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EL AUMENTO DE LA EXPECTATIVA DE vida de 37 años en 1905, a 71 años en 2005, tiene para las personas jóvenes un sabor agridulce.
Por un lado está la satisfacción de saber que uno probablemente va a disfrutar más la vida: a más vida más disfrute. Por otro, está la preocupación de saber que va a haber más gente que vivirá más tiempo a costa de uno: el número creciente de ancianos pensionados y enfermos. Al final, prevalece el sabor agrio que me inclina a dejar de pagar mis aportes de seguridad social y a invertirlos en el disfrute de la dosis personal.
Hay muchas formas de explicar las causas de esta sensación pueril de no-futuro. Una es mirar las estadísticas poblacionales. Entre 1964 y 2005, según los censos respectivos, la población mayor de 60 años se incrementó de 4,9% a 8,9%. Además del creciente número de viejos hay un decrecimiento en las tasas de natalidad. La conclusión es pesimista: cada vez hay más viejos que viven más tiempo y cada vez menos jóvenes para mantenerlos. Y la solución también: nuestro régimen pensional es modificado para que tengamos que trabajar por más tiempo. ¿Qué le deparará a nuestra prole?
Desde una perspectiva médica el asunto empeora. A la medicina tenemos que agradecerle el haber alargado la vejez (la juventud, más allá de los aportes de la cirugía plástica, sigue siendo fugaz). Según esta racionalidad hipocrática, en la vida importa más la cantidad que la calidad. Aunque el problema moral sobre este punto es interesante, cuando pago mi EPS no es lo que se me pasa por la cabeza. En cambio, pienso que las pocas veces que voy al médico siempre hay ancianos esperando su turno antes y después de mí. Su salud cuesta más que la mía y todos pagamos igual. Un estudio sobre el sistema de salud de Nueva Zelanda lleva a pensar que todos los días sucede lo mismo, pues se calcula que los pacientes mayores de 65 años en ese país le cuestan al sistema de salud cinco veces más.
Pero lo realmente desesperanzador es que nuestra sociedad avanza regida por este orden de prolongación de la vida sin que haya mucho que hacer al respecto. En Colombia, por ejemplo, los aportes progresistas de la jurisprudencia en torno a la terminación de la vida se dieron en 1997, año en el cual la Corte Constitucional despenalizó la práctica médica de inducir la muerte cuando los pacientes que padecen sufrimiento a causa de enfermedades terminales lo soliciten. Sin embargo, el Congreso todavía no ha reglamentado la sentencia de la Corte, por lo cual muchos médicos temen todavía cumplir la voluntad de sus agónicos pacientes.
Peor aún, muchos pacientes prefieren agonizar a tener una muerte anticipada. Contra este derecho no existe absolutamente nada que hacer. Es más, el sistema tiene que garantizar que la vida sea prolongada a todo costo, literalmente.
Esta óptica juvenil de la vida sugiere que nuestra sociedad está diseñada como una pirámide financiera. La comparación es apocalíptica, sobre todo porque nosotros estamos en la base. Quedaría la esperanza de que cuando seamos viejos, luego de haber cuidado a nuestros seniles parientes hasta los últimos instantes de su agonía y de haber trabajado juiciosamente para pagar nuestros aportes de salud y de pensión, todavía no se haya derrumbado la pirámide. La otra opción sería vivir una vida rápida y furiosa, de mucha calidad y poca cantidad. Le queda a cada quién juzgar qué camino escoge en su juventud, pero que después no pregunten por qué nos comportamos como si el mañana no existiera.