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Hace pocos días se cumplieron los primeros dos meses desde que el laborista Keir Starmer asumió el rol de primer ministro en Reino Unido, lo que desplazó a los tories, los conservadores que durante más de 14 años formaron gobierno.
Sin embargo, ha sido tiempo suficiente para que la nueva administración dé señales de querer tomar más iniciativa en el tablero geopolítico y convertirse en un actor más activo en el ámbito diplomático. El viernes, la ministra de Justicia, Shabana Mahmood, volvió a destacar, antes de una reunión con homólogos de diferentes países, la iniciativa de un tribunal especial, distinto a la Corte Penal Internacional y a la Corte Internacional de Justicia, para juzgar a los principales líderes de Rusia: Vladímir Putin, el presidente, y sus ministros de Defensa y Relaciones Exteriores.
“Queremos inyectar algo de energía al proceso porque lleva demasiado tiempo. Queremos trabajar en esto con mucho cuidado, pero a buen ritmo, para desbloquear el mejor mecanismo para crear el tribunal especial”, afirmó a The Guardian.
Esto no va en contraposición a la histórica afinidad del Reino Unido con Estados Unidos en cuestiones de conflictos internacionales, una relación que data incluso desde el último gobierno laborista con Tony Blair, cuando fue su más férreo aliado en lo que respecta a la invasión de Irak a comienzos de este milenio; y también a la época de la Segunda Guerra Mundial.
Sin embargo, a diferencia de las políticas de los tories que precedieron a Starmer, hay una iniciativa más proactiva, que es novedosa y, de hecho, marca cierta distancia con respecto a EE. UU. Se trata de la postura frente a la guerra en Gaza. Temiendo que sus armas fueran utilizadas en la ofensiva israelí en operaciones que violaran derechos humanos, el gobierno británico llevó a cabo una investigación que concluyó con la suspensión de 30 licencias de armamento británico suministrado a Israel. Esto dista de la postura estadounidense, que es incondicional con Jerusalén.
“Él (Starmer) tiene una visión distinta sobre el tema, y yo creo que también hay que considerar que fue fiscal y defensor de los derechos humanos antes. Cuando llegó al cargo, solicitó hacer una revisión ante la ley, la justicia y las normas británicas”, explica Manuel Rayran, analista y docente de la Universidad Externado de Colombia.
Francisco Sajuria, docente de la Universidad Queen Mary de Londres, añade a esa lista de iniciativas proactivas el hecho de trabajar más de la mano con la comunidad europea. Esto se ve claramente en reuniones como la de Mahmood. Trabajar junto a otros actores importantes de la región puede ser beneficioso no solo en temas como las guerras en curso, sino también en asuntos que los impactan a todos, como la migración. “Es una agenda más amplia que tiene que ver con mostrar diferencias en términos de cómo se manejaba la relación anterior (con los tories)”, explica.
Volviendo a Estados Unidos, para Sajuria el cambio de agenda también marca una diferencia que puede ya haber quedado clara. Starmer y su gobierno tienen una especial preocupación por los derechos humanos, mientras que en Estados Unidos, candidatos como Kamala Harris y Donald Trump “se pelean por quién es más pro-Israel”. Son más escépticos, afirma.
Vale la pena observar también cuánto efecto puede tener el cambio que está impulsando Starmer. Rayran señala que, si bien es simbólica la decisión frente a las licencias de armas a Israel, Estados Unidos y Alemania son quienes más suministran armamento al Estado judío, mientras que desde Londres se provee aproximadamente un 1 %. Además, el Reino Unido tiene cerca de 300 licencias de exportación de armamento hacia Israel, por lo que esa suspensión no cubre ni el 10 % del total.
Son decisiones que, aunque pequeñas en la práctica, no dejan de ser simbólicas. Bajo el gobierno de Starmer también se retomó la financiación a la UNRWA, la agencia para refugiados palestinos de la ONU, un suministro que había sido suspendido bajo la administración Sunak debido a la presunta vinculación de empleados de la agencia con el ataque de Hamás a Israel en octubre pasado.
“La parte simbólica es clave, ya que son países que han acompañado a EE. UU. e Israel en estos asuntos. Creo que muestra un punto de quiebre que podría progresivamente marcar una separación en la forma en que se está tratando la situación de Israel como potencia ocupante en Gaza. En el caso de Ucrania, creo que existe un mayor consenso, mucho más sólido, que podría seguir fortaleciéndose. Sin embargo, en el caso de Gaza, podrían surgir una voz distinta y una muestra de descontento frente a la manera en que Israel está actuando”, explica Rayran.
Los pasos que está tomando el Reino Unido no marcan una brecha importante de momento. Pero, como se mencionó al inicio de este análisis, han transcurrido solo dos meses desde la llegada de Starmer, y es evidente que la defensa de los derechos humanos y del derecho internacional son una prioridad para los laboristas, lo que los empuja a ser más proactivos. ¿Hasta dónde llegarán? Está por verse. Suspender y sancionar licencias a Israel los acerca a posturas europeas como las de España o Bélgica, que han tomado iniciativas similares en los últimos meses. Habrá que ver también qué pesa más: si una relación histórica con Estados Unidos, que puede traerles un costo político importante, o seguir la agenda que los laboristas han alzado como bandera y con la cual fueron elegidos.
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