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SI HACE UNOS AÑOS SE HUBIERA PREguntado por el legado histórico de Álvaro Uribe, la respuesta habría incluido como uno de los principales puntos, la transformación profunda de la política.
Hoy nadie discute que Uribe ha huracanado la política colombiana, pero ya no está claro que los cambios políticos que ha introducido sean positivos ni permanentes, ni en lo institucional, ni en lo partidista, ni en materia de liderazgo.
El campo político era en el que Álvaro Uribe parecía más prometedor, porque había basado su campaña de 2002 en la lucha contra la corrupción y la politiquería, tanto como en la seguridad. Y la bandera política parecía más creíble aún que la de la seguridad, porque no era una simple promesa, sino que la sostenía el hecho enorme de que Uribe se había lanzado a la Presidencia por fuera de los partidos tradicionales, y aún antes de la desbandada de parlamentarios hacia su campaña, era previsible que realizaría la proeza histórica de derrocar el bipartidismo centenario.
Pero pronto se hizo evidente que el aspecto más sobresaliente del uribismo, el estilo de liderazgo, más que una corrección de las debilidades del presidencialismo colombiano que generaron la desconexión endémica entre los gobiernos y los ciudadanos, era una versión a la derecha del neopopulismo latinoamericano que estaba tomándose a la región Andina, con énfasis similares en materia de caudillismo y autoridad. La impresionante sintonía de Uribe con las mayorías, desencadenó en una emotividad que desmontó el control político que puede ejercer la opinión pública a través de las encuestas, lo que terminó impulsando a Uribe a buscar ampliar su gobernabilidad exageradamente.
En lo institucional, el gobierno Uribe terminó desbarajustando el balance de la Constitución del 91. A la inversa de la tradición reformista colombiana, Uribe ha creído más en las vías de hecho que en las legales, por la cual introdujo la reelección sin adecuarla al resto de la Constitución, desafió la autonomía de la justicia y limitó la independencia de los órganos de control.
Como reacción, seguramente uno de los principales temas de la política colombiana en el futuro será cómo recobrar la integridad constitucional, para asegurar que los excesos institucionales del uribismo no vuelvan a ocurrir.
En materia del sistema de partidos, también se hizo evidente rápidamente que Uribe no era ningún revolucionario, pues en vez de enfrentar a los partidos tradicionales con el apoyo histórico que había conseguido, cooptó sus sectores más clientelistas y retardatarios. El primer presidente a quien los ciudadanos otorgaron un mandato personal, terminó utilizando ese poder para proteger partidos que magnificaron los defectos de los que pretendieron reemplazar, por cuenta de que los colombianos han confundido la mano dura de Uribe con firmeza contra la corrupción.
La prueba de que los cambios introducidos por Álvaro Uribe en materia política han significado más un retroceso que un avance, es que a pesar de haber presenciado la peor degradación de la política colombiana desde La Violencia, con la parapolítica, girando contra su popularidad presentó un proyecto de reforma política que no sólo no corrige los males tradicionales de la política, sino que ni siquiera ataca su criminalización.
* Analista político, investigador en opinión pública.