos de composición, permitió que la música fuera mucho más diversa en el desarrollo técnico. La idea es usar el instrumento al tope de sus probabilidades”, comenta Barenboim.
El violinista es uno de los invitados de honor al VI Festival Sinfónico Internacional, que realiza el complejo cultural Julio Mario Santo Domingo, en Bogotá. En la capital tendrá dos presentaciones, una en compañía de la Orquesta Sinfónica Nacional de Colombia, interpretando el Concierto para violín No. 2, Op. 63 en Sol menor, de Sergei Prokofiev (1891-1953 ), y otro al lado del pianista ruso Sergei Sichkov, con piezas de Arnold Schoenberg (1874-1951) y Johannes Brahms (1833-1897).
“Yo no me meto con la música popular, aunque creo que es parte de un desarrollo consciente, un vehículo de expresión de muchas ideas, y eso tiene en común con el desarrollo de la música clásica. Siempre buscan algo nuevo y desconocido. Esto es lo que significa la creación, producir algo nuevo, no hacer lo mismo de siempre. Mucha de la música popular, en el principio, tenía instrumentos de música clásica. Muchos de los temas del folk están influenciados por Beethoven, por ejemplo, no están completamente separados”, concluye Michael Barenboim, un violinista que siempre está detrás de su música.
Viernes 18 y sábado 19 de julio, 8:00 p.m. Teatro Julio Mario Santo Domingo. Calle 170 Nº 67-51. Información y boletería: www.primerafila.com.co.
jpiedrahita@elespectador.com