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En febrero, justo en el arranque, sólo el 27% veía con malos ojos la prolongación del dilema entre Clinton y Obama, que entonces parecía enriquecedor y estimulante para la participación electoral y la movilización de la izquierda. Los republicanos han conseguido apenas la mitad de la participación que sus rivales demócratas y desde que McCain consiguió los delegados para su nominación, su presencia mediática ha quedado eclipsada por los dos demócratas rivales.
Estas primarias tan prolongadas han dado la oportunidad de desnudar y escudriñar a los candidatos, de forma más cruel en el caso demócrata que en el republicano. Quizá no ha llegado todavía la hora de la verdad para McCain, oculto detrás del fragor de los demócratas en su batalla.
Es difícil llegar más lejos a la hora de evidenciar a Clinton, aunque ella sola, con sus medias verdades, es capaz de seguir alimentando a sus denigradores. Obama ha sufrido un calvario a cuenta del reverendo Wright y de sus incendiarias ideas, pero cabe imaginar que todavía queda mucho camino por recorrer a la hora de buscarle los flancos débiles. Todo esto ha contribuido a forjar el carácter presidencial de los candidatos. Y no hay duda de que el acero de que está hecho Obama ha pasado ya por suficientes pruebas. La culminación de las primarias pondrá a prueba al Partido Demócrata. Sólo falta que los superdelegados demuestren que ellos, como Obama, también pueden.
Director Adjunto de El País.