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POCOS PODRÁN DECIR QUE NO LOS impresionó la multitud, el boato y la solemnidad de la posesión de Barack Obama. Tal vez hayan visto algo más grande, ciudades más bellas, autos más esplendorosos y mayor frío ambiental, que da a los rostros y a los trajes una sin igual elegancia.
Hubo simultáneamente cosas divertidas, como en el mejor cine. Y no me refiero solamente al sombrero-corbatín de Aretha Franklin, en consonancia con sus alaridos musicales, para muchos de gran respeto artístico.
Más de un reverendo se extendió en plegarias y consejos, que inspiraban devoción si uno miraba la cara piadosa del nuevo presidente de los Estados Unidos de América. Todo muy respetable.
La salida de los personajes del recinto del Capitolio, precedidos de trompetas y heraldo —ignoro si se trata de una tradición— lució chistosa. Los reyes de siglos pasados acostumbraban tales pregones y anticipos, revividos en estos tiempos de ceremonial, apenas comparable con el fausto vaticano que ahora usa la corte de Benedicto XVI.
Todas las viejas glorias, algunas renqueando, víctimas todos y todas del paso inexorable del tiempo. Bush padre no parecía tan deteriorado, salvo al andar; Carter, el mejor, pues se le imaginaba más anciano. Cheney, en silla de ruedas; Al Gore, en proceso de robustecimiento global. Ted Kennedy, enfermo pero rozagante, flaqueó sin embargo, entre el apretado tumulto y convulsionó. Se creyó, pero no, que el nonagenario senador Byrd andaba en las mismas.
Feo el decorado interior del Capitolio, bajo el domo, circundado de estatuas, réplica abigarrada de un templo griego. En la televisión el espacio se veía apretado, pero cabían los doscientos invitados, más Biden con su familia.
Esplendor automotor. La casi quebrada General Motors exhibió relucientes Chevrolet, cuatro por cuatro y ni para qué hablar de las limusinas Cadillac blindadas, cuya seguridad es secreto de Estado.
Putin, tan escéptico respecto de Obama, debió deslumbrarse con estos autos, pensando en su amoroso Volga. A Fidel Castro no le importan los autos (basta ver los de La Habana ), pero quedó convencido de la buena fe del presidente norteamericano, por lo que Hugo Chávez debió rectificar sus declaraciones del día anterior.
No soy juez de modas, pero noté que Michelle Obama no sabía qué hacer con dos cordoncitos sedosos que salían de su cintura y se enredaban en sus manos ni con su vestido de baile, que no le permitía dar un paso, mientras su atlético esposo le bailaba en torno. A la primera dama nadie le maneja el cabello ni le da brillo alguno y su caminar de piernas en arco no parece tener remedio. Detalles que no le quitan ser una ilustre abogada de Harvard.
La transmisión me dejó extenuado como televidente de CNN, donde creí haber escuchado que el Papa es aún Juan Pablo Segundo. Dormí y soñé en un mundo mejor. Tenía tremendo sueño y se realizó. Mi pierna cruzada cayó pesadamente sobre el piso.