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—Si me dicen acuarelista, me ofendo —dice Darío Ortiz.
Los acuarelistas han conformado una escuela, una escuela rígida, con preceptos y prohibiciones y maneras bien definidas de combinar transparencias y colores. Su técnica, ya bastante antigua —utilizada por pintores tan reconocidos como Eugène Delacroix, William Turner y Wassily Kandinsky—, se fundamenta como las demás técnicas de la pintura en tonos y sombras y definición de contornos. Pero su círculo es cerrado: tienen sus propios premios, sus propias especializaciones y un cuidado por la pureza del género. Ortiz (1968, Ibagué) dice no pertenecer a aquella suerte de congregación, dice salirse de esos fundamentos para conformar una obra con una visión propia. En últimas, hace su trabajo como artista.
«Asumo la acuarela sin ataduras teóricas —escribe Ortiz en ‘Acuarelas’—, me tiene sin cuidado la pureza de la técnica en recetas de oscuros y claros reservados o inclusive en la misma transparencia, aunque sus particulares propiedades marquen tanto la pauta de su uso. No me afana que se me seque el papel o su mito de que no se puede corregir». La apreciación práctica de esa afirmación, que no pretende ser un manifiesto, está en ‘Al agua’, la exposición que inaugura hoy la galería LGM Arte Internacional —también representante de Ortiz— y que irá hasta el 30 de enero.
Expuesto en Caracas, Nueva York, Viena —y el próximo año en México—, Ortiz ha creado obras, sobre todo, en óleo. Muy buena parte de sus exposiciones — en la desaparecida Galería Mundo, por ejemplo— exploran el volumen y el misterio expresivo del cuerpo humano con ese material. Sin embargo, en la década del 90 comenzó a experimentar con las acuarelas por separado. Cambió el material, pero permanecieron los motivos: están allí hombres y mujeres, fisonomías de diversa suerte, rostros con ojos depurados por el tiempo, rostros llenos de preguntas.
—En el arte, siempre hay una inquietud sobre los demás —dice—. Y, además, el arte no transforma nada. Uno soñaría con que el Guernica hubiera prevenido los bombardeos. Pero no.
Las acuarelas sirven —del mismo modo que cualquier otra búsqueda artística— como una expresión de la condición propia, de una búsqueda interna. En estas, Ortiz insiste en las formas humanas y se apega, en principio, a esos detalles mínimos: la forma de los ojos, la expresión de la boca, la historia contada en los músculos estirados, como en El grito (2011). Dichas expresiones son el alimento de esa inquietud, que se sirve de las acuarelas como una obra en sí misma y, en ocasiones, como el primer paso para un proyecto de formas más ambiciosas. «He realizado muchos estudios y bocetos con la acuarela sin aparentes pretensiones —escribe Ortiz—, pero al cabo del tiempo terminaron convirtiéndose en un cuerpo de obra propio e independiente».
Buena parte de esta producción también tiene que ver con el viaje, con representaciones de lugares que Ortiz ha visitado. De allí también parten sus estudios sobre obras de otros pintores como Francesco Podesti. «No concibo viaje sin llevarme unos papeles y alguna caja de acuarelas —escribe—; las primeras impresiones de un paisaje o una nueva ciudad quedan esbozadas en mi libreta de apuntes, como un ejercicio de la memoria (…). Y en el estudio (la acuarela) es la fuente de color más rápida cuando se trata de pensar una obra y de jugar libremente con los tonos y las gamas».
‘Al agua’ estará en la galería LGM Arte Internacional (carrera 13 no. 82-91, local 101) en Bogotá. La entrada es gratuita.