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NO ES FÁCIL PENSAR EN UN TEMA apropiado para un artículo que debe salir el 31 de diciembre. Seguramente la mayoría de los lectores está tratando de tener un merecido descanso, de tomar distancia de las preocupaciones diarias y de prepararse para asumir los retos del futuro inmediato. La tradición nos ha enseñado que esta es una época para reflexionar sobre lo que se hizo y se dejó de hacer en el año que termina y sobre los propósitos para el año que comienza.
Este debería ser un momento propicio para que todas y todos los colombianos reivindiquen el derecho a soñar. A soñar en un país donde los secuestrados, los falsos positivos y los desaparecidos solamente sean un mal recuerdo del pasado; donde los políticos reemplacen su accionar guiado por las ambiciones personales por propuestas programáticas y actuaciones que atiendan las demandas y necesidades de amplios sectores sociales; donde los partidos políticos blinden para siempre sus estructuras de la injerencia de actores armados; donde el Congreso de la República haga valer su independencia frente a las otras ramas del poder público y en particular frente a los cantos de sirena del Presidente de la República y de los funcionarios del Gobierno; donde el derecho a disentir sea respetado y se construyan consensos en torno a los temas y propósitos fundamentales de la Nación; donde cada quien pueda expresar sus preferencias políticas, ideológicas y religiosas sin temor a ser perseguido; donde las personas no sean discriminadas por sus inclinaciones sexuales; donde la violencia contra los niños y las mujeres dejen de ser los titulares de los medios de comunicación; donde se fortalezcan los partidos y movimientos políticos para que se conviertan en verdaderos canalizadores de las expectativas y esperanzas de profundización de los derechos sociales, políticos y económicos de los ciudadanos; donde las actuaciones de los gobernantes sean transparentes y públicas y los gobernados puedan exigirles rendición de cuentas; donde la información pública no sea manejada como un bien privado; donde nadie, por poderoso que se sea o que se sienta, utilice indebidamente la ley o cambie las reglas de juego de la democracia sobre la marcha y para beneficio personal; donde el accionar de los gobernantes no se limite únicamente al marco de la legalidad, sino que tome en consideración los parámetros de la legitimidad; donde los actores del conflicto opten por la vía política en lugar de las armas; donde el conflicto armado desaparezca, no solamente de los eufemismos discursivos del gobierno sino de todos los rincones del país; y donde la democracia adquiera su verdadero sentido, más allá de los tratados académicos y de las buenas intenciones.
Todo esto pasa por reivindicar y recuperar la política para y por los ciudadanos y por (re)construir un país donde la Política se pueda deletrear sin vergüenza con “P” mayúscula. Es decir, un país en el que aún es posible tener esperanzas y sueños. Y donde éstos, quizás más temprano que tarde, se pueden convertir en realidad.
*Directora del Programa Congreso Visible, Universidad de los Andes.