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EL PRESIDENTE BARACK OBAMA HA inaugurado una Nueva Era. Su programa de gobierno contrasta con el de su antecesor. Sólo tienen en común lo nuevo, característica definitoria de la “modernidad”.
El programa neoconservador del “Nuevo Orden Mundial”, propuesto por su antecesor, ha por lo tanto caducado. Sus resultados no podrían ser peores: crisis económica, pérdida de confianza, desprestigio moral, abuso de los valores e ideales de los padres fundadores.
La hoja de ruta del Presidente Global, celebrado multitudinariamente en disímiles rincones del planeta, desde Kenia hasta Puerto Tejada, encierra un programa de cambio. Atrás queda el mito americano de la libertad irrestricta de la economía y del mercado; del free rider o “avivato”; del progreso entendido como mero crecimiento del producto interno bruto (!). Tampoco tiene vigencia ya la persecución de una seguridad por vía exclusiva de la fuerza, ejercida sin respeto a los valores e ideales del humanismo. La peregrina tesis de que el fin justifica los medios o la doctrina del mal menor, carecen de validez para un gobierno que se toma en serio los derechos humanos. Mucho menos la hipocresía y el doble juego tienen lugar en un discurso en el que la honestidad y la transparencia son valores supremos.
La Nueva Era se construye sobre la libertad y la igualdad, pero ejercidas con responsabilidad y solidaridad. Los deberes para con otras personas y naciones, presentes y futuras, en particular el esfuerzo por una mejor y mayor comprensión de las diferentes culturas, ocupan el lugar central en el nuevo pensamiento del gobierno estadounidense. Su sello es socialdemócrata: por encima de la acumulación de la riqueza de unos cuantos, se preocupa por la prosperidad y por la igualdad de oportunidades para todos. La salud, la educación, el trabajo digno, la seguridad social, el medioambiente sano, son sus objetivos fundamentales. Su carácter es caracterizadamente democrático: cree en la alternación pacífica en el poder y rechaza los intentos de perpetuarse en él mediante la corrupción (yidis-gate, cambio de las reglas del juego en propio beneficio) o la irresponsabilidad política (Gina-escape) y la persecución de la oposición política (por vía de medios de comunicación colaboracionistas).
Engalanado por evocaciones poéticas e históricas de las luchas de independencia y en contra de la opresión, el programa de la Nueva Era echa por la borda la chauvinista doctrina Monroe, según la cual, “América para los Americanos”. La Nueva Era subroga la Vieja Era mediante una doctrina del respeto mutuo, de la comprensión y de la colaboración en pos de la paz y la concordia entre las naciones. El mundo será un mejor lugar donde vivir cuando el ideario de Obama se torne realidad, a lo que podríamos contribuir. El respeto de los tratados internacionales de derechos humanos y la sujeción a la justicia internacional —entre ella el Tribunal Penal Internacional sería un buen gesto de la real voluntad de cambio del gobierno Obama.
No faltarán, por supuesto, quienes rechacen y denuesten el idealismo del primer jefe de Estado afroamericano. A los “realistas” es bueno recordarles las palabras del historiador y filósofo inglés R. G. Collingwood en su Autobiografía: el ser humano en su capacidad de agente moral, político y económico no vive en un mundo de “estrictos hechos” a los cuales no afectan los “pensamientos”, sino que vive en un mundo de “pensamientos”; “si se cambian las “teorías” morales, políticas y económicas aceptadas generalmente por la sociedad en que él vive, cambia el carácter de su mundo; el pensamiento depende de lo que el pensador aprendió por experiencia en la acción, la acción depende de la manera como él piense sobre sí mismo y sobre el mundo”.