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Alan Jara: humanidad

Rafael Orduz
04 de febrero de 2009 – 11:00 p. m.

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ALAN JARA, SECUESTRADO CUANDO iba en un vehículo de la ONU, se asoma a la libertad recordándonos que, detrás de las frías estadísticas de secuestrados, muertos, desplazados y fosas comunes, están las historias de la gente de carne y hueso que han vivido la tragedia de ese delito de lesa humanidad que es el secuestro.

Pasó en infame cautiverio 2.760 días, mucho más de lo que cualquier involucrado en el 8.000 o la parapolítica pueda purgar por justa causa. “Nos raponearon ese tiempo”, dijo mirando a su hijo, que había visto por última vez cuando tenía siete años.

Con nombre propio, recordó a sus compañeros de infierno, militares y policías, como sus amigos personales. “Pescador de Cabuyaro”, evocó de uno. “Su mamá vende empanadas”, de otro. “De una vereda de Pitalito”, “de Saldaña”, “sobreviviente de Armero”, de varios más. Fue su compañero y profesor de inglés y ruso, y moderador de los debates que se armaban después de Hora Veinte.

Un aporte a la indiferencia y la desidia que se vive en Colombia frente a las víctimas es la deshumanización de la información. Las masacres no se asocian a las víctimas con nombre propio, a sus familias y al dolor, sino al nombre del lugar donde ocurrieron. Mapiripán, el Salado, el Naya, el Tigre, San José de Apartadó, la Rochela, Catatumbo, Bojayá, Machuca. El señor H.H. dice tranquilamente que mató a 3.000, dato estadístico frío, mayor al del número de muertos en las Torres Gemelas y que no produce una misa en las capitales (a propósito: cada 11 de septiembre, en el hueco que dejaron las torres, hay un acto en el que se leen en voz alta los nombres de cada una de las víctimas). Los falsos positivos ya aluden a cifras cercanas a las mil personas. Simplemente números fríos, que a nadie duelen, porque carecen de humanidad.

Otra contribución a la rampante indiferencia es la creciente polarización. Las etiquetas para el que piense diferente en este país de pasión. El deseo del exterminio de la opinión contraria, la clasificación en el bando del enemigo. A pocas horas de la liberación de Alan Jara ya estaban los correos electrónicos en las mesas de trabajo de los programas radiales de opinión. “Síndrome de Estocolmo”, diagnosticó la mayoría de los remitentes refiriéndose a comentarios de Jara acerca del rol del Estado en su liberación… después de 2.760 días y sus noches. ¡Y pensar que hay militares secuestrados que ya han superado los 4.000!

Finalmente, otro peligro radica en el uso del lenguaje. Desde la discutible actitud de un periodista el 1° de febrero, hasta la reacción del Gobierno, que por poco echan por la borda un proceso de enorme fragilidad. Epítetos, pataletas, acusaciones extremas, en contextos que reclaman cabeza fría y tratamiento con pinzas. El Comisionado, furioso, renuncia porque en Palacio le echaron abajo su orden de impedir el acceso de periodistas al aeropuerto de Villavo. 

Alan Jara nos ha recordado que hay compatriotas, militares y policías, que tienen mujer e hijos, que sienten dolor, que se pudren en la selva. No podemos ser indiferentes, ni otorgarnos el permiso de no buscar salidas viables para verlos pronto y abrazarlos.

Parafraseando el título del libro de Obama, debemos tener la audacia de la esperanza frente a la liberación de los secuestrados, nuestros compatriotas.

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