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La condecoración y el invitado

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LA MANSEDUMBRE CON LA QUE EL presidente Uribe aparece juicioso al lado de George Bush, recibiendo, con una sonrisa complaciente, la medalla de la Libertad (¡qué ironía), riñe con la imagen del hombre de las furias y bravuconadas que despliega cuando quiere impresionar aquí, en el nivel doméstico. Triste condecoración, de manos del peor presidente de la historia de Estados Unidos, motivo sin duda más de vergüenza que de admiración.

El legado de Bush está condenado por la mentira que le permitió hacerle una guerra injusta e innecesaria a Irak, aduciendo la existencia en ese país de armas de destrucción masiva. Por la incompetencia e indiferencia para enfrentar urgencias humanitarias como la del huracán Katrina. Por la soberbia para atender el terremoto de la crisis económica y la sobreideologización de los actos de gobierno que, con un posición tan fundamentalista como la de los musulmanes que combate, condujo a la temeraria polarización entre el bien y el mal. Bush, el de la condecoración, será recordado por el favorecimiento tributario a los grandes capitales ensanchando la brecha de desigualdad económica, por la  violación a los acuerdos internacionales sobre respeto y defensa de los derechos humanos, por desconocer los convenios de conservación ambiental; como el presidente que institucionalizó la tortura a sospechosos, como sucedió, entre otros, en los presidios de Guantánamo y Abu Gahraib.

La Condecoración de la Libertad, homónima de la operación militar en Irak en donde además de vidas humanas se destruyó uno de los mayores patrimonios culturales de la Humanidad, golpea la dignidad. Y así, mientras los norteamericanos con la mirada puesta en el futuro se preparan para iniciar una nueva era, llena de significados, con Barack Obama, los colombianos representados por el presidente Uribe quedamos atados al pasado, condecorados por un gobierno que representa el atraso en la visión del mundo, de la condición humana, de la política, que el 76% de los norteamericanos no ven la hora de enterrar. Un gesto de amistad con Álvaro Uribe muy diciente, si se piensa que fue además uno de los últimos actos de gobierno del desprestigiado George Bush antes de enfundarse las botas para regresar a su rancho en Texas, del que sus conciudadanos quisieran que no volviera a salir.

Y si terminamos mal, amarrados a la cola de un fracaso, comenzamos peor con nuestra representación de padres de la patria a la posesión de Barack Obama. Quedamos en manos del senador Juan Carlos Martínez, invitado por el representante también afrodescendiente Gregory Meeks (cada congresista demócrata contó con 183 boletas para distribuir), que lo único que tiene en común con Obama es el color de la piel. Además de estar investigado por los enredos de la parapolítica, Martínez encarna en su práctica política en el Valle del Cauca lo más bajo del clientelismo, de la politiquería y del tome y dame con los contratos del Estado. Sólo le interesa utilizar el poder en beneficio propio y enarbolar de manera oportunista su condición racial para, en nombre de una supuesta revancha histórica, conseguir votos. Representa, por donde se le mire, exactamente lo contrario de Barack Obama. Encarna sus antivalores. Pero más temprano que tarde, el nuevo poder en Washington entenderá el error y colocará a Martínez en el lugar que se merece. Porque sin duda entramos por la puerta de atrás a la Casa Blanca.

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