Publicidad

Keynes en la globalización

Eduardo Sarmiento
20 de diciembre de 2008 – 12:21 a. m.

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

/

En economía, los fracasos reiterados constituyen una prueba de que las teorías no corresponden a la realidad.

Los desaciertos de los círculos influyentes para anticipar la crisis mundial, la ineficacia de las políticas de la Reserva Federal y la Secretaría del Tesoro y la incapacidad de las cumbres presidenciales para ofrecer soluciones concretas revelan que el problema no es de hombres ilustres y voluntarismo, sino de filósofos e ideas. En economía, los fracasos reiterados constituyen una prueba de laboratorio de que las teorías dominantes no corresponden a la realidad.

La política económica se enmarca en el consenso macroeconómico de los últimos 25 años y se inspiró en las teorías clásicas y neoclásicas elaboradas en las universidades más importantes y en la práctica en los organismos internacionales. Tal vez la figura más representativa de este movimiento es Robert Lucas, profesor de la Universidad de Chicago, autor de la teoría de las expectativas racionales que busca corroborar las concepciones clásicas de libre mercado y las tesis de Friedman, y primer Premio Nóbel de la generación del último cuarto de siglo. En un artículo publicado en el Wall Street Journal (19 de septiembre de 2007), el reconocido académico sostenía que el avance institucional más importante de los últimos 25 años está representado en los bancos centrales autónomos que le dan prioridad a la inflación sobre cualquier otro objetivo y predecía que el colapso de las hipotecas subprime no tendría ningún efecto sobre la actividad real.

Este fiasco tiene una clara correspondencia en la gestión administrativa. Basta una mirada retrospectiva para advertir que las autoridades económicas y políticas estadounidenses han hecho todo lo que decían que no iban a hacer, como emplear los poderes monetarios para sustentar las cotizaciones de la bolsa, intervenir el patrimonio de los bancos y entregar crédito a las empresas industriales y comerciales. Aun más grave, las acciones de la Reserva Federal y la Secretaría del Tesoro para bajar las tasas de interés y aumentar el crédito no impidieron el desplome de la bolsa, la bancarrota de las instituciones financieras, ni la caída en recesión y su extensión al resto del mundo. El arribo a tasas de interés cercanas a cero es una clara demostración de que el mercado no se autorregula y que las políticas de liquidez de la Reserva Federal son inoperantes porque el público no las recibe.

Este mismo señalamiento lo hizo Keynes en los años 30 y propuso la política fiscal como alternativa para superar la recesión. Infortunadamente, los planteamientos de Keynes y sus seguidores no avanzaron en la construcción de los fundamentos que le dieran generalidad a la teoría y permitieran adaptarla a las condiciones mundiales.

Ciertamente, mi pensamiento está mucho más cerca de Keynes que del consenso neoliberal alrededor de la teoría clásica, pero de ninguna manera la identificación es plena y sin beneficio de inventario. Tal como lo he reconocido en varios libros, no estoy de acuerdo con la idea de Keynes de que la relación entre el ahorro y la inversión esta dada por una identidad, como si tratara de dos variables idénticamente iguales. La presunción mantiene a Keynes en la camisa de fuerza del equilibrio y los cambios marginales, y si bien puede tener alguna justificación en una economía cerrada, carece de realismo en un mundo globalizado, en donde el ahorro se realiza en unos países, la inversión en otros y no existen mecanismos que los coordinen.

Tampoco comparto el diagnóstico de que la recesión y el desempleo se originan exclusivamente en el sector real, es decir, son independientes del mercado monetario y se pueden revertir con políticas fiscales aisladas. Cuando el desajuste se genera en un cuantioso exceso de ahorro, que tiene como contraparte un exceso de demanda sobre la oferta de dinero, el aumento del gasto fiscal resulta insuficiente para contrarrestarlo. La recuperación de la producción y la ocupación requiere una abierta intervención del Estado en el sector financiero que puede implicar emisiones monetarias inimaginables.

En fin, estamos ante un nuevo fracaso del consenso de libre mercado predominante. Los hechos se encargaron de demostrar que la autorregulación del mercado y los bancos centrales autónomos son inoperantes y la política fiscal es insuficiente para movilizar un exceso de ahorro originado por la acumulación de activos durante veinticinco años y su posterior desvalorización en corto tiempo. La solución sólo se puede lograr dentro de una nueva teoría que reconozca que el ahorro y la inversión no necesariamente se igualan, a tiempo que defina y precise la forma de la intervención del Estado para armonizar y movilizar el excedente.

Conoce más

Temas recomendados:

 

Comentarios
Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación

Inscríbete a nuestros newsletters

Lo bueno que es estar informado y de una manera diferente desde tu correo electrónico.

Selecciona los newsletters que quieres recibir
Al inscribirte, aceptas nuestros T y C y nuestra Política de privacidad.
Infórmate rápido