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Milagrosa dieta fiscal

Nicholas D. Kristof
28 de diciembre de 2008 – 06:08 p. m.

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CUANDO EL CUERPO HUMANO ESTAba evolucionando, prácticamente teníamos dos tipos de bebida: leche de pecho en los primeros años y después agua, agua y más agua.

Obviamente, habría sido negativo si nosotros hubiéramos evolucionado para sentirnos satisfechos cuando el agua estuviera rebosando dentro de nuestros estómagos, porque entonces no habríamos comido hasta saciarnos la siguiente vez que cazáramos un mastodonte con una lanza. Actualmente, el infortunado resultado es que, si bebemos una botella de 7-Up, incluso así no nos sentimos satisfechos —el cuerpo trata al líquido como si fueran calorías vacías, como el agua— y por lo tanto usted no comerá menos la siguiente vez que cace una Big Mac.

Esto ha presentado un enorme problema en una era de bebidas azucaradas, al tiempo que algunos académicos creen que éstas se han convertido en una importante fuente de obesidad. Es por esta razón que el nuevo impuesto a los refrescos que propuso el gobernador de Nueva York, David Paterson, es todo un logro.

Paterson sugirió el impuesto —un impuesto de venta de 18% a las gaseosas y otras bebidas azucaradas que no son dietéticas— a fin de contribuir a reunir 400 millones de dólares al año para hacerle mella al presupuesto estatal. Sin embargo, es también un esfuerzo histórico que, si lo emulan otros estados, podría contribuir a volvernos más saludables.

Preparémonos para un acertijo: ¿cuál ha sido el mayor avance en el cuidado de salud en Estados Unidos a lo largo de los últimos 40 años? ¿Desvíos coronarios? ¿Tomografías computarizadas y resonancias magnéticas? ¿Nuevos tratamientos para combatir el cáncer?

No, fue el impuesto al cigarrillo. Cada aumento de 10% en el precio de los cigarrillos redujo las ventas en aproximadamente 3% en general, al tiempo que 7% entre los adolescentes, con base en datos del libro Receta para una nación saludable, escrito en 2005. Tan sólo el aumento del año 1983 al impuesto federal sobre los cigarrillos salvó 40.000 vidas por año.

En efecto, la cura más prometedora para el cáncer de pulmón no surgió de un laboratorio de investigación médica sino de políticos que trabajan arduamente en busca de dinero. De manera similar, la mejor cura para la obesidad pudiera terminar siendo no una pastilla sino un impuesto.

En últimas fechas, las bebidas con azúcar son para la salud del estadounidense lo que el tabaco fue hace ya una generación. Un impuesto ocasionaría que algunos consumidores, particularmente niños, cambiaran a bebidas dietéticas o agua.

“Las bebidas refrescantes están vinculadas a la diabetes de la misma forma que el tabaco al cáncer de pulmón”, dice Barry Popkin, especialista en nutrición por la Universidad de Carolina del Norte y autor del magnífico libro, de reciente publicación, El mundo es plano. En él, advierte que la industria de los refrescos de cola invertirá vastas sumas de dinero combatiendo el impuesto que se propuso.

Una de las objeciones de la industria es que los refrescos no son el único problema. Eso es cierto, y también me encantaría ver un “impuesto Twinkie”. No obstante, la evidencia se acumula en cuanto a que las bebidas azucaradas son uno de los principales factores que contribuyen a la obesidad, debido a la herencia evolutiva que mencioné al principio: con la excepción de las sopas, las calorías líquidas no se registran en el cuerpo, a decir de Popkin y otros especialistas.

Si usted come un bocadillo, incluso alguno que no es saludable como papas fritas, comerá menos en su siguiente comida. Pero si bebe una Coca-Cola, pese a todas esas calorías, usted comerá justamente la misma cantidad más tarde. De hecho, con base en algunos estudios, usted comerá más.

“Estos hallazgos hacen surgir la posibilidad de que los refrescos incrementen la sensación de hambre, reduzcan la saciedad o sencillamente calibren a las personas en un alto nivel de dulzura que generaliza hacia preferencias en otros alimentos”, decía un artículo revisado por un colega el año pasado, publicado en la Revista Estadounidense de Salud Pública.

El estadounidense promedio consume aproximadamente 132,4 litros (35 galones) de refresco regular, no de dieta, cada año, y recibe más azúcar agregado de la soda que de los postres.

Barack Obama (el presidente electo de Estados Unidos) ha prometido que promoverá un sistema de cobertura de salud universal, al tiempo que los demócratas consideran una reforma al cuidado de la salud como una cuestión de suministrar acceso a médicos. El acceso y la cobertura universal son, de hecho, esenciales, pero hay un límite a lo que pueden hacer los médicos en este ambiente.

Una de las prioridades debe ser una campaña de salud pública para modificar el ambiente y la conducta social. Un punto de partida está en reconocer que el comportamiento de riesgo entre adolescentes hoy día puede relacionarse no solamente con alcohol, drogas o sexo, sino también con botellas extra grandes de Coca-Cola.

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Un nuevo estudio estima que el número de estadounidenses con diabetes asciende actualmente a 24 millones, lo cual equivale a más de cuatro veces el número registrado en 1980. El costo total directo e indirecto para los estadounidenses es de US$218.000 millones anuales; en promedio, US$1.900 por hogar estadounidense. Cada año, la diabetes contribuye a las muertes de más de 200.000 ciudadanos estadounidenses.

Una parte de la solución debe venir de una reforma a la agricultura, para que así dejemos de subsidiar el maíz que termina como jarabe de maíz alto en fructosa en bebidas refrescantes. Para mala fortuna, Obama seleccionó este miércoles al ex gobernador de Iowa, Tom Vilsack —quien tiene viejos nexos con intereses de los denominados agronegocios— como secretario de Agricultura, lo cual ha sido su nombramiento más débil hasta ahora.

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La industria de refrescos invertirá enormes recursos para derrotar el impuesto propuesto en Nueva York sobre las gaseosas. Nosotros deberíamos respaldar el audaz gesto de Paterson. Él está abriendo un camino que otros estados deberían seguir.

Nunca es fácil perder peso, pero una de las dietas más efectivas empezaría con un impuesto a los refrescos.

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* Columnista de ‘The New York Times’, dos veces ganador del Premio Pulitzer. c.2008 – The New York Times News Service.

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