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En el Triángulo Norte

Julio César Londoño
26 de diciembre de 2008 – 07:37 p. m.

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CUANDO EDUARDO LÓPEZ, NUESTRO embajador en Guatemala, me llamó en octubre para que lanzáramos allá mi novela Proyecto Piel en diciembre y dictara dos conferencias, pensé: se le está acabando el año al embajador y no tiene resultados para mostrar en gestión cultural (los columnistas somos malpensantes profesionales).

Pero acepté porque hacía muchos años que no visitaba ese país y quería volver a Antigua, una ciudad tan preciosa como Villa de Leyva.

Luego tuve que tragarme mis pensamientos, cuando supe que a la iniciativa de Eduardo López se habían sumado Carlos Gamba, embajador en El Salvador, y Camilo Ruiz, embajador en Honduras; que los tres decidieron que me acompañara William Ospina para que ambos adelantáramos una gira promocional de la literatura colombiana en los países del Triángulo Norte, y que al proyecto se habían sumado las editoriales Norma y Planeta. Pero lo mejor fue saber que no éramos los primeros invitados del año, que ya antes varios artistas colombianos habían visitado estos países, que la cultura es un eje transversal en las actividades de estas misiones, y que no nos invitaban para amenizar un coctel sino para ser una especie de cabeza de playa de la avanzada colombiana en la región. López, Gamba y Ruiz han comprendido que, además de su importancia intrínseca, el arte es una amalgama poderosa para consolidar los puentes entre las naciones, conocer de manera íntima y grata el espíritu de sus pueblos, generar confianza entre los inversionistas y crear el clima que los negocios requieren.

Como la gira fue de sólo nueve días, las agendas fueron intensas. Empezábamos el día visitando diarios y estudios de televisión, entre dos y tres de la tarde almorzábamos con algunos escritores del país, en las primeras horas de la noche Ospina y yo sosteníamos conversatorios públicos sobre la literatura colombiana actual ante auditorios compuestos por miembros del cuerpo diplomático, empresarios, académicos e intelectuales, y cerrábamos el día con una cena con editores y libreros.

Nos sorprendieron los centroamericanos. Conocen a nuestros clásicos, no sólo a Barba Jacob, que hizo periodismo y “sableó” por toda la región, sino también a Jorge Isaacs, Silva y Germán Arciniegas, e incluso a algunos contemporáneos, entre los que recuerdo a Andrés Caicedo, Héctor Abad Faciolince, Mario Mendoza y Jorge Franco. Llevamos y comentamos libros de Germán Patiño, Armando Barona, Nahum Montt, Enrique Buenaventura, Aurelio Arturo, Guido Tamayo, Andrea Cote, Piedad Bonnett, Alejandro López, Johann Rodríguez Bravo, Juan Felipe Robledo, Octavio Escobar, Luz Mery Giraldo, Ómar Rivera Mejía, Lucía Donadío, Elkin Rivera, Claudia Ivonne Giraldo, Édgar Collazos y Fernando Denis, entre otros.

En los conversatorios Ospina volvió a lanzar sus diatribas contra la ciencia, porque no ha conseguido hacernos más felices, y yo le recordé que el compromiso de la ciencia era con la verdad, no con la felicidad, concepto por cierto muy gaseoso. También sostuve que el arte sí progresa (me apoyé en la invención del arco en la arquitectura, la perspectiva en pintura, y la naturalidad de los diálogos y del gesto en el cine) y Ospina me recordó que a pesar de todos estas lindezas no habíamos podido superar el Partenón, el Apolo de Belvedere ni El Quijote.

En una cena con los editores, Eduardo López propuso una minga internacional para hacer una colección de autores latinoamericanos de gran tiraje y precio popular, para empezar a combatir el crónico problema del aislacionismo que padecemos los escritores de la región. Es una linda idea. Ojalá se abra paso.

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