

Un padre de familia inserta una moneda de casino en una ranura oscura. Es la primera máquina de cinco, ubicadas una al lado de la otra. La semana pasada también jugó en varias al tiempo. Ganó en tres. Hoy, tal vez, la fortuna florezca en cuatro.
Lleva horas buscando la delgada y peluda cola de la suerte. Al principio intuyó que iba a ganar. Ahora ya no intuye: está convencido de que es su miércoles. Le sobra confianza para invertir. Una moneda en la segunda ranura; otra en la tercera, la cuarta, la quinta. Sus ojos se pierden en las combinaciones. No sabe a qué punto mirar en ese instante en el que las tragamonedas parecen enloquecer. Frente a las cinco máquinas piensa en que atrapará la cola.
La primera se detiene y una mujer le toca el hombro. Se voltea y es una cara desconocida. Todavía no se siente rodeado, pero ya casi. La joven, con un cigarrillo sin prender entre los dedos, le señala la entrepierna y le dice: “Se está orinando, señor”. El pantalón empapado anticipa su destino: pierde lo que apostó y la falta de control del esfínter es una tormenta de agua tibia. La joven se ha ido y ahí está él, más expuesto que nunca. Si la vergüenza tiene un fondo, es esa.
Los orines le devuelven algo de juicio. Quiere huir, correr en puntas de pies hasta hacerse invisible. Es consciente de que si corre llamará la atención. Camina lentamente sin despedirse de las meseras y del personal de seguridad, que suelen saludarlo por su nombre de pila. La noche callejera es fresca. Oloroso a cigarrillo, a bordo de un taxi, baja las dos ventanas traseras para disimular que está orinado.
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Jugadores Anónimos es un colectivo de hombres y mujeres adictos al juego. Uno de los 26 grupos que existen en el país se cita tres veces a la semana en un garaje con baño, una docena de sillas plásticas y un mesón en el que caben una cafetera y una bandeja metálica.
Este espacio en Teusaquillo, en Bogotá, se asemeja a un aula de clases. Los jugadores anónimos que perduran llevan años asistiendo religiosamente a las reuniones. Se acomodan en círculo, mirándose. Se hablan con confianza, cualquiera diría que son amigos. Todos saben lo que han vivido. En una de las sillas se encuentra Darío A, que asiste por primera vez. La sesión de hoy está dedicada a él.
Uno por uno dicen su nombre y la primera letra de su apellido: “Mi nombre es Henry P, soy un jugador compulsivo en recuperación y llevo 9 años sin jugar”. A los integrantes les gustaría tener más tiempo para narrar con detalles su experiencia con el juego. Ninguno se avergüenza de exponer su historia de vida. Se refieren a las máquinas de casino como un otrora refugio poderoso. Lamentan el sufrimiento ocasionado a sus familias y el dinero que despilfarraron. Algunos hablan del fondo que alcanzaron a tocar: el robo, la indigencia, el suicidio y la cárcel.
“Mi nombre es Francisco S, soy un jugador compulsivo en recuperación, tengo 35 años. A los 33 empecé a ir a los casinos y estoy en bancarrota. Llevo ocho meses sin jugar”, explica.
A Darío A le toca el turno. Carraspea antes de lanzarse. “Hace tres años voy al casino. Estoy sin plata desde el domingo. Solo dos personas saben que soy adicto al juego. Una es mi mejor amiga y la otra es la mamá de mis hijos; le tuve que confesar que me jugué la mesada de los niños”. Inspirado por los relatos que lo antecedieron, el administrador de empresas continúa su verbo sincero. Confiesa que lleva 48 horas sin jugar porque anda sin un centavo en los bolsillos.
Sus interlocutores le agradecen. Cuidando las palabras, le indican que en sus manos está buscar ayuda. Tomarse el trabajo de cumplir la cita de esa tarde es un gesto valiente. Le aseguran que en ese lugar nunca lo señalarán. Evitan presionarlo, si Darío A sale por la puerta para no volver será un nombre más en la lista de personas que se acercaron un día a Jugadores Anónimos.

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Yaromir Muñoz, doctor en administración de la Universidad de Montreal y psicólogo e investigador de la Universidad Eafit, resuelve algunas inquietudes sobre la ludopatía:
P: ¿La adicción al juego es equiparable a otras adicciones?
R: Las adicciones tienen el mismo principio: un trastorno generalizado del comportamiento que afecta el control de la voluntad. En las compras compulsivas: comprar indefinidamente, así no se requieran los bienes. En cuanto a las sustancias psicoactivas: consumir desaforadamente. En el licor: no tener control sobre la ingesta. En la ludopatía, no tener control sobre lo que se apuesta.
