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Cien metros separan la pista de aterrizaje del aeropuerto de Uzhgorod de la frontera con la OTAN. En el casco antiguo de la ciudad, la alarma antiaérea de un viejo megáfono resuena casi a diario. La empedrada avenida, por la que esta tarde transitan familias, parejas y amigos, se vacía poco a poco. No hay carreras. Los 112.447 habitantes de la capital de Transcarpatia (oeste de Ucrania) se han acostumbrado a la “música” de la guerra. Aunque esta es de las pocas regiones que se han librado de las bombas rusas, su aeropuerto internacional la convierte en objetivo militar. Desde el inicio de la “operación especial” de la Rusia de Putin, un intento de invasión total, los vecinos de esta localidad —conocida como la “ventana a Europa”— viven en la calma tensa propia de la retaguardia de la guerra.
“Por ahora tenemos suficientes soldados con experiencia combatiendo, pero estos hombres estarán disponibles si es necesario”, explica el capitán Andriy Akimov, de 28 años, desde un checkpoint frente a la comisaría de Policía formado por dos bloques de hormigón y otros dos militares armados con fusiles Kaláshnikov. A unos metros, medio centenar de hombres hacen cola y esperan su turno para alistarse.
La entrevista tiene lugar en la estación de tren, donde otra guardia permanente, esta vez formada por voluntarios, espera pacientemente la llegada del siguiente convoy de refugiados. Veterano de la guerra del Dombás, ahora es el portavoz del centro de reclutamiento. Deja claro que hablar con los voluntarios o entrar en la comisaría es imposible. También, por motivos de seguridad, evita dar cifras concretas, pero admite que más de 10.000 personas han sido reclutadas durante el primer mes de invasión.
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Akimov cuenta que ha nacido dos veces: en 1993 y en 2014, cuando lo alcanzó la metralla de una granada de mano combatiendo en Donetsk. Hoy, este capitán ucraniano se burla del ejército ruso y descarga su rabia contra este. “Nuestros soldados son muy optimistas porque ellos [los rusos] no tienen ninguna estrategia y lo único que pueden hacer es disparar contra civiles […] Esta no es solo la guerra de Putin, sino la de los 140 millones de rusos. No hay ninguna excusa para aquellos que están sentados sin hacer nada. ¿De qué tienen miedo? ¿De ir a prisión? Nosotros ya pasamos por eso en Maidan” [la revolución en la que murieron cien personas y significó la caída del gobierno de Víctor Yanukóvich].
El trajín constante y tenso de personas en esta comisaría es eco de la lucha librada en el frente y de los efectos de la invasión rusa, especialmente de las ciudades bombardeadas más cercanas, como Lviv e Ivano-Frankisvk, a unos 200 kilómetros. Uzhgorod ha recibido a 200.000 de los casi siete millones de desplazados internos: gimnasios, hoteles y casas particulares sirven de infraestructura humanitaria en una ciudad donde no cabe un alfiler y ha triplicado su población. Según informa Maryna Chepa-Markovtsi, jefa del Departamento de Información de la Administración Regional y Militar de Transcarpatia, entre 13.000 y 15.000 refugiados cruzan cada día la frontera con Eslovaquia, a dos kilómetros de la capital.

Anastasia Cherkis (39 años) acoge a 23 desplazados en su casa. Son amigos, familiares y también muchos desconocidos que buscan un techo bajo el que dormir. “No puedo permitir que una familia con niños duerma en el coche”, asegura. Esta incansable voluntaria apenas duerme cuatro horas diarias. “Esto es mi salvación. Si estuviera sentada sin hacer nada moriría. No me dejan servir en el ejército porque tengo tres niños y debo protegerlos, así que hago lo que puedo”, explica sin perder la sonrisa desde un céntrico edificio del gobierno regional, reconvertido en uno de los cuarteles generales de los voluntarios de Uzhgorod.
Cherkis es una de los 88 voluntarios que coordinan la llegada de medicinas, comida y otro material desde este edificio. Muchos de los que se vuelcan en ayudar tienen un amigo o familiar que huye del horror, o intenta hacerlo, y sus relatos tienen un impacto directo en los corazones de los habitantes de la región.
Fundada hace diez siglos en las colinas de los Cárpatos, la ciudad era un importante atractivo turístico antes de la guerra. Las terrazas desplegadas con vistas al río Uzh, que parte la urbe en dos, y la música de un artista callejero —trufada ahora de letras patrióticas— evocan por un instante la estampa de un apacible enclave centroeuropeo. Unas chicas que tejen redes de camuflaje en el centro de la plaza rompen el espejismo y advierten que la guerra sigue.
