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No habrá cambio radical

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Al llegar a la Casa Blanca, Barak Obama no encontrará la página en blanco. Su mandato no podrá desconocer principios, compromisos y mandatos ya existentes.

En buena medida se deberá ocupar de la continuación de un proceso político en curso, condicionado por múltiples factores internos y exteriores. Pronto advertirá las limitaciones que afectan la autonomía del supuesto hombre más poderoso del mundo.

Que no se alarmen quienes piensan que se avecinan cambios fundamentales o giros extravagantes desde la Casa Blanca. Las diferencias entre los partidos Demócrata y Republicano no dan para tanto en un país en el que desde hace tiempo existe ese deseable acuerdo sobre lo fundamental que tanto se añora en democracias en formación.

Los imperios funcionan sobre la base de una primacía que implica obligaciones y alianzas exteriores que pueden ser limitantes. A ello hay que agregar las complejidades de la política interna, que implica responder a los requerimientos de los electores y jugar en un ambiente en el que figuran otros jugadores poderosos y jamás dispuestos a hacer concesiones inmerecidas.

Sentado en la oficina oval, Obama deberá cumplir ante todo el complejo catálogo de sus deberes. El equilibrio de poderes tan delicado y ostensible en los Estados Unidos no se interrumpirá. Cada uno de ellos hará lo que le corresponde en el orden federal. Y si se tiene en cuenta que antes que todo ese país es una agrupación de Estados, no hay que olvidar que cada uno de ellos goza de un margen grande de autonomía en el ejercicio de poder sobre la vida diaria de los ciudadanos, al punto que las facultades del Presidente terminan por ser a la larga reducidas.

Lo anterior implica que el margen de acción del nuevo mandatario no sea tan amplio en el orden interno como lo es aparentemente en el internacional, donde debe llevar la vocería de la Unión.  En ese terreno deberá tener en cuenta que la condición imperial, o por lo menos la de gran potencia, implica la tarea de atender las vicisitudes de procesos políticos y económicos en todos los tableros regionales del mundo. También advertirá los límites de su poder ante la inercia de esas leyes de funcionamiento del capitalismo que conducen a períodos de crisis que no se arreglan a punta de medidas de gobierno.

El hecho de que el nuevo Presidente no tenga experiencia en el campo de las relaciones internacionales no deja de ser preocupante. Como quedó claro desde los debates contra el veterano Senador McCain.  Pero tiene en cambio una serie de virtudes personales de flexibilidad y comprensión de la multiculturalidad, así como de astucia y olfato políticos, que le servirán en el ejercicio de liderazgo, inevitable, inherente a su nuevo oficio.

En virtud de lo anterior, nada hay que pueda indicar que Obama les vaya a volver la espalda a los amigos de su país. En todo caso los Estados Unidos tienen políticas de Estado, y también intereses, que no les permiten darse el lujo de pelearse con quienes se han mantenido cercanos a ellos, sea en actitud de sometimiento o de necesidad. Lo que seguramente sí hará una administración demócrata será exigir que los socios demuestren mejores calidades en materia de relaciones laborales, seguridad con respeto de los derechos humanos y fortaleza y seriedad institucional. Es en esos temas en los que los socios con aspiraciones de continuidad deben hacer sus cuentas.

edubaras@yahoo.com

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