P: ¿Son útiles los grupos de ayuda colectiva?
R: Los grupos de apoyo sirven porque sus integrantes reconocen que están enfermos. El primer paso de cualquier persona ante una enfermedad es aceptar que la tiene. Cuando son enfermedades que la gente siente que puede controlar, como es el caso de los trastornos de comportamiento, hay una vergüenza de reconocer lo que se está sufriendo. Esa pena los hunde, por eso muchos dan el paso adelante al tocar la desgracia familiar.
P: ¿La culpa en el jugador compulsivo es distinta porque hay dinero de por medio?
R: El ludópata siente que rompe los lazos patrimoniales, que su vida está en un fondo sin salida. Su escape lo puede contemplar racionalmente en el suicidio, mientras que el adicto al alcohol vive su rasca, va y se duerme, al otro día se lamenta de lo que se gastó, sufre el guayabo y luego de un tiempo, que puede ser muy breve, nuevamente se refugia en el licor.
P: En sus reuniones los Jugadores Anónimos dicen “Soy un jugador compulsivo en recuperación”, aunque lleven mucho tiempo sin jugar. ¿Una adicción es para toda la vida?
R: La evidencia científica muestra que el potencial de recaída es alto. Las dependencias no se curan, solo se logran controlar, por lo que es importante mantener las condiciones de vigilancia. El individuo debe estar muy activo, mantener la disciplina en el tratamiento. Cualquier circunstancia externa puede conducir al individuo al lugar del que le ha costado salir.
P: ¿Cuál es el papel que desempeñan los familiares? ¿Por falta de herramientas para enfrentar a un adicto pueden terminar empeorando la adicción?
R: Fijar límites es un trabajo difícil porque el ludópata es especialista en mentir. Es una de las enfermedades que más se puede esconder. El hombre o la mujer aprende a pedir prestado, enreda a la familia, empeña la empresa y, como siempre está negando su condición, es necesario que sus seres queridos lo dejen tocar fondo. Se trata de inducirlo a que él diga «Necesito ayuda, he mentido todo este tiempo».
En el garaje también se reúne los sábados un grupo de familiares y amigos de ludópatas. Liderado por Carolina Z, cuyo esposo es un jugador compulsivo en recuperación, la mayoría de los asistentes son mujeres. Que ellas vayan no significa que sus parientes estén explorando una salida a su adicción.
Las personas que tengan lazos con un jugador compulsivo pueden ir a Jug Anon Colombia. “Lo primero que decimos es que la ayuda es para el familiar, vamos a dejar al jugador afuera, porque él tiene su programa. Aquí llegan personas financiera y emocionalmente devastadas. Cuando estás acá, empiezas a estudiar a tu adicto. Sabes que te miente, identificas que está ansioso por cómo te mira y por cómo responde. Aprendes a estudiar a la persona y a desprenderte, a poner límites”.
Los familiares que atraviesan la puerta traen preguntas similares: “¿Por qué me hace sufrir?”, “¿por qué se gasta la plata?”, “¿porque le hace eso a mis hijos?”.
Carolina Z explica que la piedra angular de Jug Anon Colombia es entender que el ser querido está enfermo y necesita un tratamiento. “En el grupo aprendemos a verlo con ojos diferentes, aprendemos a enfrentarlo. Nosotros no damos consejos, lo que decimos es ‘a mí me sirvió esto. Si te sirve, aplícalo’. La literatura dice que para un ludópata, 10.000 o 10’000.000 es exactamente igual. Son personas ansiosas, hipersensibles, te estudian, saben que eres una persona que cede, que no pones límites”.
El hombre o la mujer comprometido con un ludópata se enfrenta a dos extremos: seguir la relación o separarse. A la distancia es fácil decantarse por la segunda opción. El reto es más complejo para los que tienen mamá, papá, hermanos y hermanas adictos a los juegos de azar. ¿Acaso se pueden divorciar de ellos? “Este es un grupo de orientación, al familiar enfermo debes dejarlo tocar fondo, debes aprender a quitarte de su senda, dejar de soportarlo, porque resolverle no es ayudarle. Resolver los problemas es incapacitarlo, es decirle como ‘tú no eres capaz, yo lo hago por ti. Agradece que estás comiendo por mí’. Al quitarse uno, le deja la cuota de responsabilidad que le corresponde al jugador compulsivo”, afirma Carolina Z.

