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En política internacional el 2008 será recordado como un año difícil. En estos doce meses el escenario mundial que enfrenta Colombia así como la percepción del país en el exterior cambió dramáticamente.
De los aplausos por los logros del gobierno Uribe en materia de seguridad y las ovaciones de pie por la espectacularidad de sus operativos militares, quedan tan sólo los recuerdos. En el sainete internacional pasamos de ser la homenajeada de la fiesta a una colada indeseable, sin entender todavía las razones tras nuestra desgracia.
El presidente Uribe apostó todo su capital político y sumas millonarias del erario público en la aprobación del TLC con Estados Unidos, y perdió. El cambio anunciado en el clima interno estadounidense convirtió lo que debía ser —en opinión del Gobierno de Colombia— una carrera de velocidad, en un medio maratón, para el cual éste quedó sin aire ni argumentos. Por ahora no habrá Tratado. Y si es nombrado el congresista de California, Xavier Becerra, como Representante Comercial de los Estados Unidos, el pronóstico en el futuro inmediato no es nada alentador. Además de que la crisis económica ha vuelto hipersensibles a los estadounidenses ante el tema del libre comercio, Becerra ha sido un defensor de los derechos sindicales y un opositor de la mayoría de los tratados, entre ellos el celebrado con Centroamérica.
Aún en caso de descongelarse la discusión del TLC —lo cual será improbable durante el primer año del gobierno de Obama— y de blindar su contenido actual —mediante la preservación de la autorización del fast track que estuvo vigente durante su negociación— las nuevas mayorías demócratas impondrán condiciones que no serán fáciles de tragar.
La evaluación reciente de Colombia por el Consejo de Derechos Humanos de la ONU confirma un creciente escepticismo, si no hostilidad, frente a los supuestos logros del Gobierno Nacional en esta materia. Si antes los argumentos colombianos eran recibidos con relativo beneplácito, hoy, prácticas sistemáticas dentro de la Fuerza Pública como las ejecuciones extrajudiciales, nos han puesto a la defensiva. A Colombia no le fue bien. Ningún país habló en su defensa, mientras que las críticas de un número significativo de los miembros del Consejo fueron inusualmente duras. Una de las más reiteradas, además de los falsos positivos, tuvo que ver con los ataques verbales contra los defensores de Derechos Humanos, frente a los cuales se hizo un llamado de atención al mismo presidente Uribe.
En un país en el cual el personalismo en el manejo de la política internacional es notorio, el éxito o fracaso con el cual enfrentamos este sombrío fin de año depende directamente del Presidente de la República. Hasta ahora, Álvaro Uribe no sólo no parece entender lo que está en juego, sino que no ha sido ni presto ni capaz de realizar grandes cambios de estrategia. Sin un maquillaje total —que no se logra únicamente con discursos vacíos ni la recién anunciada Escuela de Derechos Humanos para los militares— nuestra imagen internacional como “Colombia la fea” se va a acentuar.
Profesora Titular. Departamento de Ciencia Política, Universidad de los Andes