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DE NO HABER SIDO POR LA RECEsión mundial, este 2009 sería de ferias y fiestas sin parar: veinte años de la caída del Muro de Berlín. De la extinción del “comunismo”. Del desplome, como un castillo de naipes, de la URSS y sus satélites.
La dicha absoluta: el capitalismo ganó la partida, Estados Unidos impuso su poderío en la puja sangrienta de la Guerra Fría. Pero nadie se imaginó el monstruo que se estaba cocinando en las entrañas mismas del sistema financiero. Ahora, la actitud ya no es triunfalista. En Davos, Suiza, en el Foro Económico Mundial, en el discurso inaugural, su director ejecutivo y fundador, Klaus Schwab, dio la bienvenida a una nueva era, en la que es necesario “hacer una reforma total de las instituciones, del sistema y, sobre todo, de nuestro pensamiento y nuestras acciones”.
El primer ministro de la China, Wen Jiabao, en el mismo foro, puso el dedo en la llaga al culpar a Estados Unidos de la crisis financiera global, por construir un modelo de desarrollo “insostenible, caracterizado por el bajo nivel de ahorro y altos índices de consumo”. Y remató: “Hay una búsqueda ciega del lucro”.
Al señor Jiabao no le falta razón. Pero los tiburones de Wall Street no escarmientan: en 2008 se regalaron, por concepto de bonificaciones, la astronómica suma de 18 mil millones de dólares. Con razón Obama calificó de “vergonzosa” e “irresponsable” semejante conducta.
Podrán decir que el desplome del “socialismo real” fue el triunfo de las fuerzas del mercado libre sobre las del estatismo autoritario, pero lo claro hoy es que hay incertidumbre sobre qué tan hondo es el daño, cuánto valor se llevará a su paso y cómo resurgir de las cenizas.
Mientras tanto, al otro lado del mundo, en Belem do Pará, Brasil, en el Foro Social Mundial, que se celebra paralelo al de Davos, tampoco hay claridad sobre qué hacer. Esta es la reunión de los movimientos sociales y la izquierda internacional, que en estos días de deliberaciones han declarado la muerte del neoliberalismo y la necesaria asunción del socialismo, como su antítesis.
Hay divisiones: unos creen en la destrucción del capitalismo; otros, en un capitalismo responsable en el ámbito social. Lula, de todas maneras, es el anticristo para los más radicales, mientras que Morales, Chávez y Correa son el paradigma de la ruptura, bajo la vía democrática, con las estructuras de la economía de mercado. El precio de semejante política ha sido muy alto: Bolivia, Venezuela y Ecuador están hoy en un peligroso nivel de polarización social, conviviendo, a la brava, en medio de nacionalizaciones y no pocos conflictos, con grandes empresas privadas y con una imperfecta democracia liberal que han buscado cambiar a punta de referendos.
¿Cuál es el camino para el capitalismo en cuidados intensivos, que parecía tan vigoroso cuando se empezó a caer a pedazos la Cortina de Hierro? Por otra parte, ¿hay aún la posibilidad de resucitar el socialismo, mediante la terapia de choque del chavismo, con un pie en los mercados internacionales y el otro en la exacerbación de la lucha de clases?
En Colombia, la izquierda gira en torno de la figura de Uribe. Unos quieren estar más cerca de él, otros más lejos; unos quieren hacer alianzas para buscar su derrota, otros seguir en la oposición, y desde ahí convertirse en alternativa de gobierno. Ya no hay ismos, como en el pasado, sino apenas mezquinas rencillas. Y en el medio, una guerrilla anclada en el crimen y en el leninismo, la forma más anticuada y dictatorial de entender el ejercicio del poder.
Además de la recesión, este parece ser el año de la perplejidad global.