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Juan Daniel Gómez, neuropsicólogo con doctorado de la Universidad de Múnich y profesor de la Universidad Javeriana, profundiza sobre el mundo de las adicciones:
P: ¿El adicto nace o se hace?
R: La dopamina es una sustancia que llega a un lugar del cerebro. Cuando a usted le pagan, dicha área del cerebro produce una microdosis de dopamina. Cuando a usted lo felicitan hay otra microinyección de dopamina. Lo mismo sucede al comer algo rico, al hacer el amor, al convertir un gol. Cuando hay una desregulación de esto, la persona elige una actividad que compense la ausencia de dopamina. Puede refugiarse en el deporte, el trabajo, el sexo, las compras, el alcohol o el juego, que está diseñado para que la gente pierda y la casa gane.
P: ¿Qué pasa por la cabeza de un jugador compulsivo?
R: La persona que mete la moneda en la máquina tragamonedas, si gana algo, recibe una inyección emocional que le permite saciar su necesidad de recompensa.
P: ¿La dependencia a las drogas es igual a la dependencia al juego?
R: Según la Organización Mundial de la Salud, hay 350 millones de personas dependientes de drogas en el mundo, de los que 35 millones son problemáticos. Estas personas probablemente presentan el síndrome de desregulación de dopamina. Es decir, antes de probar las drogas, estas personas ya tenían esa disposición. Las moléculas farmacológicas, incluso con la marihuana de alta potencia, producen dependencia. El cuerpo desarrolla tolerancia, el organismo se acostumbra a las cantidades de recompensa y termina pidiendo una dosis más fuerte. Esas personas pueden salir de su dependencia con terapia psicológica, no están enfermos, aunque tengan dependencia a las drogas. No es una enfermedad la que le pide consumir drogas, es la misma droga la que lo abraza. En el juego no hay molécula que produzca dependencia, en los hombres y en las mujeres adictos a las apuestas hay una falla en el sistema nervioso. Por eso unas personas se vuelven ludópatas y otras no.
P: ¿Puede sugerir un camino para tratar al ludópata?
R: A las personas dependientes al juego se les puede recetar algún tipo de molécula farmacológica para que no se sometan a la religión de los grupos de ayuda. Con medicina no tendrían que autoincriminarse por el resto de su vida. El tratamiento médico adecuado sería darle una molécula que sustituya el síndrome de desregulación.
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Barranquilla, hace dos semanas. Una mamá se comunica con Carolina Z. La angustia le templa la voz. Por su tono, parece una mujer joven. Necesita a alguien que la escuche. Esta llamada es distinta a todas las que Carolina Z ha recibido. La coordinadora de Jug Anon Colombia se prepara para oír un caso clásico. La expectativa se le desarma al escuchar que el jugador compulsivo es un niño de 11 años. Ha dejado de ir al colegio por consagrarse al Play Station.
“Deja de ser funcional a su adicción, haz algo”, le dice Carolina Z. La madre no quiere que su hijo se enfurezca porque ella va a dejar de pagar la factura de la señal de Internet. Sabe cómo se pone, puede identificar el color de su furia. Ambas quedan en volver a hablar pronto. En la capital de Atlántico no hay un grupo de familiares de ludópatas.
Barranquilla, hace una semana. Una vida proyectada en una pantalla de televisión. En los juegos de video su hijo es uno de los mejores de las partidas. Sus victorias le reportan dinero virtual, con el que desbloquea armamento para continuar con una carrera ascendente. Para alimentar su dedicación necesita, además de la consola y el control, que el recibo de la energía y el de Internet estén pagados. Su mamá, impotente, debe esperar un mes a que le suspendan el servicio. La paciencia no le da para tanto. A su hijo ya le salieron raíces, está atornillado en la cama.
La mujer se arma de valor, lo confrontará con hechos, no con palabras. Le resulta insoportable sentir miedo por su propio hijo. A las seis de la tarde llega a la habitación y le desconecta los cables del tomacorriente. Su hijo muta de blanco a colorado. Reacciona, como si le hubieran quitado una pipa de oxígeno. El control remoto que tiene en su diestra lo lanza contra el televisor. Iracundo, se incorpora y azota la pantalla de 40 pulgadas contra el suelo.
Por los estruendos, los vecinos del edificio suponen que es una escena de maltrato de pareja. La alarma es mayor cuando la mamá descubre que su retoño tiene unos pañales puestos. Carolina Z, al teléfono, no puede creer lo que está escuchando. Piensa en su esposo, que un día en un casino jugó al tiempo en cinco máquinas y una joven le tocó le hombro para decirle que se estaba orinando en los pantalones.