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De serenatas y serenateros

Tulio Elí Chinchilla
25 de diciembre de 2008 – 07:38 p. m.

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NOSTALGIA DE COSAS GRATAS QUE estamos perdiendo casi inexorablemente: las serenatas. Palabra que poco o nada dice hoy al oído de jóvenes y adolescentes, pero que significaba la vida misma para los de hasta hace treinta o cuarenta años. Arma formidable de galantes, ritual romántico emocionante, tributo obligado en requiebros y flirteos, componente cultural de nuestra identidad. 

Dicen que en el siglo XIII la voz ‘serenata’ nombraba la música de las veladas aristocráticas. De allí haber bautizado “serenata” al conocido lied de Schubert, cuya primera frase canta: “En voz baja te imploran mis canciones a través de la noche”. Pero dicen también que la costumbre de cantar a alguien al pie de su ventana —“serenatear”, según verbo acuñado por la jerga vallenata en las provincias de Valle de Upar y Padilla— proviene de España, donde las tunas musicales hacen rondas nocturnas, más bien como juerga. Algo recordado en el vals mejicano Rondalla (“En esta noche clara de inquietos luceros/… Abre el balcón y el corazón mientras que pasa la ronda”). Latinoamérica pinceló su autóctona fisonomía como institución social.  

El sesgo masculino que la serenata tuvo en sus inicios fue evolucionando y al final novias, esposas e hijas igualitariamente la ofrecían, pues devino en maravilloso regalo espiritual para agasajar a todo ser querido, no sólo a la amada sino también a la madre, al padre, a los amigos y hermanos, a la madre superiora, a la Virgen María, a personas fallecidas y a ciudades. Siempre con el elemento sorpresa como condición indispensable del ritual, los músicos ni siquiera podían romper el sigilo con la afinación instrumental antes de empezar la primera canción. La hora adecuada de darla fue variando: de la tradicional once de la noche se desplazó hacia la madrugada, acercándose a una alborada o un albazo.

A efectos de agasajar con serenatas, excelentes eran los tríos y duetos, pero en México se generalizó el mariachi, en la costa colombiana son apreciadas las serenatas con acordeón, caja y guacharaca y en los Llanos con arpa, cuatro y capachos. No faltaban las extravagancias: acarrear un piano o conectar un teclado electrónico con secuenciador en la base del bombillo callejero. En el repertorio dominaban los boleros, valses, pasillos, pero en su momento resonaron las baladas románticas (injustamente vituperadas con el mote discriminatorio de “música de planchar”) y hasta las canciones de protesta y “nueva trova cubana” entre los contestatarios de los setentas y ochentas. Las preferencias de hoy se han inclinado hacia las rancheras, los boleros-rancheros y guapangos. En fin, los serenateros hicieron las veces de Cyranos de Bergerac cuyos cantos prestados conmovían muros, restauraban noviazgos y matrimonios y reivindicaban hijos pródigos.

La residencia en unidades cerradas y la inseguridad urbana han contribuido no sólo al cambio de lugar de las serenatas (sala del apartamento) sino a la desuetud de la institución misma (con la triste desocupación de buenos músicos populares). A revivirla pueden contribuir programas tales como “Serenata” de Teleantioquia, cuyo formato parece hecho a propósito. Nada raro sería que, mutando espacios, los jóvenes sorprendieran con serenatas virtuales a través de Internet, ya que darlas en forma presencial podría denotar cierto anacronismo que expone al ridículo.

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