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Y a este cortesano adorable se le perdona todo, incluso que hubiera sido uno de los mecenas y ejecutores del descubrimiento de lo que hoy son los Estados Unidos de Norteamérica. Explorador, navegante, poeta y político, Raleigh debería figurar al lado de Hecateo de Mileto como el padre de la teoría de la historia, pues según se sabe, mientras escribía en la cárcel su Historia del mundo, oyó una terrible algarabía en alguna celda cercana. A la mañana siguiente quiso saber qué había pasado bajo la especie de un ruido tan desconsiderado, y sin embargo nadie le pudo dar respuesta. Ni el carcelero venido de York, ni el pintor de al lado ni el revolucionario católico de la crujía. Nadie. Y sir Walter, entonces, renunció al empeño, que lo había distraído durante tantos años, de escribir las desventuras de la humanidad “desde los asirios hasta su propia época”. ¡Cómo iba a poder él hablar de Biblos o de Asdrubal o de Egipto (escribió en su diario) si ni siquiera lograba enterarse de lo que había ocurrido la noche anterior bajo sus pies!
Menciono el nombre de sir Walter para inaugurar este espacio, no sólo por la belleza de la anécdota –que por sí sola es una novela de varios tomos; como la historia misma a su manera– sino también para trazar un punto de partida de lo que serán estas notas que buscan rescatar del olvido episodios maravillosos o indignos, prodigiosos o vanos o ciertos, que de alguna manera están en la raíz del mundo en que vivimos. Porque la historia es ese misterio (y esa revelación) bajo los pies de quien la oye, pero también bajo los pies de la gente toda, aun de la que en estos días, y siempre, cree que el pasado se acabó y que la vida puede ser transitada sin memoria, sin conciencia; con el orgullo de la ignorancia que es peor que la ignorancia sola. Espero que los lectores manden sus botellas al mar con preguntas y sugerencias, o con respuestas, para esculcar en los armarios de lo que se nos escapó. Lo haremos como Raleigh, que después de pensarlo mejor sí terminó su historia universal, pues quién era él para negarse a la literatura y a la soledad, es decir a la verdad.