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Entonces, en medio de la oscuridad, en pleno camino hacia ninguna parte, un hombre llamado Álex Soberano se vio a sí mismo 30 años antes. Y vio a su abuela, Vidente, y ella le dijo: “Nuestra magia es un don. También es un privilegio. Si la tienes, debes compartirla no sólo para enriquecerte sino también para enriquecer a quienes te rodeen. De lo contrario, no es más que un desperdicio”. Se vio también sentado en un sofá, al lado de una mujer a la que había amado, Viviana Emisario. Recordó, por supuesto. Evocó la escena más importante de su vida, cuando ella le pidió que se mudara a Washington para estar cerca de él, y le insinuó que fueran más que amantes, algo más que aquello que habían sido durante dos años. Él le respondió que prefería Nueva York, su futuro, su carrera, el alocado mundo de las finanzas.
Días más tarde, ella se subió a un helicóptero para cumplir con la misión que le había encomendado su gobierno de hablar con un jefe disidente de las guerrillas. En el vuelo sacó un puñal, se lo clavó en el cuello al piloto y desencadenó la tragedia. Antes de su suicidio, le había dejado una carta a su amante. Entre declaraciones de amor y desengaño, le decía: “Tras contemplar las funestas implicaciones de nuestros últimos días juntos, mis pensamientos se concentraron en la gente de Legado (su país). Quizá pueda lograr más por nuestra patria en un solo acto que a través de años de diplomacia. Eso espero, porque la población de Legado y sólo esa población ha correspondido a mi amor”. Él jamás pudo olvidar, aunque lo intentó y se mintió. Nunca volvió a ser aquel.
Como escribió Julián Iragorri Sus en un aparte de su novela El legado: “Tanto se había enorgullecido de su gran desempeño en los negocios y de la velocidad de su vida que había olvidado cuánto había amado a esa mujer”. Vértigo, frenesí, locura, inconsciencia. Por el éxito, por no haber sido capaz de detenerse y buscar lo esencial, Soberano se subió en un tren a mil kilómetros por hora y perdió, incluso, su legado. Vivió 20 años aislado de la magia que se había transmitido en su familia de generación en generación, de aquella capacidad de su abuela Vidente para vislumbrar lo que estaba por ocurrir, la que le acababa de recordar, “nuestra magia es un don…”. “¿Por qué este frenesí de novedad, de novedad en la esfera del pensamiento, de la poesía, en todo…? Siempre y una vez más la novedad. Es ridículo”, se preguntaba tiempo atrás Emil Cioran.
Cuando Soberano logró verse en el pasado, en sus tiempos de universitario, con el nombre de Dro, simplemente Dro, descubrió que su “instinto” para hacer y deshacer negocios no era un “instinto”, era una herencia que le habían dejado sus antepasados, sobre todo Vidente. Él había alcanzado a vislumbrar destellos de aquel antiguo don: los colores que rodeaban el cuerpo de la gente, que le indicaban su personalidad. Como un castigo, sin embargo, dejó de ver colores cuando se enteró de la muerte de Viviana Emisario. Tampoco le importó demasiado. El “instinto” que le quedaba solía salvarlo, mostrarle el camino, decidir por él, hasta un día en el que decidió largarse del mundo que lo atrapaba para tratar de encontrarse en un perdido refugio de California. Quería saber el para qué de sus actos, el para qué de su vida. Y fue allá donde se topó de frente con sus ancestros y sus dones.
“En 2008 empecé a escribir cuatro historias sin ninguna relación entre ellas —explicaba Iragorri Sus sobre su libro—. Todas, historias de mi imaginación, pero medio basadas en anécdotas que de alguna forma he oído y me deben haber impactado. Un día tuve que decidir si hacer cuatro novelas separadas para cada personaje, pero me pareció más interesante entretejer las historias. Un día le comenté a Mario Vargas Llosa que había intentado algo similar a lo que él había hecho en La tía Julia y el escribidor. Él me contestó, muy acertadamente, que yo lo había hecho con computador; él, con máquina de escribir”. Iragorri se fue apasionando por la literatura, precisamente, por La tía Julia y el escribidor. Luego, El pájaro espino terminó de abrirle el camino. Pese a que parte de su vida eran los negocios, la bolsa de valores de Nueva York, Wall Street, los libros lo llamaban, como en susurros, igual que el legado a Álex Soberano.
“Incluso en una ciudad tan competida como Nueva York, el legado de América Latina de Álex Soberano es lo que lo marca en sus triunfos en Wall Street y lo que viene a ayudarlo a organizar su vida personal. De alguna forma creo que todos los hombres queremos ser como Soberano en los negocios, pero no en su lucha interna. Yo sí quisiera poder triunfar en los negocios como él. Lo he logrado a mi manera, pero estoy muy lejos aún de ser como Soberano”.
Iragorri tomó algunas de sus características y algunos de sus anhelos para insuflarle vida a Soberano, y Soberano surgió de un continente imaginado, Legado, y de ciudades que eran un lugar y un nombre, pero también, un estado: Deberes, Anhelo, Joya de la Costa. “Creé un lugar imaginario en Suramérica llamado Legado. Cuando ese nombre se creó, el título de la novela era Ecuaciones diferenciales. Poco a poco fueron fluyendo los nombres. En mi cabeza, por ejemplo, Anhelo está medio basada en lo que debe haber sido la vida en Popayán en los 20 y 30 y Joya de la Costa podría haber sido una Cartagena o una Barranquilla, que recibieron a los inmigrantes árabes con los brazos abiertos. Deberes fue más una ciudad al sur, y en mi cabeza podría ser el Quito, Ecuador, de los años 20”. El tiempo, luego, se convirtió en un protagonista más de la historia. Iba y volvía y retrocedía, con su carga de costumbres, de mensajes, de vida. Como si él, y sólo él, supiera lo esencial de la vida. Como si existiera sólo para decirle a sus moradores qué era fundamental y qué no. Y cuál era su legado.
faraujo@elespectador.com