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La semana pasada, cuando se anunció la concesión del Premio Cervantes a Juan Marsé, Enrique de Hériz escribió que el premio a Marsé había causado, menos que otras reacciones más predecibles, una cierta sorpresa: cómo, ¿no se lo habían dado ya? Hay dos tipos de premios: de un lado, los que honran al autor que los recibe; del otro los que honran, por el autor escogido, a quien los da.
El Cervantes a Marsé es de éstos últimos: el jurado del premio no ha hecho sino ponerle la firma a una estatura literaria que hace mucho tiempo lo merecía, si es que se puede hablar de merecer esa cosa tan caprichosa, tan llena de azares e intereses, a veces tan frívola y siempre tan problemática que es un premio literario.
A mí nunca dejará de parecerme curioso que Marsé, estricto contemporáneo del boom latinoamericano, sea prácticamente desconocido por estos lados. Junto a Juan Goytisolo, Luis Martín Santos, Juan García Hortelano y Juan Benet, Marsé fue uno de los pocos autores españoles que alcanzaron, durante la década de los sesenta, la calidad explosiva de los novelistas latinoamericanos. Antes de que Carlos Barral inaugurara el boom al darle el premio Biblioteca Breve a La ciudad y los perros, de Vargas Llosa, la primera novela de Marsé, Encerrados con un solo juguete, había sido finalista de un año en que el premio se declaró desierto; la novela acabó publicándose con una acogida magnífica, lo cual llevó a Marsé a decirle en broma a Barral: "Te has ahorrado el dinero". Pero no pudo ahorrárselo en 1965: un año después de Tres tristes tigres de Cabrera Infante, y un año antes de Cambio de Piel de Carlos Fuentes, el premio le quedó a Marsé por una de las grandes novelas del siglo XX español: Últimas tardes con Teresa.
Cuando la gente habla de un personaje aun sin saber de qué novela sale, sabemos que se trata de un clásico. Eso es lo que le sucede a Manuel, alias Pijoaparte. En la Barcelona de los cincuenta, un muchacho de clase obrera está fatalmente enamorado de una niña de clase alta. La niña de clase alta juega a ser revolucionaria con sus amiguitos de la universidad, y por eso le fascina el Pijoaparte: lo ve como una encarnación de su progresismo. El Pijoaparte es un arribista más, y además ladrón: un Rastignac para el siglo XX. Ninguno de los dos es lo que el otro ve. Con esos elementos de melodrama, Marsé arma una novela de una fuerza, una acidez y una humanidad difíciles de encontrar.
Muy poco después de que nos conociéramos, Marsé me contó en una terraza de Calafell algo que no me importar contar aquí, porque después lo he visto repetido en muchas partes. Su padre biológico era un taxista sin recursos; un buen día recogió a una pareja en la calle, y de buenas a primeras comenzó a contarles de lo desesperado que estaba, pues su mujer había muerto en el parto, y no sabía cómo podía mantener a su niño. Resultó que la pareja había estado intentando tener hijos durante mucho tiempo, sin éxito. Y allí, en el taxi, en plena carrera, empezaron los acuerdos que acabaron con un proceso de adopción.
Parece que después, cuando comenzaron los éxitos literarios del niño, el padre taxista iba por ahí con los periódicos en la mano y diciendo: "¡Es mi hijo!"
Cómo le cuadran esos orígenes a Marsé es algo que sólo se sabe leyendo sus novelas. Háganlo en cuanto puedan.