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Al menos la intención

Gustavo Duncan
23 de diciembre de 2008 – 08:00 p. m.

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HASTA HACE UNOS DÍAS LA CUEStión del tercer período pasaba por la pregunta de si estaba dentro del interés del Presidente. Al día de hoy es claro que la cuestión no es asunto de intenciones, sino de la posibilidad real de volver a repetir.

El argumento de que el Presidente no informaba su decisión debido a que su capacidad de gobernar se iba a ver reducida, escondía en realidad la intención premeditada de permanecer en el poder.

Al margen de si el Gobierno puede construir el andamiaje legal que le permita participar en las elecciones de 2010, la posibilidad de repetir dependerá del balance de fuerzas políticas. El factor definitivo para que el Presidente pueda repetir está basado en el peso de la clase política frente a las restricciones que impone el sistema de pesos y contrapesos de la democracia. Y la coalición que respalda a Uribe dura lo mismo que su popularidad y su capacidad de alimentar las maquinarias de los políticos profesionales. De momento, el Presidente cuenta con el mayor respaldo popular de la historia reciente y ese respaldo se traduce en el apoyo de la clase política.

El tercer período rompe con la institucionalidad democrática porque el poder del Presidente revienta la mínima independencia de muchas instituciones que delimitan el poder de la rama ejecutiva. Quienes pretendan ocupar los cargos de las Cortes, las instituciones de control como la Fiscalía y la Procuraduría, el Senado y la Cámara, tendrán que realizar enormes concesiones al poder presidencial. Lo que dejará sus fuerzas mermadas para ejercer su función natural de contrapeso al poder ejecutivo.

En un eventual tercer período el país político tenderá a polarizarse entre quienes respaldan incondicionalmente al Presidente y quienes planteen restricciones a las iniciativas del Gobierno. Algo de eso ya está sucediendo en el Congreso con el partido Cambio Radical. Los congresistas que no votaron por el referendo perdieron su cuota burocrática, los otros del mismo partido afianzaron sus vínculos con el Presidente. Al final quedarán con el Ejecutivo los miembros de la clase política más pragmática que antepongan las ventajas burocráticas, los contratos y el respaldo presidencial a cualquier tipo de convicción ideológica o ética. Tal como sucedió con Fujimori en el Perú.

La pérdida de los contrapesos ideológicos y éticos es de hecho lo que espanta a sectores uribistas de la posibilidad de un tercer período. Los empresarios que respaldan al Presidente no miran con buenos ojos que la burocracia encargada de administrar la infraestructura y la economía tenga el riesgo de corromperse por aferrar a Uribe al poder. Los medios de comunicación, por más uribistas que sean, no podrán controlar a sus periodistas cuando cubran los excesos del Gobierno. Ni qué decir del ambiente internacional donde será muy complicado mostrar la imagen distinta de un Uribe cuyo único propósito es el poder por sí mismo.

Por eso, ahora que la intención está clara, lo menos que podemos pedir es que la popularidad caiga lo suficiente para disuadir a la clase política de comprometerse con una nueva reelección. No sea que en el 2012 en vez de pensar en un cuarto período estemos pensando en cómo ofrecer una salida digna al Presidente.

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