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La semana pasada, el mundo celebró la denominación de la jueza Ketanji Brown Jackson como la primera mujer afroamericana en ocupar una butaca en la Corte Suprema de los Estados Unidos. No era para menos: Jackson llega a una institución con 233 años de existencia, conformada por nueve miembros de carácter vitalicio, en la que se han definido los más importantes avances de la nación en materia de derechos, incluido, por ejemplo, desbrozar el camino para que una mujer como ella, de su origen y color, pueda sentarse allí como parte de ese respetado equipo.
Pero la historia obra de forma compleja. La prensa mundial habló de la histórica nominación del presidente Biden en cumplimiento de una de sus promesas de campaña, pero nadie se refirió a un hecho que remite también a la complejidad del tema racial en los Estados Unidos: detrás del nombramiento estaba la sombra de Anita Hill. En el otoño de 1991, Hill —una mujer negra, graduada de abogada en la Universidad de Yale, para entonces profesora de Derecho en la Universidad de Oklahoma— denunció a Clarence Thomas de acoso sexual. En los años 80 Thomas había sido el jefe de Hill en la Comisión para la Igualdad de Oportunidades en el Empleo (EEOC, por sus siglas en inglés) y durante ese tiempo —de acuerdo con el testimonio de la abogada— se le había insinuado sexualmente y había tocado su cuerpo sin su consentimiento en varias ocasiones. El caso fue pionero en materia de denuncias por acoso sexual en los Estados Unidos, pero la particularidad y complejidad del hecho radica en que Clarence Thomas también era afroamericano y ese mismo año había sido nominado por el presidente George W. Bush para ocupar el cargo de juez de la Corte Suprema de los Estados Unidos, de modo que fue ante el Senado —donde se debía ratificar la decisión de Bush— que Hill tuvo que testificar contra Thomas.
Los movimientos feministas de mujeres negras de los Estados Unidos apoyaron a Anita Hill, acudiendo a los argumentos que señalaban las constantes situaciones en que las mujeres negras eran víctimas de acoso sexual y a la falta de garantías para que se castigara a los responsables, debido a la condición de objetos a las que cotidianamente las sometía la sociedad. Pero la cosa no era fácil. Thomas era el segundo hombre negro postulado para ese cargo en los Estados Unidos —el primer afro en ocupar un lugar en la Corte fue Thurgood Marshall, nombrado en 1967—, de modo que también acudió a argumentos raciales. Se defendió diciendo que aquello no era más que una muestra evidente de una tradición que obligaba a los afroamericanos a ocupar papeles subordinados, que se ensañaba contra todos los negros que asumieran una actitud segura, altiva, y que aspiraran a tomar lugares de prestigio. Al final, Thomas fue ratificado y Anita Hill vivió días terribles ante un tribunal del Senado que la sometió a interrogatorios humillantes. Había preguntas como estas: “¿Es usted una mujer rechazada?”, “¿tiene complejo de mártir?”.
Hay más. Joe Biden —en ese momento senador— fue quien presidió aquella audiencia que para muchos se convirtió en un referente de cómo se lincha a una denunciante. Biden sabía que tenía esa deuda histórica que podría pasarle factura, de modo que a pocos días de anunciar su campaña presidencial tomó el teléfono y llamó a Anita Hill para disculparse. Habían pasado 28 años. “No puedo quedar satisfecha con que me diga simplemente: ‘Siento lo que te pasó’ (…) estaré satisfecha cuando sepa que hay un cambio real, una verdadera rendición de cuentas y un verdadero propósito”, dijo Hill. ¿Es el nombramiento de Ketanji Brown Jackson el comienzo de ese cambio real del que habla Anita Hill? Quizás. Mientras tanto la vida opera de forma compleja. Por primera vez en la historia de los Estados Unidos dos afroamericanos —Thomas y Jackson— estarán al mismo tiempo ocupando un lugar en la Corte Suprema, con el detalle de que el hombre con el que, por lógica, Jackson debería formar una llave, fue acusado de acosador sexual por una mujer que pudo ser ella.