Publicidad

La magia del terror

Un volumen ilustrado por Rafael Yockteng en el que la autora narra las vacaciones de un niño, Pablito, en una vieja casona de Girón: un tiempo mediado por el miedo de las historias del abuelo.

Santiago La Rotta
19 de diciembre de 2013 – 05:03 p. m.
/ Ilustración: Rafael Yockteng
/ Ilustración: Rafael Yockteng

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

/

En una noche de luna llena, un niño intenta no morir de miedo en la oscuridad de una casa de Girón mientras ruega que vuelva la luz. Todos los sonidos del mundo presagian algo malo, como si el fin de todas las cosas llegara con el crujir de la madera, el lamento del viento en una plaza vacía. El teléfono suena en el primer piso de la gran casona, pero Pablito no puede ir hacia ningún lado: está atrapado en su propio terror, una jaula hecha de angustia y sudor que lo pega al suelo y le llena el estómago de un líquido frío y viscoso, como cera de un árbol negro y antiguo.

En el balcón de la casa, Pablito ve la luz de la luna y sus temores retroceden un poco hasta cuando tocan el recuerdo de don Tiberio, el tatarabuelo que habitó esa casona mucho antes, cuando todo estaba hecho de sombras y temores y cosas que casi nunca se podían ver o tocar, pero siempre estaban ahí.

“Tenía un coto enorme, pues en sus tiempos no existía la sal yodada, para que se imaginen lo viejo que era: casi más viejo que Matusalén. Su voz era ronca y cavernosa por todos los chicotes que fumaba y, como era cegatón, usaba un monóculo de oro”.

El miedo como el pegante de la infancia, o incluso de la vida misma. Uno de los trajes más usados para habitar el mundo, más aún el mundo de la niñez, cuando todo suena más duro y la oscuridad se ve más negra y leer ‘Drácula’ es casi un acto de fe, una penitencia que lleva hacia el valor, así sea sólo por un rato.

En la casa de los abuelos de Pablito el terror está siempre presente, como el oxígeno o los insectos o el calor de un pueblo de tierra caliente. Está en las páginas del libro que cuenta la historia de sus vacaciones en Girón: en el humo del tabaco de don Tiberio hay garras, en las sombras de la casona se forman caras, en la plaza del pueblo hay un jinete que escupe fuego y desaparece sin dejar rastro, en el resquicio de la puerta hay una boca abierta y una sonrisa espantosa. El miedo, una de las formas más intangibles de lo tangible.

No es casualidad que los espantos habiten una vieja casa de un bello pueblo de Santander, pues lo sobrenatural requiere de cierta comunión con la simpleza, con la escasez de distracciones y televisores y aparatos llenos de electricidad. Lo etéreo se manifiesta con más fuerza en el aguacero que se lleva el fluido eléctrico y azota las tejas como si no fuera a existir un mañana. Claro, esto no significa que los espantos no habiten también en las ciudades, pero sus efectos parecen ser más notorios sin la molestia del tráfico, los pitos, las luces del semáforo.

La fascinación por el miedo es una fuerza poderosa. Obliga a escuchar hasta el final las historias de don Tiberio, a seguir leyendo ‘Drácula’ mientras la luz se va de la ventana y de las bombillas, a observar con fanatismo el negro hueco del clóset tratando de distinguir la forma del espanto que habrá de salir una noche cualquiera. En últimas, sería mucho más sencillo olvidarlo todo, dar media vuelta en la cama y seguir pastoreando ovejas en la almohada. Pero en ese olvido parece haber una trampa, una vía exprés hacia la adultez y sus terrores en forma de bancos, hipotecas: en forma de seres humanos.

Y la soledad entonces no parece la ausencia de gente, sino la falta de una extraña creencia en las cosas que habitan en los cementerios (y que suelen ser menos tristes que los mismos muertos) y en las esquinas de un camino de tierra sinuoso y mal iluminado, en un monte con un árbol muerto en la cumbre, en un bosque tupido y remoto. Todas esas presencias que aterrorizan a los niños como Pablito en los pueblos llenos de cosas más interesantes que las personas.

“El sonido del galope se fue acercando y don Tiberio se ajustó el monóculo. Entonces divisó desde el balcón a un caballo de paso muy fino, con el pelo negro y brillante iluminado por la luna. El caballo se detuvo y del caballo bajó un caballero muy alto, con un sombrero negro, sumamente bien vestido y con una capa negra que se reflejó como una sombra en el atrio de la catedral. (…) ‘Viajero, ¿tiene usted fuego?’ (…) Don Tiberio sintió una quemazón que le abrigó el coto y le alumbró la cara y le empañó el monóculo, y alcanzó a ver la llamarada que subió hasta este mismo balcón y le encendió el chicote”.

Más que un libro para niños, Examen de miedo es una historia infantil en el mejor de los sentidos, pues visita una especie de lugar común (un niño asustado por una vieja casa de pueblo) sin utilizar una magia artificial para contar algo que no está exento de magia.

slarotta@elespectador.com

@troskiller

Conoce más

 

Comentarios
Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación

Inscríbete a nuestros newsletters

Lo bueno que es estar informado y de una manera diferente desde tu correo electrónico.

Selecciona los newsletters que quieres recibir
Al inscribirte, aceptas nuestros T y C y nuestra Política de privacidad.
Infórmate rápido