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Una sombra

Nada más entrar, la enfermera le indicó a Jakob con un gesto que se sentara en la silla y le subió la manga del uniforme. Enseguida él reparó en la jeringa que llevaba en la mano cargada con un líquido de color amarillo.

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Marzo de 1942. Campo de exterminio de Auchwitz II

Los soldados fueron al barracón y sacaron a Jakob a empujones. No era la primera vez. Desde hacía un tiempo lo llevaban a la parte trasera de la enfermería y lo sentaban en el sillón que ocupaba el centro de una habitación sin ventanas, le colocaban un gorro metálico en la cabeza del que partían cables de diferentes colores y encendían el proyector de cine. Frente a él un écran proyectaba imágenes en blanco y negro a tal velocidad que no era capaz de distinguir.

Jakob prefería esto a tener que trasladar piedras de un lado a otro; que era su ocupación habitual en el campo.

El frío que hacía ese día no se correspondía con la cercana primavera; el niño y los soldados aligeraron el paso al atravesar el descampado que les separaba de la enfermería. Nada más entrar, la enfermera le indicó a Jakob con un gesto que se sentara en la silla y le subió la manga del uniforme. Enseguida él reparó en la jeringa que llevaba en la mano cargada con un líquido de color amarillo.

No te asustes. Hoy va a ser diferente, más divertido. Te voy a poner una inyección, luego podrás sentarte todo el tiempo que quieras delante del cinematógrafo.

El niño asintió en silencio dibujando una sonrisa.

Percibió un picotazo y el líquido comenzó a entrar en su torrente sanguíneo. Una agitación interior lo sacudió, dando paso a fuertes convulsiones.

Llévalo a la camilla, ordenó al soldado el doctor Lindehann, con la broca de trepanación en la mano.

En medio de su inconsciencia, Jakob escuchó un ruido velado, al mismo tiempo que algo penetraba en su cerebro de manera repetida. Despertó atado al sillón sin saber que esta vez los cables partían directamente de su afeitada cabeza. En la pantalla por primera vez pudo reconocer las imágenes. Asesinatos, cuerpos mutilados, violaciones y la negritud, proyectadas en una inquietante cadencia: rápida, rápida, rápida y pausada.
Cuando llevaba más de una hora visionándolas dio un grito que se escuchó en todo el campo y perdió el conocimiento.

El doctor Lindehann se acercó a Jakob, le abrió los párpados y lo examinó con el oftalmoscopio.

“¡Ha sido un éxito! Aquí tenemos la marca”, exclamó dirigiéndose al oficial de la SS que estaba presente. Lleváoslo al barracón 22. Necesitaré otro niño mañana a primera hora.


* Alumna de la Academia de Escritores

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