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LA CELEBRACIÓN MUNDANA E INsustancial de la Navidad —aturdidor jolgorio colectivo de ebrios bajo el estampido pirotécnico que rememora el horror de la guerra— no deja siquiera un breve espacio para recordar el significado profundamente humano que entraña esta festividad.
La peor versión de nuestros procesos de laicización comportó no sólo la evaporación del sentimiento religioso, sino la pérdida del significado espiritual de estas celebraciones colectivas. También la Semana Santa fue condenada a la condición de cascarón vacío o vana liturgia.
Embriagada de compulsivo consumismo —regalos a granel hasta para el perro—, la masa ciudadana olvida el valioso mensaje que alberga la simbología navideña cristiana: un Dios que, desdeñando la magnificencia terrenal de poder (tronos y ejércitos) y la riqueza (relumbrante ostentosidad de palacios), opta por encarnarse en la más vulnerable e indefensa de las criaturas, como recién-nacido que adviene en el humilde hogar del carpintero y de María y en una pesebrera. Tan original mensaje encuentra vías emotivas para conmover aun a los no creyentes, así sea sólo como mito preñado de significación ético-social.
No siempre se devela que esta simbología de la fe judeo-cristiana esconde la nuez espiritual de buena parte de nuestras utopías sociales —incluido el socialismo democrático y el anarquismo pacifista— y de algunas instituciones públicas, incluidos los derechos humanos y el modelo constitucional de Estado social. En cierta medida ello explica el fuerte contraste, tan señalado en las clasificaciones académicas, entre credos político-sociales occidentales y los de la vertiente denominada “despotismo oriental”. De allí el asco de Hitler por la concepción cristiana del mundo como moral de seres débiles e inferiores, de esclavos y menesterosos. El contraste se incuba en la semilla ideológica del mito de encarnación divina que nutre, así sea mediatamente, a cada una de estas visiones: dime en quién te encarnas e inferiré qué clase de divinidad eres.
La simbología cristiana empieza por exaltar el valor intrínseco de las personas más vulnerables e indefensas de la sociedad, premisa ética del imperativo constitucional de brindarles “especial protección” (Art. 13 de la Carta). ¿Acaso la igualdad esencial de los humanos —soporte de la democracia— no se funda en la irreductible dignidad de aquellos a quienes las jerarquías socio-políticas tratan como despreciables e irrelevantes en las decisiones colectivas?
Bertrand Russell, conspicuo agnóstico, daba razones lógicas para sustentar “Por qué no soy cristiano”. Otra lectura de la Natividad, en clave laica, daría motivos vivenciales para admirar las enseñanzas del cristianismo o adherir a ellas (aun en quienes no poseen el don de la fe), y sin necesidad de adoptarlas como dogmas públicos.
Inquietudes estas que sucumben bajo una ritualidad puramente exterior, de bables callejeros ensordecedores y desbocada generosidad obsequiosa. Bendito el capitalismo en cuanto facilita dar rienda suelta al impulso regalador de aguinaldos, desde joyas hasta baratijas (pues para todos hay). Lástima que la belleza intelectual del Adviento haya sido desdibujada por falsos ídolos de consumo. Esta celebración, en espacios apacibles de gozosa reflexión, a la usanza de los primeros cristianos, ganaría tintes significativos.