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Sentado en un café a unos pasos del puente, Yevgeniy Teybakin cuenta que cede a la causa ucraniana parte de su salario como productor multimedia. Hace unas semanas se vio forzado a abandonar su vivienda de cuatro habitaciones en el centro de Kiev para instalarse en un pequeño apartamento de corte soviético en Uzhgorod. La pantalla de su portátil muestra un plan de trabajo y la localización de cada uno de los empleados. La mayoría viven en Járkov. Dos nombres en rojo indican que dos trabajadores están en una zona caliente e intentan seguir con el teletrabajo bajo las bombas.
En la retaguardia también se dirime el curso del conflicto. El pasado 22 de marzo, 25 saboteadores armados y liderados por un agente del servicio secreto ruso (el FSB), fueron capturados en Uzhgorod por milicias de las Fuerzas de Defensa Territoriales. Su objetivo era matar al presidente Volodímir Zelenski en Kiev, según revelaron las autoridades ucranianas.
La rusofobia, más intensa desde la invasión, se palpa en distintas capas de la sociedad, también en la capital de Transcarpatia. El joven poeta Andriy Lyubka lidera una iniciativa para cambiar el nombre de una veintena de calles de escritores rusos como Dostoyevski, Pushkin y Chéjov. “No tienen ninguna relación con la historia y cultura de Transcarpatia. Estos días tenemos nuevos héroes que sacrifican sus vidas para nuestro país y es su memoria la que debemos recordar”, señala en una petición dirigida al ayuntamiento de la capital. El 22 de marzo las autoridades locales retiraban un monumento dedicado a los 300 años de la reunificación con Rusia. Antes, alguien había manchado la escultura con pintura roja. “Recuerda el hambre en 1933″, se lee en varios carteles pegados en las calles que demonizan la era soviética, evocando el Holodomor, el genocidio en el que murieron 3,9 millones de personas.
Junto a Anastasia trabaja Olha Dzhuhan, rodeada de cajas con medicinas diez horas diarias. Su empleo en el partido político de centro-derecha Solidaridad Europea ha pasado a un segundo plano. Ayudada por médicos voluntarios, esta joven de 23 años clasifica el material sanitario “Nuestro ejército necesita analgésicos, especialmente inyecciones, kits de primeros auxilios y torniquetes. A veces un soldado necesita dos o tres”, describe. Debido a la escasez del frente, Anastasia cuenta que los soldados lavan la sangre de los torniquetes para reutilizarlos.
Reciben material de muchos países europeos. Mucha insulina viene de España. De una caja asoman latas de atún y envases de caldo Aneto. Toda la solidaridad es bienvenida. También el dinero que una amiga de Anastasia recauda desde una paradita frente al río con la venta de muñecos de vudú cosidos a mano. Simbolizan a Putin, llevan una bufanda ucraniana y una diana con una frase escrita: “Putin, jódete”.
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Roman Pantelevienko (treinta años) huyó de Irpin, a veinte km de Kiev, una de las ciudades más castigadas por la artillería del Kremlin. “Ahora todo el mundo conoce Irpin. Era muy bonito; tiene un aire muy limpio, está rodeado de bosques y mucha gente venía a visitarla”, explica este voluntario minutos después de descargar material en la estación de tren. Los contactos de Roman con el este son muy útiles en la retaguardia. Es otro enlace con la población más diezmada y una pieza clave en la red de voluntarios de Transcarpatia.

En Irpin, muchos desplazados de la Guerra del Dombás que rehicieron su vida se han visto arrastrados a un nuevo éxodo. “Construyeron aquí sus casas, pero los rusos han puesto las manos sobre nuestro pueblo y muchos han huido. Es muy duro hablar sobre esto porque muchas de esas casas ya no existen”, relata con voz entrecortada. Esta localidad muestra estos días una de las peores caras de la guerra de Putin. La retirada de sus tropas ha dejado un reguero de decenas de civiles asesinados en las calles. El horror es aún mayor en la vecina Bucha, donde aparecen cuerpos torturados, con las manos atadas y disparos en la nuca.
En Uzhgorod las alarmas forman parte del paisaje sonoro diario. “Cuando detectamos que Rusia lanza un misil no podemos prever su trayectoria. Cualquier región podría ser el objetivo”, comenta Akimov. A pesar de que ningún misil ha caído en la región, Uzhgorod no deja de estar en alerta por un posible ataque de misiles a su aeropuerto. El guía turístico Vlad Tovtin es uno de los miles de voluntarios que integran las defensas territoriales de la zona desplegadas por toda Ucrania. Tras dos semanas en su unidad, brinda con vino junto a dos amigos pasadas las 8 p.m., la hora límite que los bares sirven alcohol a causa de la guerra. “En su inicio se pensó como un ejército de fin de semana, pero ahora la dedicación es 24/7. Si es necesario, estoy preparado para ir a la guerra, porque aunque hoy aquí hay paz, entiendo que puedo morir en cualquier momento. Es algo que aceptas”, reflexiona.
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